domingo, 17 de noviembre de 2019

El Jedi perdido - En la oscuridad 5


Coruscant

            Su relación con Klovan se remontaba los días posteriores a su huida del Templo Jedi, cuando apenas era un joven de 15 años.
            Había escapado por los conductos de residuos, burlando a los soldados clon enviados a matarle a él y a sus compañeros y maestros. Su mente trabajaba a gran velocidad y con mayor lucidez de lo que se hubiera esperado de un muchacho. Los recuerdos de supervivencia aprendidos en Aktuort y que creía olvidados tras años de comodidad, afloraron. Como si hubieran estado esperando a regresar para cuando los necesitara. Sabía que aquel no era el mejor lugar para desaparecer. El planeta ciudad era inmenso, trillones de seres lo poblaban y aunque parecía que podría perderse con facilidad por sus miles de niveles, regiones, ciudades, sectores y zonas, también era un lugar muy avanzado, lleno de droides, cámaras, y máquinas conectadas a registros informáticos, que en aquel momento ya tendrían su rostro marcado. Los ataques de los Separatistas habían convertido a Coruscant en una fortaleza muy vigilada, posiblemente aquel era el verdadero objetivo, reflexionó. Dooku era un sith y Palpatine había demostrado, enviando los clones al Templo y declarando el Imperio y difamando a los jedis en traidores y enemigos públicos, que él también lo era. Y si los líderes de ambos bandos eran los servidores del Lado Oscuro, ¿no podía ser aquella guerra una maniobra para acabar con la Orden y asumir el poder? Lo que estaba claro era que ya estarían buscándole. Podía compensar aquella situación en parte, ya que era un keshiano, apenas indistinguible de cualquier otro humano, pero la evolución les había dotado de una vista que detectaba un amplio espectro de ondas mucho más completo que estos. De manera que detectaba radiación electromagnética ultravioleta e infrarroja, distinguiendo el calor y literalmente viendo el rastro de un sensor o una cámara de vigilancia oculta.
            Aun así, no poseía créditos para pagar un pasaje, ni documentación que sirviera, aunque las tuviera… Tampoco tenía familia, amigos o contactos a los que acudir para pedir ayuda. Además, aunque pudiera intentar ir de polizón en una de las miles de naves que salían a diario, ¿a dónde ir? Debía buscar un lugar donde esconderse, y allí pensar en siguiente paso. Y el único sitio donde podría encontrar refugio era el inframundo artificial que se extendía por debajo de la superficie cubierta por edificios, ya que estos habían sido construidos unos encima de otros, capa sobre cada. Creando entrañas laberínticas que poco a poco se iban desusando a medida que se elevaban los niveles, dejando partes de ellas abandonadas. Algunas eran rellenarlas con cemento para reforzar los cimientos del siguiente nivel. Mientras que los niveles más profundos se iban convirtiendo en vertederos improvisados, comprimiendo en bloques la basura que era demasiado cara para llevarla fuera del planeta.
            Así había logrado llegar, ocultándose y esquivando los diferentes sistemas de seguridad, hasta las profundidades de la ciudad, muy por debajo de la superficie de acero y cristal. A través de túneles de servicio, por pasillos y escaleras abandonadas, descolgándose por huecos, y abriéndose paso sigilosamente. Pero llevaba horas moviéndose, alejándose del distrito Federal, aquella noche no había dormido y no sabía realmente cuánto tiempo había transcurrido. Se encontraba agotado y necesitaba encontrar un lugar donde descansar, pero que fuera seguro o por lo menos discreto y resguardado.
            Encontró una zona desierta, pero que aún tenía energía. El suelo estaba cubierto de polvo, y la suciedad acumulada indicaba que no habían sido utilizado desde hacía tiempo. Al fondo de uno de los pasillos había una puerta con un letrero con las letras gastadas. Podría haber utilizado el sable de luz para abrir la puerta derritiendo el metal o destrozando la cerradura. Pero eso habría dejado pruebas de que un jedi había pasado por allí. Así que abrió la tapa de los controles que estaba medio corroído, accediendo al mecanismo interno. Lo observó con detenimiento, pero no entendió nada. Él no era un ingeniero. Se le daba bien estudiar, tenía buena memoria y según sus profesores era aplicado y tenía buena capacidad de análisis, pero no así con los trabajos manuales como la mecánica. Así que recurrió a lo único que podía ayudarle: la Fuerza. Se concentró en las diferencias piezas, pero lo que tenía delante era metal y componentes que nunca habían estado vivos. Pero se dio cuenta que tanto unos, como otros, necesitaban electricidad para funcionar, por lo que se centró en esta… y no tardó en detectar a los gusanos de conductos que se alimentaban con los tenues campos eléctricos que rodeaban los cables con corriente. Estos no tenían cabeza, cola o tronco, pero eran seres vivos y por tanto la Fuerza era parte de ellos y ellos de ella. Se concentró en aquellas criaturas y así pudo ver, como si en su cabeza se hubieran iluminado, los planos de las conexiones eléctricas que se extendían por las paredes que le rodeaban. Y como si pudiera canalizar la energía a través de los gusanos activó el mecanismo de apertura del enganche magnético, que produjo un sonido metálico “clack” al abrirse. Entonces solo tuvo que empujar la puerta para entrar en la estancia. Estaba seguro que la maestra Jocasta Nu no estaría muy conforme de la manera que había usado la fuerza, pero esperaba que comprendiera la situación.
            Cerró la puerta tras de sí, notando un fuerte olor a cerrado, mezclado con la humedad y los excrementos de extrañas criaturas. En las paredes podía ver rastros dejados por las babosas de duramento, que habían excavado túneles por las paredes de piedra artificial de aquel edificio. Mucho tiempo atrás debía de haber sido un cuarto de servicio, a juzgar por los restos de las taquillas metálicas que había, medio devoradas por los ácaros de piedra que usar aquel metal en sus exoesqueletos.
            A pesar de lo cansado que estaba, no podía dormir, ahora que no tenía que estar buscando un escondite y ocultarse mientras huía, empezó a penar en lo que había sucedido y en qué hacer a partir de ese momento. El Canciller Supremo no se limitaría a aniquilar a la Orden Jedi, aquel sería el primer paso para implantar su tiranía sobre la galaxia, y para eso lo primero sería fortalecer su posición en el núcleo de la recién extinta República. Poco después del amanecer había podido ver desde una ventana, las columnas de humo que se elevaban desde la maciza estructura del que había considerado su hogar. Pero nadie parecía preocupado, ni apenado. Las rutas aéreas de que se desplazaban cerca del edificio siguieran como si nada mientras sus amigos eran exterminados. Se dio cuenta que a los habitantes de Coruscant, o de la galaxia, ya no les importaban que los jedis, guardianes de la paz, estuvieran extinguiéndose, solo su propia seguridad. Era como si se hubiera perdido la búsqueda del bien común, y solo pensaran en sí mismos. ¿Tal vez fuera aquel egoísmo la verdadera corrupción que había en la República?
            No eran necesarias sus habilidades en la Fuerza para vislumbrar el futuro, para saber que debía abandonar aquel mundo, pero para ello necesitaba una estrategia y trazar un plan. Además, vagar por la galaxia, huyendo, escondiéndose, estaba seguro que era la mejor manera de ser capturado y ejecutado por los soldados clon de Palpatine o por alguien peor.
            Las autoridades le estarían buscando, por lo que hacerlo solo era muy arriesgado. Necesitaba buscar ayuda de alguien de confianza. ¿Pero quién? Si el Senado había declarado el Imperio Galáctico con una ovación, estaba seguro que la mayoría de los senadores estarían bajo la influencia del señor Oscuro del Sith. Pero no todos podían haber sido corrompidos, lo demostraba la noticia de la holonet que había podido ver en una pantalla de una galería con comercios que había tenido que atravesar al no encontrar otro pasillo menos transitado. En ella se decía que un grupo de 63 senadores habían sido detenidos por alta traición. Había reconocido los nombres de Shea Sadashassa de Herdessa, Ivor Drake de Kestos Menor, Fang Zar del sector Sern, Steamdrinker de Tynna, y Tanner Cadaman de Feenix… Conocía a la mayoría de aquellos nombres, todos firmantes de la Delegación de los 2.000, que advertía de los peligros de la acumulación de poderes de Palpatine. No podía ser que todos los seres decentes del senado se hubieran sido doblegados por el tirano. ¿Pero en quien podía confiar?
            Su maestro se veía con numerosos senadores y embajadores, y a veces él le acompañaba. Pero solo eran tres con quienes se reunía de manera habitual. Uno era Fang Zar, los otros eran Bail Organa, y la senadora Takora, del planeta Klovan. Pero como había comprobado gracias a las noticias el primero había sido arrestado. Y aunque el alderaano y la klovan se habían apresurado en declarar su lealtad al nuevo Emperador, estaba convencido que igualmente estarían vigilados. En realidad, la mayoría de los que se había opuesto de alguna manera al Gran Canciller o estaban relacionados con jedis lo estarían. Con el representante de Alderaan su maestro solía tomar el té y hablar de la situación política y en ocasiones de la guerra, momento en que él prestaba más atención. Era uno de los hombres más respetados de la República y poseía una gran presencia y una personalidad magnética, que cuando le prestaba la atención a alguien, le hacía parecer a uno que era el centro de la galaxia. O por lo menos eso le parecía a él, un joven padawan y aprendiz de su amigo, cuando este le tenía la deferencia de escuchar sus argumentos aquellas veces que se atrevía a decirlas en voz alta.
            En cambio, con Takora solía reunirse todas las semanas, en que el centaxday (1) no hubiera sesión en el senado, para jugar a un juego de tablero con piezas que parecían muy antiguas. Más joven que Organa, no solía prestarle mucha atención, apenas le saludaba, quedándose con su maestro en su despacho, mientras él esperaba en la antecámara. Por eso en varias ocasiones, por sugerencia del propio Nalok, había acompañado a su criado Colek a comprar fruta. Este era un joven imroosiano, que tenía la piel de color marfil con un aspecto de tiza, evolucionada para resistir las extremas temperaturas de su mundo. El lugar donde tenían que ir se encontraba en una zona de comercios subterráneos de la Ciudad CoCo, por lo que abandonar el Distrito Federal, donde se encontraba el Edifico del Senado y el Templo, e internarse en la inmensidad de aquel planeta ciudad, lleno de seres de toda la galaxia, de sonidos, de olores, de miradas, de pensamientos y recuerdos tan diferentes le había resultado algo abrumadora al principio. Sobre todo, contrastaban con la tranquilidad del Templo a la que se había acostumbrado. Pero tras los primeros viajes se había acostumbrado a ir en buscar de los meilooruns junto a Colek y casi le parecía una aventura. Además, el imroosiano una vez le había cogido confianza se convirtió en una interesante fuente de información sobre los niveles inferiores de Coruscant. Como locales de moda, la ropa o los peinados que se llevaban, y de alguna manera le había cogido aprecio.
            Entonces recordó lo que una vez le había dicho su maestro Nalok «Si algún día necesitas ayuda, recuerda que puedes confiar en la senadora Takora». Y además conocía la manera de ponerse en contacto con ella sin que los agentes del Emperador le encontraran.


            Se despertó sobresaltado, con el corazón acelerado y empapado de sudor. De manera instintiva alargó la mano y empuñó su sable de luz, con la mirada clavada en la puerta, esperando que de un momento a otro se abriera y entraran en torrente tropas clon encabezadas por Anakin Skywalker para matarle. Aunque este ya no era el chico alocado que le había enseñado a pilotar un aerodeslizador entre los rascacielos de Coruscant. Ahora era un servidor del Lado Oscuro de la Fuerza. Y cuando comprendió que nadie iba a entrar para matarle, empezó a calmarse, desactivando su arma y sumiendo a la habitación en la oscuridad. Ya había descansado y ahora debía ponerse en marcha. E ir en busca de la senadora Takora.
            Entre los armarios pudo encontrar algo de ropa abandonada en una taquilla, le estaba ancha y olía a humedad. Pero precisamente eso podría ayudarle, el olor haría que muchos coruscantis se alejaran de él. Por desgracia los guardias tenían filtros en sus cascos, por lo que debía de evitarlos.
            Al ponérsela notó la trenza de aprendiz que le colgaba de la cabeza. Debía pasar desapercibido, por lo que tenía que cortársela, encendió su sable y con cuidado de no quemarse con su poderoso filo láser, se la cortó. Aquella era una de las señales más significativas de su estatus de padawan, y el día que se la había podido hacer se había sentido orgulloso, comprendiendo que en aquel momento formaba parte de algo más grande que él mismo: de la Orden Jedi. La sostuvo entre sus dedos unos instantes, y pensó en tirarla al suelo, ya que pertenecía a su pasado. Pero en ese momento tuvo una visión de su futuro, en la que sostenía en la mano, con el puño de una camisa limpia, al igual que su palma, no como en aquel momento, sucia por el polvo y la mugre de su huida. Así que la guardó.
            Antes de abandonar su refugio estuvo meditando para calmarse y así canalizar y controlar sus miedos en busca de la serenidad, recordando el mantra del maestro Yoda: el miedo es el camino al Lado Oscuro, el miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, y el odio lleva el sufrimiento. Más templado y con sus nervios bajo control, se dirigió a la Ciudad CoCo por los niveles inferiores, manteniéndose alejado y esquivando las cámaras de seguridad y las grandes aglomeraciones, evitando coger un transporte donde pudieran reconocerle. No tenía prisa ya que Colek siempre iba el segundo día de la semana, que era cuando llegaba la mercancía del Borde Exterior y aún faltaba varios días para entonces. Ese tiempo le permitiría ir andando, también intentaría cambiarse de ropa y comer algo.
            Aquel lugar era como estar en un mundo al revés, donde en lo que una vez había sido la superficie, ahora los edificios más altos se habían convertido en los cimientos de un gigantesco segundo piso. La iluminación era completamente artificial, procedente de los carteles luminosos de las tiendas o de las ventanas, excepto en los huecos por donde se accedía desde el exterior, donde se filtraba una tenue luz natural.
            A pesar de ir por las zonas más peligrosas de la capital del recién proclamado Imperio Galáctico, logró llegar a su destino sin incidentes. La tienda estaba situada en lo que había sido la superficie antes de la última ampliación que había sufrido la Ciudad del Colectivo de Comercio. Ahora la antigua calle exterior era una concurrida galería, que empezaba a notar que los locales y restaurantes más importantes se habían mudado tras elevar el barrio comercial. Aun así, la frutería tenía muchos clientes que buscaban sus exóticos productos. Como había tenido tiempo estudiado los diferentes edificios, encontró un local situado en frente que tenía un pequeño almacén que no se usaba en el segundo piso, y que contaba con una ventana que daba a la galería comercial. Allí podía esconderse y descansar, al mismo tiempo que vigilaba la frutería.
            Por fin llegó el cemtaxday y por la mañana le trajeron al anciano "cabeza de martillo" que regentaba la frutería los arcones con el género del Borde Exterior, entre ellas los meiloorun. Por. Y justo después del medio día apareció Colek. Ya estaba esperándole y le abordó en la entrada. Este le reconoció enseguida, sin sorprenderse, ni hacer ningún gesto de sorpresa, pareció continuar mirando el género. Algo extraño ya que siempre compraba únicamente las piezas de meiloorun que ya le tenían reservadas. Así que el padawan se acercó y fingió hacer lo mismo a su lado.
            – Me vigilan – advirtió este en voz baja sin mirarle –. Ve al club Nómada. Pregunta por Galdar.
            Dicho lo cual se giró hacia el frutero ithoriano y le pidió sus habituales meiloorun. Los pagó y se marchó. Él permaneció un poco más en la tienda, hasta que el dueño le recriminó que estuviera mirando sin comprar nada, momento que aprovechó para marcharse.
            Recordaba haber pasado por delante del Club Nómada cuando estaba llegando a aquel sector. Había memorizando la ruta que había seguido para poder huir si el encuentro con el criado de la senadora Takora resultaba ser una trampa, pero Colek parecía estar preparado por si él apareciera. Retrocedió sobre sus pasos hasta una estrecha calle, de edificios bajos, que contrastaban con los altos rascacielos que sostenían el nivel superior del planeta ciudad. Había numerosos locales, entre ellos un restaurante de comida rápida y sus carteles luminosos permitían ver la decadencia del lugar. Estuvo un rato estudiando la gente que entraba y salía, temeroso ya que cualquiera podía ser un agente imperial. Varios individuos jugaban debajo de un balcón a dados y sus ricas y gritos eran perfectamente audibles. Estuvo observando a los que entraban y salían del lugar donde tenía que ir: algunos vestían con ropas elegantes, otros desviaban la mirada, como si no quisiera que le vieran salir de allí. Pero no parecía estar vigilado, no detectó que alguien pasara por su puerta más de una vez, tampoco había muchos droides por la zona. Decidió entrar.
            La puerta se abrió al ponerse delante y salió una música agradable. El interior estaba en mejor estado de lo que hubiera imaginado viendo la calle, aunque se notaba que había visto días mejores. A la derecha se encontraba una barra lateral, con las bebidas detrás. A la izquierda había un pequeño escenario elevado donde un esbelto bailarín twi'leck se movía con desgana ante un público mínimo. En el extremo un grupo jugaban a cartas en una mesa, en la que uno de ellos miró a la entrada cuando se abrió la puerta, pero no tardó en centrarse de nuevo en la partida. Se acercó a la barra, detrás de la cual una esvelta imroosiana, como Colek, que tenía un largo pendiente en la oreja derecha y que apenas había desviado la mirada cuando se abrió la puerta mientas hablaba tranquilamente con uno de los clientes.
            – Disculpe, pregunto por Galdar – dijo titubeando. La mujer le miró de arriba abajo, arqueó una ceja sorprendida, hizo una mueca con cierto reproche y encogió los hombros.
            – Galdar, preguntan por ti – dijo mirando hacia uno de los reservados –. Cada vez te los buscas más jovencitos.
            Del reservado se incorporó una sombra que entre las tinieblas le observó durante unos instantes, que al padawan le parecieron eternos. Finalmente se levantó un humano con el pelo canoso, al igual que su barba, tenía una mirada profunda, pero tranquila. Vestía una chaqueta oscura, aunque siempre le recordaría con el traje espacial que llevaba a bordo de su nave. En ese momento tuvo una visión gracias a la Fuerza, en la aquel hombre, mucho más joven, reía y bebía en una mesa donde estaba sentado su maestro Nalok, también más joven. Entonces el aprendiz supo que estaba a salvo y su cuerpo se relajó de la tensión que había estado acumulando desde hacía días. Y sonrió por primera vez.
            – ¿Zhell puedo usar tu despacho? – le preguntó a la camarera.
            – Bueno – suspiró la camarera imroosiana resignada. Galdar hizo un ademán con la cabeza para que le siguiera y pasaron a una estancia adjunta que tenía un sofá, una mesa de trabajo, varias filas de pantallas que cubrían todo el local y el exterior del mismo.
            – Hace un rato que te hemos visto – dijo señalando a las cámaras –. No te escondes muy bien. Pero eres prudente. Y no te han seguido.
            – Mí maestro me dijo...
            – Sé lo que te dijo tu maestro, mi amigo Nalok – le interrumpió –. Hueles como un gamorreano. Supongo que no te has bañado desde... dese hace días – se detuvo para no mencionar el ataque al Templo –. Primero te bañaras y te cambiarás de ropa. Colek trajo algo de tu talla el otro día. ¿Has comido?
            – Poco.
            – Le pediré a Zhell que te prepare algo. Allí tienes el baño – indicó señalando una puerta del despacho, al tiempo que se dirigía a un armario empotrado, de donde sacó la ropa que le había dicho. Era elegante y de buna calidad, una camisa de color crema, un chaleco negro con bordados amarillos, un pantalón, con su cinturón y un par de botas altas. Al ver la camisa se dio cuenta que era la misma de la visión que había tenido unos días atrás, después de cortarse su trenza de padawan.
            – ¿Vendrá la senadora? – preguntó antes de entrar en el baño.
            – Si puede lo hará más tarde, aquí estas entre amigos.
            La ducha caliente y la ropa limpia pareció que hicieran un milagro, dándole algo de dignidad y revitalizándole. Todo era de su talla, excepto las botas, que le apretaban un poco. Al salir, en la mesa habían dejado un plato con lo que parecía una especie de estofado de carne, que al olerlo provocó un retortijón en el estómago.
            – Creo que le gustará tu comida – le dijo Galdar.
            – No esperaba menos – respondió la Zhell riendo –. Os dejo solos – dicho lo cual se dirigió al padawan. Tenía una mirada más amigable que la de hacía un rato, y su sonrisa le parecía sincera, recordándole la de Colek. Y este siempre había sido amable con él –. Bienvenido al Nómada.
            – ¿Cuándo conociste a mí maestro?
            Aquella pregunta pareció desconcertar a Galdar, que le miró extrañado durante unos instantes, hasta que pareció caer en la cuenta de algo y esgrimió una media sonrisa de complicidad.
            – No imaginaba que fueras tan metomentodo en los recuerdos de los demás. Pero por algo eres el aprendiz de Nolak – replico con una carcajada –. Hace mucho, nos salvó la vida de mí padre y la mía. Siempre fuimos lo que este definía como comerciantes libres.
            – Contrabandistas.
            – Chico listo. Ahora dime, ¿cómo has sobrevivido?
            El padawan le explicó como su maestro se había sacrificado para que pudiera salir del Templo y como se había dirigido a los niveles inferiores por cloacas, túneles y pasillos de servicio en desuso. Hasta que recordó que Nolak le había dicho que podía confiar en la senadora Takora, cuyo criado siempre compraba en la misma frutería de la ciudad, situada no lejos de allí.
            – ¿Hay más supervivientes?
            – Si los hay, estarán bien escondidos. Todas las autoridades y agencias de la Antigua República, ahora imperiales, incluyendo sus soldados clon, han lanzado una auténtica cacería contra vosotros. Poniendo precio a vuestras cabezas.
            » Ahora deberías descansar. Si Takora puede venir, no lo hará hasta la noche. Eso si puede hacerlo hoy. Hay habitaciones arriba, por lo que podrás dormir cómodamente.
            – ¿Cómo sé que no me venderás a Palpatine? – preguntó suspicaz.
            – Tal vez no seas tan metomentodo como tú maestro – bromeó volviendo a poner aquella media sonrisa –. Te acompañare a donde puedas descansar.


            Durmió varias horas en una cómoda cama, y fue Zhell quien le fue a buscar, para llevarle de nuevo al despacho del Club Nómada. Allí estaba Galdar y la senadora, quien dibujó una gran sonrisa en su rostro al verle entrar, acercándose y abrazándole, tan diferente a la frialdad e indiferencia con la que siempre le había tratado.
            – Me alegré tanto cuando Colek me informó que te había visto en la frutería. Temía lo peor – dijo con auténtico alivio –. Estoy tan apenada con la muerte de Nalok, ya me ha contado Galdar como murió…
            – ¿Mi maestro sabía lo que iba a suceder? – quiso saber sin preámbulos.
            Takora permaneció en silencio durante unos instantes, miró nerviosamente a Galdar y a Zhell, y luego de nuevo al padawan.
            – No lo sé. Nunca dijo que iba a ocurrir, solo que un día ibas a necesitarnos. Sí sabía que se acercaban tiempos aciagos para todos y nos advirtió que debíamos estar preparados – admitió con pesar –. Pero también predijo que tras la oscuridad regresaría la luz. Le conocía bien, por lo que estoy convencida que tendría buenos motivos para no advertir a nadie de lo que está sucediendo. Y que esa responsabilidad le comía el alma.
            » Pero ahora no hemos de pensar en él, sino en ti. Tenemos que sacarle de Coruscant – dijo mirando a Galdar.
            – Será difícil, todos los espacio-puertos están muy vigilados y las naves que son detectadas fuera de las rutas de entrada o salida, son abatidas – advirtió Galdar –. El estado de excepción es muy estricto tras el atentado contra Palpatine en el Senado.
            » Hay listas con los jedis que se sabe que estaban en el planeta y no han sido asesinados o capturados – dijo mirando al padawan, confirmando que él estaba en ellas.
            – Entonces debemos de hacer que ya no esté en esas listas – sugirió Zhell.
            – Eso podría funcionar – respondió pensativo Galdar –. Conozco a alguien que podría ser útil. Y Kaz me debe un par de favores.
            – ¿Kaz? – preguntó le senadora.
            – Un cazarrecompensas – explicó este –. Le encanta incinerar a sus víctimas y se ha hecho un pequeño nombre tras cazar un saboteador separatista hace unos meses.
            – Habla demasiado – advirtió la imroosiana.
            – Entonces se le tendrá que hacer callar luego – sugirió Takora con determinación, sorprendiendo al joven padawan que un representante público hablara de esa manera.
            – Podríamos hacer un clon, acelerando el proceso en unos días sería igual que el crio – sugirió Galdar.
            – Un simple análisis lo descubriría – advirtió Zhell.
            – Entonces que no lo hagan – dijo el padawan, centrando la mirada de todos –. Entregad esto a las autoridades y no harán preguntas.
            Estaba alargando la mano, en la que sostenía su sable de luz.
            – Podría funcionar – respondió la senadora asintiendo admirada, sabedora de lo que significaba desprenderse su arma para un jedi.
            – Que también les entregue esto – continuó sacándose del bolsillo la trenza que se había cortado. Al mirar su mano sosteniendo su pelo, supo que su visión se había cumplido.
            – Y con esto no hará falta clonar a nadie, y podréis salir antes del planeta.
            – ¿Y quién será el pobre diablo que nos deje su cadáver? – preguntó Galdar.
            – De eso me encargo yo – respondió Zhell –. Uno de los clientes trabaja en la morgue del distrito D1-321. Y ese sí sabe callarse – miró al padawan –. Ya sé sus medidas. Volveré pronto.
            – Que la Fuerza te acompañe – le deseó la senadora afectuosamente. Las dos mujeres se acercaron y pusieron sus manos sobre la mejilla de la otra en un gesto de gran ternura.
             – Que la Fuerza te acompañe a ti también – replicó Zhell, que salió del despacho.
            – Bueno, tengo algo que darte – dijo Takora, haciéndole un gesto a Galdar, que se dirigió a una de las paredes, colocando su palma sobre uno de los plafones, abriéndose para mostrar una caja fuerte que había detrás. La abrió tecleando el código numérico y de ella sacó una caja de madera rectangular. Se la entregó la senadora, que pareció cogerla con reverencia sagrada.
            » Es para ti, de tu maestro.
            El padawan lo cogió la caja con el mismo cuidado, observándola mientras le dejaban solo. La madera había sido labrada a mano hacía mucho tiempo, con una inscripción cuyo alfabeto no logró identificar. Al abrirla encontró dos holocrones cuidadosamente colocados en su interior. Uno era cuadrado y tenía los mismos símbolos esféricos del tatuaje que cubría su cuerpo y que su maestro le había dibujado mediante la Fuerza antes de llegar al Templo. El otro era similar a los que había visto en los Archivos Jedi.
            Al cogerlo se iluminó con una luz azulada, sus puntas se movieron y empezó a levitar. Poda percibir la Fuerza que emanaba de su interior, exactamente la misma que sentía cuando se encontraba meditando con su maestro Nalok, como si este estuviera a su lado. Y su figura emanó de su interior, como si le estuviera mirando desde el más allá. Sus grandes y bondadosos ojos, el pliegue en las mejillas del ser reptiliano que se creaban al sonreír, como si el anciano anx no hubiera muerto en el Templo, protegiéndole para salvándole, hacía apenas unos días.
            «Mi buen padawan. Mi alumno. Mi amigo. Mi hijo. Solo tú puedes activarlo, por lo que, si me estás viendo esto, significa que sobreviviste y que has contactado con la senadora Takora y el rufián de Galdar. Confía en ellos como si fueran tus hermanos, porque de alguna manera también son como mis hijos. Galdar me acompañó por la galaxia de niño, junto a su padre, en muchas aventuras cuando yo era un simple caballero alocado. Colaboré con la familia de Takora a liberar su mundo de un terrible tirano, por lo que siempre serán tus aliados. La concepción de la sociedad klovan es cooperar mutuamente, por lo que recuerdan a quienes les ayudaron. Nunca lo olvides.
            » Si te preguntas si sabía que iba a suceder en el Templo, la respuesta es que sí. Aunque ahora no lo creas así debía de ocurrir para que se cumpla la profecía, que yo he visto gracias a las visiones del siempre cambiante futuro, sobre Aquel que ha de traer el equilibrio a la Fuerza. Espero que algún día comprendas porque no pude hacer nada. Y me perdones.
            » Tú, al igual que yo tenemos esa habilidad, mi joven padawan. La Fuerza se manifiesta de esa manera en nosotros, mostrándonos lo que puede o ha de ser. Esa es nuestro sino. Y no podemos huir de él, aunque quieras. Te lo aseguro, porque yo lo intenté durante años, y no pude. Solo espero poder ser de utilizada para que puedas soportar el peso que llevan tus jóvenes hombros. Por eso en este holocrón he vertido mis conocimientos. Úsalo siempre que lo necesites, porque te lo dejé para seguir enseñándote y formándote en los caminos de la Fuerza viva.
            » Sobre el otro holocrón que está junto a este, solo puedo decirte que es parte de tú destino, pero has de ser más poderoso de lo que eres ahora para abrirlo. Pero tu potencial es mayor del que fue una vez el mío. Mi confianza en ti es plena. Mi cometido era encontrarte y entrenarte, mientras que el tuyo es localizar lo que hace siglos que se perdió y ha de ser hallado. Pero antes a otro como tú has de encontrar. La lucha entre la luz y la oscuridad continuará sin nosotros, mi joven padawan, pero tengo la esperanza que será la luz la que prevalezca. Pero esa no es nuestra responsabilidad»
            Cuando la imagen de Nolak desapareció y la luz del holocrón se extinguió, una lágrima corría por la mejilla del padawan. Fue la última vez que lloró.


            Durante los siguientes tres días Galdar y Zhell estuvieron ejecutando el plan para hacer creer al Emperador que el joven padawan había sido localizado y abatido por Kaz, un cazarrecompensas grindalid en los niveles inferiores de Coruscant.
            – Ya está todo listo – anunció Galdar entrando en el despacho del Club Nómoda.
            El joven padawan abrió los ojos, interrumpiendo su meditación.
            – Acaban de quitarte de la lista de los jedis buscados – continuó con satisfacción, dirigiéndose al mueble bajo que había detrás de la mesa, del que sacó dos largos vasos y una botella de licor –. Celebrémoslo.
            – Yo no bebo.
            – No sabía que los jedis no bebíais. Nolak lo hacía – replicó Galdar llenando los dos vasos. Alzó uno de ellos y se lo alargó.
            – Es que nunca he bebido – confesó este algo avergonzado cogiéndolo.
            – Pues es un buen día para empezar – replicó el contrabandista –. Porque hoy celebramos tu muerte.
            Cogió el vaso, que tenía un líquido verde, con destellos de luz, como si fueran estrellas. Se lo acercó a los labios tomando un sorbo de un líquido frío y algo dulce, por lo que continuó bebiendo, pero cuando este llegó a su garganta sintió como si le quemara. Retiró el bajo e hizo un gesto de disgusto, que hizo reír al contrabandista.
            – Tómatelo con calma – dijo este cogiendo el vaso.
            » Por si a alguien se le ocurre comprobar la historia de Kaz partiremos esta misma noche hacia Klovan. Allí estarás a salvo – explicó Galdar tras acabar su Galaxia Verde.
            » Nalok me pidió que te cuidara. Y eso haré. Aun así, es importante que a partir de ahora ocultes quién eres y que puedes llegar a hacer. O al final el Imperio te descubrirá y empezará a darte caza como a un perro de las praderas. Si han logrado purgar a toda la Orden Jedi, con todo el poder que tenía, imagínate lo que podrían hacer contigo que estás solo.
            Este asintió.
            – Hemos aprovechado la carta de identidad del chico que nos han prestado su cadáver para que fuera el tuyo, para confeccionar tu documentación – dijo finalmente entregándole una tarjeta de datos –. ¿De qué murió?
            – No lo sé. El distrito D1-321 es una zona industrial, pero también hay áreas abandonadas. Tal vez un accidente, tal vez vivía en la calle. Por desgracia a nadie le importa. Parece ser que llegó hace ocho meses del Borde Exterior, posiblemente en busca de un futuro mejor.
            – ¿De dónde era?
            – Eso a nadie le importa.
            – A mí sí.
            – Del culo de la galaxia... Tatooine. Se llamaba Keegan.
            – Entonces, él morirá con mí nombre, y yo viviré con el suyo.



Continuará…
El Jedi Perdido: En la oscuridad (6)


Notas de producción:
(1) El calendario del universo de Star Wars conforma la semana en 5 días: primeday, centaxday, taungsday, zhellday, benduday. Un mes tiene 7 semanas repartidos en 35 días. Un año lo forman 10 meses más 3 días feriados, que en total tienen 368 días. Todo ello tomando como referencia el ciclo solar de Coruscant.



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martes, 12 de noviembre de 2019

El Jedi perdido - En la oscuridad 4


Varykino

            Su yate cromado desaceleró al espacio real a la hora prevista, justo frente a Sukra, el planeta donde orbitaba su luna Sukra Dar. Este era un mundo agrícola colonizado varios siglos atrás gracias a los abusivos préstamos del Clan Bancario. Con el tiempo y gracias a sus fértiles praderas contaba con una extensa y próspera población, que para reducir los intereses de las deudas heredadas de sus antepasados, se habían alineado con los separatistas durante la Guerra Clon. Tras sofocar la rebelión jedi en Felucia, el 327º Cuerpo Estelar ocupó el lugar, no sin antes demostrar que era mejor respetar al Imperio arrasando desde la órbita sus ciudades más importantes. Desde entonces la paz y la justicia del Nuevo Orden habían gobernado el planeta.
            General Eckener, el capitán Said del Icon informa que está a la espera de sus órdenes – informó el piloto por el comunicador interno.
            Este apartó la mirada datapad con el informe que estaba leyendo. Se encontraba en la sala de conferencias de popa, donde en el diseño original de aquella nave se situaba el salón del trono, aunque ahora había una gran mesa de reuniones.
            – Indique al Icon que se aproxime a la luna con nosotros.
            Cuando las dos naves se encontraron en la órbita de la luna, el destructor lanzó una pareja de TIE para escoltar a la lujosa nave, que inició el descenso hacia la atmósfera. Poco después una lanzadera clase Lambda despegaba del hangar inferior, que siguió más despacio al yate de Naboo, junto al resto del escuadrón de cazas.


Sukra Dar

            – ¿Un destructor? – repitió Zahn sorprendido. Aunque él mismo se dijo que no debía de estarlo, ya que los movimientos de Daran indicaban que ahora contaba con naves de combate bajo sus órdenes. Pero era algo que no había previsto.
            – Con esto no había contado, ¿verdad? – le reprochó con acritud Drahk tras su máscara sin disimular su satisfacción por aquella situación y le advirtió –. Si intentamos cualquier cosa nos aplastarán como a insectos.
            – Abortamos, repito abortamos la misión – anunció Zahn por su comunicador a todos los miembros del equipo de infiltradores y a Ajaan en el Resplandeciente –. Que nadie se mueva de donde esté y no intervenga. Nos replegaremos después de que hagan el intercambio. Repito: abortamos la operación.
            Dicho lo cual miró a Keegan que se encontraba a su lado, quien asintió confirmándole que había tomado la mejor decisión. Él se sentía frustrado, maldiciendo su suerte, ya que estaba convencido que acababa de perder la mejor y posiblemente única oportunidad de averiguar qué tramaba Daran.
            Lo primero que escuchó Zahn fue el característico zumbido de los motores de iones de los cazas TIE, que dieron varias pasadas sobre la antena. Pero no estaban reconociendo el área, sus giros eran abiertos y cercanos a la instalación, por lo que dedujo que se trataba de una maniobra intimidatoria para impresionar a los neimoidianos. Por lo que estaban a salvo sino se movían de su escondite detrás de las cajas metálicas que habían colocado para ocultarse. El único consuelo que le quedaba era ver lo que sucedía por encina de sus cabezas gracias a un par de cámaras que habían instalado en el borde de la pista.
            Instantes después apareció el yate cromado de Eckener, con su casco alargado en forma puntiaguda, y con dos grandes motores a cada lado. El cual, pudo reconocer Zahn, era similar al que había usado la Reina Amidala en su misión para salvar Naboo de la invasión de la Federación de Comercio. La elegante nave se acercó a la plataforma, produciéndose un chasquido metálico cuando las patas se posaron sobre esta. Una rampa descendió desde la parte delantera del vientre, de la que apareció media docena de soldados de la muerte cubiertos con armaduras negras. Los reconoció de inmediato: era la escolta de élite de las altas personalidades del Imperio. Que incluía a los oficiales de la Iniciativa Tarkin, como habían hecho con el director Krennic, responsable del diseño y construcción de la Estrella de la Muerte. ¿En qué estaban metidos Daran y Eckener para requerir una protección así?, pensó. ¿Qué misión tan importante les había podido encomendar Tarkin antes de morir en Yavin 4 para necesitar aquellos guardaespaldas?
            Los neimoidianos salieron del hangar y se acercaron a los soldados, que se habían colocado en una formación semicircular debajo de la proa del yate cromado. En ese momento dos oficiales empezaron a descender por la rampa. Uno de ellos media dos metros de alto y tenía los hombros tan anchos como un wookiee. El otro tenía una complexión media, se movía con elegancia y su uniforme gris parecía que hubiera sido confeccionado a medida. Ambos llevaban una gran máscara cuadra que les ocupaba todo el rostro, quedando iluminado por una pequeña luz. Al llegar a la línea de los soldados, estos abrieron la formación para dejar pasar a los dos oficiales, que se detuvieron frente a los neimoidianos. Falan, que estaba a su lado y podía ver la grabación se inclinó  algo nervioso para observar mejor la escena.
            Mientras hablaban una compuerta secundaria de acceso en la popa de la nave se abrió, descendiendo por ella dos soldados, que portaban un pesado arcón refrigerador.
            Intercambiaron unas frases, mientras Pylat mantenía una actitud servicial. Al cabo de poco los soldados despertaron de su aparente letargo y empezaron a observar nerviosamente el cielo, como si buscaran algo. Los dos oficiales también empezaron inquietos a mirar hacia el horizonte, y sin perder tiempo se giraron para retroceder hacia al interior de la nave. En ese instante Falan activó su mochila propulsora y se elevó de su posición hacia la plataforma de aterrizaje, desatándose los infiernos.


Resplandeciente

            La tarea de Ajaan era esperar a que hubieran capturado al oficial imperial, eliminando su escolta y a los neimoidianos, momento en que activaría sus motores e iría rápidamente a recogerles. Mientras permanecía en letargo y mantenía el espacio de la luna controlado con los sensores. Así había localizado a la lanzadera aproximándose desde el planeta, informando de su llegada al equipo de asalto. Después había detectado la aproximación del yate nubiano acompañado por un destructor clase Imperial. Zahn no había advertido de esta posible presencia, aunque sabía por su telepatía que este la desconocía y sería una auténtica sorpresa para él. Pero con aquel destructor en la órbita no podían capturar a su objetivo con seguridad, de maneta que sensatamente este había cancelado el secuestro. Por lo que ahora deberían esperar a que todos se marcharan para recogerles y volver a Tierfon con las manos vacías.
            Conocía a Zahn y sabía que aquella decisión no había sido fácil de tomar para él. Inicialmente el general Draven la había asignado al Resplandeciente para vigilarle y confirmar su verdadera defección de las filas imperiales. Constatando algo desde entonces: su profundo odio al Imperio era auténtico. Pero también notaba que sentía cierto desdén y desprecio a la Alianza a la que consideraba incapaz de derrotar a sus mutuos enemigos. Conocía el potencial de ambos, por lo que tenía claro que la lucha era inútil. Posiblemente la única ancla que le mantenía cuerdo era el vínculo que había forjado con Jonua. El chico era el único superviviente del asentamiento de refugiados que había delatado bajo las torturas que le habían infringido sus antiguos camaradas tras descubrir su traición. (1) Aun así el mayor cambio se había producido al tomar el mando de la Estrella Lejana: ya no bebía y ser útil de una manera real y a veces decisiva, le había dado dinamismo y devuelto la confianza en sí mismo. Además ahora tenía acceso a recursos que le permitían continuar su particular venganza contra su antiguo compañero y amigo: Daran, insuflándole vida como ninguna otra cosa. Lo bueno era que aplicaba ese dinamismo a sus dotes de organización con la tripulación. Poner a salvo a las familias de algunos de ellos había consolidado su liderazgo, transformando la percepción que habían tenido algunos de ellos de su pasado, incluyendo a Moritz, el primer oficial.
            Ahora el adquisidor Keegan también parecía confiar plenamente en él, ¿sería suficiente para terminar de disipar las dudas que la iktotchi aun albergaba con respecto a la lealtad? Este, cuya presencia parecía dominarlo todo, estaba muy bien considerado en los más altos niveles de la Alianza, seguramente porque estos sabían que era un jedi. ¿Pero realmente había cambiado tanto el antiguo cazador del ubiqtorado y se había convertido en un auténtico rebelde?
            Entonces Ajaan tuvo su propia premonición. Hacía tiempo que no sentía una tan poderosa, ni tan lejos de su planeta: la lucha se había desatado en la plataforma del puesto de comunicaciones. Los disparos de bláster zumbaban por todas partes. Los soldados imperiales de negro retrocedían hacia el yate cromado disparando sus armas contra los comandos rebeldes. Un caza TIE surcó el cielo, rociando la estructura que sostenía la antena con sus cañones láser de fuego y destrucción.
            Fue como un flash, rápido, confuso, ruidoso e inevitable. De alguna manera les habían descubierto y si no iba a buscarles antes que la nave nubian despegara, el Imperio arrasaría aquel lugar hasta reducirlo a cenizas.
            Tenía que actuar si quería evitarlo.
            Sin mediar palabra presionó los controles de encendido rápido del reactor principal, y activó los tres poderosos motores, haciendo que el Resplandeciente saltara literalmente de su posición acelerando en dirección al puesto de escucha.
            – ¡A toda la tripulación, preparados para entrar en combate! Recogeremos a nuestros compañeros ahora. ¡Todos a sus puestos!


Puesto del Clan Bancario

            Keegan sabía que tener que abortar la operación había sido decepcionante para Zahn, ya que aquella era la mejor manera de localizar a Danar. Y aunque su mayor motivación era la venganza, conocer lo que este estaba tramando para que la Alianza estuviera advertida, también era parte en aquella iniciativa. Conocer de cerca y poder ayudar a la tripulación de la Estrella Lejana y sobre todo la destrucción de Alderaan y compartir el duelo con algunos de ellos le había hecho comprender, más allá de su propia perdida con la muerte de su amada, la maldad que representaba el gobierno de Palpatine. Ahora veía más claro el lado luminoso de su interior que la primera vez que le vio en Tierfon mientras planeaban la incursión en Pas’jaso. Claro que él también había cambiado desde entonces. Zahn, el antiguo y despiadado cazador de rebeldes, ahora se preocupaba y daría la vida por sus nuevos camaradas.
            El lujoso yate cromado se posó en la plataforma, tan cerca que les permitió escuchar perfectamente como los mecanismos y servomotores se sincronizaban tras aterrizar. Los cuatro rebeldes que le acompañaban: Zahn, Drahk, Falan y un chalactano llamado Veklar permanecieron inmóviles, respirando bajo las máscaras de oxígeno despacio, como si el ruido pudiera delatarlos. Y aunque Zahn contaba con el reproductor holográfico conectado a la cámara colocada en el extremo de la pista, para el antiguo padawan le era más fácil concentrarse en la Fuerza para poder escuchar lo que sucedía. La rampa se desplegó y una escuadra, a juzgar por las pisadas de las botas, descendió por esta, mientras que las puertas del hangar se abrían para dejar salir a la delegación neimoidiana. Podo después se escucharon dos juego más de botas, esta vez menos pesadas que las de las armaduras negras que llevaban los soldados de la muerte. Solo podía ser Eckener.
            – Saludos General. He traído la siguiente remesa de artefactos – dijo servilmente Pylat bajo la máscara que también llevaba, aun así podía notar perfectamente miedo en su voz –. Pero como ya le dije, ha sido complicado el proceso en algunas especies. Además las diferencias biológicas no lo hacen fácil. Obligando a un proceso más agresivo, por lo que necesitamos más especímenes para conseguir lo que nos piden. Y eso, por desgracia, incrementa el coste. Exponencialmente.
            – Ya sabes que no nos importa la supervivencia de los sujetos de prueba. Es más la lanzadera le trae más prisioneros, como siempre pides – dijo una voz firme y arrogante, que a pesar de la distorsión de la máscara podía distinguir su acento de Naboo, y que solo podía ser de Eckener –. Sobre el coste le pagamos generosamente, además de mantenerle vivo...
            En ese momento la atención de Keegan se apartó de la conversación, centrándose en una sensación de odio que crecía cerca de él. La Fuerza se expresaba diferente manera en cada individuo. En algunos seres potenciaba sus habilidades o su liderazgo, en algunas razas podía alterar su evolución, como a los iktotchi moldeando sus habilidades de precognición y telepatía. En aquellos que eran sensibles, tras un duro entrenamiento, podían llegar a manipularla y usarla a su antojo. Y así mover objetos con la telequinesis, alterar la voluntad de mentes más débiles, agudizar la destreza con el sable de luz, prever los acontecimientos antes de que sucedieran, acelerar la curación propia y ajena, saltar más alto y ser ágil como un acróbata, esquivar un disparo de bláster, o hacer crecer una abundante cosecha. Alguien muy poderoso incluso podría proyectarse en la otra punta de la galaxia. Las posibilidades eran casi infinitas. En el caso del adquisidor siempre había podido percibir el cambiante futuro y el inamovible pasado. Había aprendido a controlar sus visiones sobre acontecimientos venideros, distinguiendo los que alteraban la continuidad de lo que debía suceder de una manera determinada, a los que su maestro Nalok llamaba fijos en el Tiempo. Y de los cambiantes, los casuales o sin trascendencia en el devenir de la galaxia o incluso del mismo individuo. A veces podía provocarlas si meditaba profundamente, pero normalmente eran aleatorias e imprevisibles, como si la Fuerza Viva fuera caprichosa en lo que le dejaba ver y lo que no. También le habían enseñado a notar el ánimo de los seres vivos. No era telépata, pero esta le ayudaba a saber cómo se sentían aquellos que le rodeaban.
            Por eso captó perfectamente como Falan iba acumulando rabia e ira en su interior. Giró la mirada hacia el weequay, que estaba observando con sus ojos clavados en la proyección que sostenía Zahn en su mano, que mostraba los dos oficiales imperiales hablando con el alienígena.
            Entonces ocurrió. Los soldados se pusieron en guardia, alzando sus armas en posición de disparo y empezaron a mirar nerviosos hacia el cielo buscando algo. Al mismo tiempo los motores del yate nubiano aumentaron la potencia y los dos oficiales se giraron hacia la rampa. El neimoidiano y los suyos estaban desconcertados ante lo que pasaba a su alrededor.
            Cuando la imagen tridimensional y traslucida dejó ver por fin el rostro de sus enemigos al girarse, Falan se levantó de donde estaba y activó la mochila jetpack que llevaba a la espalda y se elevó hacia la plataforma situada encima de ellos. Drahk intentó detenerle levantando el brazo para agarrarle, y al no lograrlo lanzó un grito impotencia. Zahn y Veklar se quedaron sorprendidos por la repentina reacción de su compañero. Pero Keegan no. Ya que había podido ver el recuerdo que dominaba el pensamiento de Falan desde que los dos imperiales habían descendido de la nave. Era un remoto lugar de la superficie de Ringo Vinda. Una patrulla de soldados con armaduras blancas estaban rodeando a un grupo de civiles desarmados, a los que registraban sus pertenencias. Su alférez era un hombre muy alto y de anchos hombros, empuño una pistola bláster amenazando a todos los comerciantes que se mostraban sumisos y obedientes, sabedores de su impunidad. Este se quejaba que no tenían nada valioso para requisar en nombre del Emperador y que no iba a tolerar que le hicieran perder el tiempo a las autoridades que estaban allí para protegerles. Y cuando parecía que iba a marcharse alzó el arma y disparó contra el weequay que tenía más cerca. Un joven se arrodilló junto a su hermano y empezó a llorar invadido de la más profunda de las tristezas, de impotencia, rabia, y de odio, mientras el imperial se alejaba riendo. Ahora en aquella luna los dos seres se habían vuelto a juntar.
            Cuando Falan por fin confirmó sus sospechas al ver el rostro del hombre que había matado a su hermano, no lo dudó. Para entonces ya había quitado el seguro de su rifle E-11. Era el mismo que había cogido de las manos inertes del primer soldado de asalto que había matado clavándole un vibrocuchillo en la nuca, justo entre la parte de atrás de su armadura y su casco. Activó su jetpack y saltó hacia la plataforma. Justo cuando sobrepasó el suelo de la pista empezó a disparar. Y aunque los imperiales estaban advertidos de la presencia de una nave espacial que había acaban de detectar los sensores en la superficie de la luna, su repentina aparición les cogió por sorpresa. Les roció con el fuego de su arma  alcanzando a uno de los soldados, aunque no a su verdadero objetivo. Antes que pudiera corregir sus disparos ya se encontraba por encima del casco del yate.
            Drahk maldijo al weequay cuando este activó su jetpack. El kel dor estaba bien entrenado y tenía los reflejos activos, por lo que no dudó en activar su propia mochila propulsora y seguir a su compañero, ya que en aquel momento solo había una manera de salir de allí: luchando. Cuando se impulsó hacia la plataforma los soldados de la muerte estaban mirando hacia la trayectoria de Falan, que se había ocultado encima del fuselaje de la nave cromada, por lo que logró abatir a otro de los guardaespaldas de armadura negra, provocando que los dos oficiales volvieran a tirarse al suelo para protegerse del nuevo atacante.
            – ¡Scarif, repito: Scarif! – ordenó Zahn cuando Drahk salió disparando detrás de Falan. Era la orden para iniciar el ataque, por lo que todos los rebeldes se pusieron en marcha.
            Desde el edificio que sostenía la antena, Laren Tral observaba la escena con cautela. Su posición elevada le permitía ver el alargado yate cromado, justo debajo de la puntiaguda proa estaban los soldados de la muerte, con sus armaduras negras relucientes bajo los focos de la nave y de la instalación, frente a ellos los neimoidianos. La rebelde de Attahox se alegró que hubieran abortado la misión, ya que también podía ver la lanzadera Lambda detenida sobre la antena, junto a un puñado de cazas TIE sobrevolando ruidosamente la instalación. Y más arriba, en la órbita una poderoso y gigante destructor clase Imperial, con sus turbolásers y el resto de armamento seguramente apuntándoles directamente hacia ellos. Como infiltradora no era la primera vez que estaba rodeada de una abrumadora fuerza imperial, pero por lo menos en aquella ocasión, estos no la estaban buscando. Y si debía enfrentarse al Imperio, siempre era mejor hacerlo con una potente armada, como el cañón bláster rotatorio Z-6. El cual, según su experiencia, era tenerlo preparado, como así ocurría cualquier cosa. Y ocurrió. Sin previo aviso los motores de la nave de Naboo aumentaron de potencia y los soldados de la muerte se pusieron en alerta. Instantes después el weequay del grupo de Slonda saltó por el aire impulsado por su jetpack y empezó a disparar sobre el grupo de imperiales.
            – ¡Lamuo-be-o-veee! – empezó a maldecir su compañero Nau en sullustés.
            – ¡Y yo que sé que está haciendo! – contestó Laren y sin tiempo de colocándose la máscara sobre el rostro se levantó alzando el cañón rotatorio y empezó a disparar a través de la ventana rompiendo el cristal. Lo que hacía el entrenamiento constante era actuar de manera instintiva y Laren lo hizo, de manera que roció la plataforma con fuego de supresión con la idea de abrir una cortina de fuego para permitir que sus compañeros pudieran actuar. Y esta cayó sobre los neimoidianos, que estaban fuera de la protección de la proa del yate cromado, por lo que la mayoría de ellos fueron alcanzados por los rápidos disparos de su arma, mientras los supervivientes intentaban huir en desbandada hacia el interior del hangar. Pero de esa manera mantenía a los imperiales acotados para que sus compañeros pudieran tenerlos a tiro.
            Desde otra ventana del edificio, Jon y Sa'lata, que eran el otro equipo armado con el mismo arma rotatoria, a su vez empezaron a disparar contra los cazas TIE que se encontraban sobrevolando la antena.
            Slonda estaba observando lo que ocurría gracias a las mismas holocámaras situadas en la plataforma de aterrizaje. Y al ver que los soldados imperiales se ponían en alerta imaginó que algo estaba pasando. Una filtración en la Alianza era poco probable, ya que la operación se había preparado en poco tiempo y la mayor parte de las personas que la conocían estaban en aquella luna. Pero tal vez los neuimoidianos se habían cansado de depender del Imperio para sobrevivir al envenenamiento de su nido. O incluso una facción independiente, como el Amanecer Carmesí o el poderoso Sol Negro, podían haber descubierto la existencia de aquel aparato manipulador y quisieran también apoderarse de él. En todo caso debía de estar preparado para la acción. Por suerte el Resplandeciente estaba cerca y les podía sacar de allí si las cosas se complicaban. Entonces pudo ver, justo en el extremo de la imagen holográfica, como Falan aparecía por el costado de la plataforma y empezaba a disparar sobre los imperiales. Poco después Zhan empezaba a gritar por el comunicador la señal de acción: ¡Scarif!
            – ¡Vamos muchachos! – dijo mirando al equipo que estaba a su lado, activando su jetpack y junto al resto salieron disparados hacia arriba. Tenía su bláster preparado y nada más superar el suelo de la plataforma empezó a disparar. Pero la reputación de los soldados de la muerte no era en vano y aunque habían sido sorprendidos por el ataque de Falan, no ocurrió así como el resto. Así que Slonda pudo ver como Timker y Brance, que estaban a su lado, eran alcanzados en pleno vuelo, el primero continuó elevándose y la segunda perdió el control de su mochila y cayó por el precipicio que había debajo de ellos.
            Falan aprovechó aquel momento para descender desde la parte superior del fuselaje del yate nubian hasta la plataforma. No dejó de disparar, esta vez buscado con más cuidado a su objetivo. Los soldados de la muerte, que se habían colocado alrededor de los dos oficiales para protegerlos no dejaban de devolver el fuego que les llegaba de todos lados. Vio como el asesino de su hermano ya estaba casi en la rampa con el arma en la mano, mirando asustado a su alrededor. Se acercó a uno de los contenedores que había en un lado y parapetado continuó disparando. Pero una explosión por encima de él hizo alzar la mirada de manera instintiva, viendo como uno de los cazas TIE se alejaba después de disparar contra uno de los equipos armados con los bláster repetidores pesados. Instintivamente se agachó, el tiempo suficiente para que su presa se escapara.
            Zahn activó su jetpack y saltó hasta la plataforma de aterrizaje, a la altura de los motores dobles del crucero cromado. Encontrándose cada a cada con los dos imperiales que habían cargado el antídoto para Pylat y su nido, y que estaban por detrás de Eckener y sus escoltas. Estaban asustados y sorprendidos de su aparición, aun así tuvieron tiempo de desenfundar sus blásters antes que el comandante rebelde disparara y les abatiera. Cuando cayeron al suelo pudo ver a Eckener, su antiguo compañero. Era reservado, analítico hasta en sus más simples decisiones diarias, como decidir qué comer o el vestido más adecuado para acudir a un evento social. Pero siempre se habían llevado bien y respetado el uno en el otro. Alzó su arma y le apuntó. El caos sobre la plataforma era total, con los soldados de ambos bandos caían por los disparos que cruzaban de un lado a otro. Pero él no pudo disparar a quien una vez consideró un amigo.
            Los soldados de la muerte que quedaban se habían colocado alrededor del oficial de mayor rango, que había logrado alcanzar el principio de la rampa de acceso a su nave. Uno de ellos, que llevaba una hombrera de rango, también negra, y estaba armado tan solo con una pistola, se acercó al oficial, lo cogió por la cintura con un brazo y en volandas. Mientas otro de sus hombres se colocaba en la trayectoria de los disparos rebeldes, siendo alcanzado por estos. Lo que permitió llegar al interior del yate, logrando poner a salvo a quien debía proteger. En ese momento los motores de la nave aceleraron y con suma rapidez despegó de la plataforma impulsándose hacia atrás, incluso antes de que la rampa se empezara a plegar, donde aún estaba agarrado el otro oficial más corpulento.
            Mientras se alejaba su casco recibió numerosos disparos rebeldes.
            Al dejar la plataforma despejada, los dos últimos soldados de la muerte que quedaban en ella empezaron a correr hacia el hangar del edificio para refugiarse, siendo abatido uno de ellos antes de llegar a este. El ruido de los cuatro motores del yate se alejaba, el de los motores iónicos de los dos TIE que le acompañaban volvieron a acercarse. Entonces el cielo se iluminó por la explosión de uno de ellos, que se convirtió en una bola de fuego. Justo detrás apareció el Resplandeciente que desaceleró al llegar al acantilado donde se alzaba la instalación para colocarse debajo de la instalación, como se había previsto. Y aunque el resto de cazas hacían una barrera cubriendo la retirada del yate cromado, que se alejaba junto a la lanzadera Lambda, el último de la pareja que sobrevolaba la antena empezó a disparar sobre la plataforma de aterrizaje, y el crucero corelliano que se encontraba debajo, con sus cañones láser. Mientras todos los rebeldes le devolvían el fuego, incluyendo el equipo de Laren que con su bláster rotatorio.
            Mientras Drahk y Veklar dispararon con sus armas contra el caza que se aproximaba, el kel dor observó como Zahn, que se encontraba en el extremo más alejado del edificio, alzaba su pistola y les apuntaba. Y por un instante pensó que el antiguo agente del ubiqtorado por fin rebelaba su verdadera lealtad. Disparó contra ellos y la descarga de energía le pasó por delante de su rostro, sintiendo perfectamente el calor del plasma incandescente. Se giró hacia esa dirección y entonces vio como el último de los soldados de la muerte, que se encontraba junto a la puerta del hangar, como una sombra espectral, recibía el impacto en la parte inferior de su casco, que salió despedido por la fuerza de la descarga. En ese momento varias explosiones cubrieron toda la plataforma con bolas de fuego, levantando fragmentos del pavimento que volaron por los aires.
            Cuando los impactos del TIE se disiparon y este se alejó de la antena, los rebeldes empezaron a dirigirse hacia el Resplandeciente. Con sus jetpack saltaron hacia la parte superior del casco, donde las escotillas estaban abiertas para que pasaran a la relativa seguridad de su interior.
            Slonda, su Programador, había indicado que no podía dañarse al oficial imperial que debían capturar. Para Probot cumplir las órdenes era su primera directriz, proteger al Programador y al resto de sus compañeros rebeldes la segunda, luchar contra el Imperio por la Alianza la tercera. Por eso hasta que el yate cromado no empezó alejarse de la instalación de comunicaciones, el antiguo droide sonda Víbora no activó los sistemas de defensa. Debía de cumplir las órdenes: no dañar al objetivo. Ahora que este se alejaba en su brillante nave, el resto de cazas TIE de escolta se agrupaban para atacar. Era el momento. Así que activó los protocolos remotos de los antiguos tanques droides IG-227 Hailfire, que hacía décadas que habían perdido sus grandes ruedas, y se habían convertido en las defensas fijas. La luz roja de sus cabezas ovaladas se activó y empezaron a rotar, mientras sus sensores de calor buscaban sus objetivos: cazas enemigos. Cuando estos enfilaron hacia la gran antena, las cuatro cabezas con sus dos racimos de  misiles ya estaban apuntándoles. Probot sabía que aquella no era una base de la Alianza, por lo que era prescindible y no era necesario preservar sus defensas. Su contraataque permitiría que el Programador y sus compañeros tuvieron tiempo para alcanzar la nave. Así que casi un centenar de proyectiles salieron despedidos hacia los desprevenidos cazas imperiales, que sorprendidos por aquella inesperada reacción apenas pudieron reaccionar, siendo alcanzados todos ellos, que estallaron en el aire, envueltos en explosiones, nubes de humo y fragmentos de metralla que empezaron a caer al precipicio que se extendía más allá del puesto de escucha.
            Con aquella amenaza neutralizada y con un destructor clase Imperial en órbita, Probot sabía que la misión ya había concluido y podía dejar su puesto controlando el ordenador de la estación. Igualmente pensó que el escudo deflector podía hacerles ganar un poco de tiempo cuando empezara el bombardeo, así que lo activo y se dirigió hacia el Resplandeciente, satisfecho por haber cumplido con sus directrices: no había dañado a su objetivo; había protegido a su Programador y había luchado por la Alianza Rebelde. Había sido un día exitoso.
            Cuando el ruido del motor iónico se alejó, se produjo un extraño silencio, Zahn se levantó del suelo, donde le había lanzado la onda expansiva. Sentía la cara caliente, quemada por la explosión. Miró a su alrededor, descubriendo un panorama desolador: cinco cadáveres de soldados de la muerte, la mayoría de los neimoidianos que no habían logrado alcanzar el hangar, e impactos humeantes de los cañones láser, junto a uno de los cuales se encontraban los cuerpos inertes de Veklar y Drahk. Se acercó hacia ellos para comprobar su estado. El primero había recibido la mayor parte de la energía y estaba como si se hubiera derretido parte de su cuerpo, con el resto parcialmente calcinado, aunque su rostro permanecía intacto, pero con una expresión desencajada de dolor. A su lado al kel dor se le veía el hueso de la pierna derecha y su brazo cibernético estaba dañado, con algunas piezas desprendidas. Aun así parecía estar bien, aunque había visto como un impacto cercano de un arma de energía podía dejar el cuerpo ileso, con los órganos internos derretidos por la descarga electroestática residual, por lo que deseó que Drahk estuviera aún vivo. Este le despreciaba porque había delatado, cuando le torturaban, la ubicación de un campamento de refugiados donde había muerto su mejor amigo y la familia de este. Pero lo que este nunca llegaría a entender, era el desprecio que sentía hacia sí mismo al no haber tenido la fuerza de voluntad para no revelar aquella información. Y este era mucho mayor del que sentiría el kel dor por él nunca.
            – ¡Vamos! – dijo la voz de Keegan a su lado. Zahn asintió y se inclinó para coger al infiltrador rebelde por debajo de su hombro, mientras el adquisidor hacía lo mismo con el otro.
            En ese momento una maraña de misiles salieron disparados del techo del edificio hacia el resto de cazas TIE que se aproximaban, destruyéndolos en una serie de explosiones que cubrieron el cielo.
            Se acercaron al borde de la plataforma, un par de metros debajo de la cual se encontraba el fuselaje del Resplandeciente, sobre el que ya se encontraba Slonda, Heiler y el sullustano que estaban entrando por la escotilla, mientras Probot accedía por una compuerta inferior que habían abierto para él, gracias a su capacidad repulsora. Saltaron hasta allí y sin perder tiempo se dirigieron a la escotilla, ayudando a introducir a Drahk, que permanecía inconsciente. En el interior la actividad era frenética. Falan, que ya había entrado cogió al herido y se lo llevó a la enfermería.
            Zahn se dirigió al puente, donde Ajaan se encontraba frente a los controles del piloto. Detrás de él apareció Slonda y Keegan.
            – ¡Estamos todos! – dijo el clawdite, que había sido el último en entrar.
            La iktotchi asintió y empujó los controles de la nave acelerando los motores al máximo, al tiempo que inclinaba la nave hacia la atmósfera de la luna, mostrando el firmamento estrellado a través del cristal frontal. Zahn se agarró al respaldo del piloto, Slonda al del navegante y Keegan a la compuerta de la carlinga que se encontraba cerrada.
            – El destructor ha abierto fuego contra nosotros – indicó su navegante en un todo que no pudo ocultar su nerviosismo.
            – Preparaos – fue lo único que dijo Ajaan y sin más dilación activó el multiplicador de hiperespacio y la nave aceleró más allá de la velocidad de la luz en un instante usando las coordenadas de salto ya establecidas. Unos segundos antes que los disparos de turboláser alcanzaran la antena y toda su área circundante. (2)


            – ¿Quién ha caído? – preguntó Zahn –. De mí equipo Veklar está muerto y Drahk herido.
            – Timker y Brance del mío – respondió Slonda completando el recuento– y Jon y Sa'lata que estaban en la parte del edificio atacado por el TIE.
            » Y por todos los diablos, ¿pero qué es lo que ha pasado?
            – Ese weequay que trabaja contigo se ha vuelto loco y ha empezado a disparar contra los soldados de la muerte como si no hubiera mañana – respondió Zahn.
            – Tardaremos unos minutos en salir al espacio real para hacer la primera corrección de curso – intervino entonces Ajaan –, que Falan vaya al salón frontal.
            Los tres oficiales, además de Keegan bajaron a la cápsula frontal que hacía de sala de descodificación, donde estaba instalada la máquina Amgine4M robada en el almacén de Pas’jaso. Pidieron al técnico que la desalojara y enseguida llegó Falan procedente de la enfermería. Parecía tranquilo.
            – ¿Por qué empezaste a disparar sin que se te lo ordenara? – preguntó Slonda. Conocía a Falan desde hacía tiempo y habían trabajo juntos numerosas veces. Y aunque tenía la reprobable costumbre de coleccionar trofeos de algunos oficiales imperiales que había matado, el clawdite siempre lo había atribuido a querer forjarse una fama de despiadado, que a una brutalidad real. Ya que hasta entonces había demostrado ser un soldado disciplinado, del que se podía confiar para cumplir órdenes delicadas.
            – Quien acompañaba al objetivo, mató a mí hermano – respondió con calma.
            – ¿Tú hermano? – repitió sorprendido. Conocía el incidente por el que había empezado a luchar contra el Imperio, hasta acabar en las filas de la Alianza.
            – ¿Está seguro? – preguntó Zahn.
            – ¿Usted no estaría seguro de quien asesinó a su esposa? ¿No estamos aquí por qué está cazando aquel que la mató? – replicó el weequay con rotundidad, dejando a Zahn sin palabras.
            – Somos profesionales. No puedes empezar a disparar desobedeciendo órdenes. Por tu culpa hoy han muerto cinco rebeldes.
            – Todo el tiempo muere gente – respondió Falan, marcando cada palabra –. En un instante murieron todos en Alderaan. Y muchos otros lugares. En Scarif, en Vrogas Vas, en Haidoral Primera y en Mako-Ta o en Pas’jaso. Siempre muere alguien. En cualquier parte.
            – Te garantizo que esto no se quedará aquí – replicó el jefe de los infiltradores conteniendo su rabia –. Retírate.
            Falan dejó la estancia sin mirar atrás. Slonda lanzó una maldición que dejó en silencio a los presentes.
            – ¿Qué es lo que va hacer? ¿Abrirle un expediente disciplinario? – preguntó Zahn con ironía.
            – Ya no puedo fiarme de él – replicó el clawdite fulminó con la mirada al antiguo espía –. Si tanto le agrada asígnelo a su nave...
            – ¿Cómo es que llegó tan pronto? – preguntó Keegan a Ajaan para desviar la conversación y reducir la tensión que se estaba generando.
            – Tuve una premonición de lo que iba a suceder – respondió la iktotchi con tranquilidad.
            Un pitido de alarma anunció que la nave estaba a punto de salir del hiperespacio, por lo que Ajaan y Zahn se dirigieron al puente. Slonda salió después en dirección a la enfermería, dejando solo a Keegan. Este observó aquella estancia, era la primera vez que estaba allí, pero ya la había visto antes, en una visión en la sala de control del almacén logístico de Pas’jaso, al ver el nombre del fabricante de las máquinas de descodificación. Así supo, mediante una visión de la Fuerza, que debía apoderarse de aquel envío, para que estuviera allí, en el Resplandeciente. (3)
            Regresando a aquel momento, podía notar claramente que Slonda estaba afligido, ya que no soportaba perder a soldados inútilmente. Por desgracia no sabía que no todo había sido en vano: en su bolsillo tenía un pequeño estuche procedente del maletín de Pylat que durante el tiroteo había sido alcanzado por el disparo de un bláster, esparciendo parte de su contenido por el suelo de la plataforma, de donde él había recogido uno de los estuches.
            A toda la tripulación – anunció entonces Ajaan por la megafonía interna –. Acabamos de recibir nuevas órdenes: en vez de regresar a Tierfon hemos de reunirnos con la Estrella Lejana que ha sido asignada a la defensa de Klovan. Su sistema está siendo atacado por poderosas fuerzas enemigas.
            Keegan se quedó pasmado, Klovan era el planeta en que se había refugiado tras la Gran Purga y el asesinato de todos los jóvenes iniciados, padawans y caballeros jedi del Templo, incluyendo a su maestro Nalok. Y que se había convertido en un segundo hogar para él.



Continuará…
El Jedi Perdido: En la oscuridad (5)



Notas de producción:
(1) Este personaje aparece en el Crossover Star Trek – StarWars, siendo mencionado en El Jedi Perdido 2. Rayo de Esperanza.

(2) Se ha utilizado para ilustrar la estación de comunicaciones del Clan Bancario el puesto de escucha de Rishi, aparecido en el capítulo Rookies (1.14) de la serie animada de Star Wars: The Clon Wars.

(3) De esta manera se justifica que esté el descodificador de alto nivel a bordo del Resplandeciente durante el relato Crossover Star Trek – Star Wars.

  
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