domingo, 31 de diciembre de 2017

El jedi perdido - Adquisidores 2

2ª parte
La conclusión.


Coruscant

            Su nombre no deja indiferente a nadie en la galaxia. Sede del Senado Imperial y del gobierno galáctico más poderoso, centralizado y despiadado que esta había conocido. Planeta ciudad, con más de un trillón de habitantes hacía que aquel mundo nunca durmiera. El carguero ligero salió del hiperespacio por uno de los pasillos habituales por donde llegaban de transportes desde la ruta Perlemiana. El código de la compañía minera por la que aparecía registrado no levantó sospechas en el puesto aduanero y se le transfirió al controlador de la ruta espacial D25D que les condujo hacia el distrito CoCo. El Colectivo de Comercio o más conocido como la Ciudad CoCo se encontraba en las extensas áreas industriales y la Ciudad Galáctica, ahora llamado Centro Imperial, donde se alzaba el Edifico del Senado, el reconstruido Templo Jedi y los gigantescos rascacielos que caracterizaban aquel planeta.
            Aquel era el lugar perfecto para poder pasar desapercibidos. En la Ciudad CoCo el tránsito de todo tipo de vehículos era constante, comerciantes que se dirigían o volvían de reuniones de negocios, ejecutivos que iban a las numerosas tiendas y restaurantes, que también eran frecuentadas por pilotos de transporte o cualquier ser que había recalado en el planeta. Por eso nadie sospecharía de un transporte matriculado por una empresa perteneciente a una especie que había firmado acuerdos comerciales con el Imperio. Aun así Coruscant era uno de los lugares más peligrosos para un grupo de rebeldes, por eso Keegan había pedido que quien le acompañara tuviera la documentación en regla y no fuera buscado por ningún planeta. Desona y uno de los jóvenes pilotos llamado Zarb completaban a un adarian en aquella pequeña tripulación.
            La rampa del carguero descendió lentamente frente a una delegación encabezada por un oficial aduanero coruscanti acompañado por media docena de guardias.
            – ¡Documentación! – exigió este cuando Keegan descendió por la rampa, quien le alargó la tarjeta electrónica, que introdujo en su datapad. Empezó a revisar los datos, mientras alzaba la mirada varias veces, escrutando de vez en cuando al pequeño grupo que tenía delante.
            » ¿Cuál es el motivo de su visita? – preguntó inquisitivo.
            – Entregar suministros en nuestras oficinas de aquí. Todo está detallado en el manifiesto de carga, oficial.
            – ¿Cuánto tiempo permanecerán en Coruscant?
            – Un día, a lo sumo dos.
            – La tripulación está formado por dos humanos, una twi’lek y tras adarians. ¿Piensan visitar el resto de los distritos alguno de ustedes?
            – Así es. La documentación está en regla. ¿Ha terminado? – replicó entonces Keegan tajante, apoyándose con un rápido gesto de la mano.
            – Todo está en regla – indicó el oficial que parecía molesto al no encontrar nada sospechoso y le devolvió la tarjeta electrónica –. Que tengan una buena estancia.
            Dicho lo cual se giró y salió de la plataforma de aterrizaje, seguido de los guardias. Inmediatamente un adarian, presumiblemente el contacto de la oficina de local, que había permanecido por detrás de los guardias, se acercó a Keegan.
            – Me alegra volverle a ver – indicó este con un ademán de bienvenida con el fuerte acento al hablar el básico, que tenía su especie al tener unas afiladas crestas óseas en vez de labios. Vestía ropas elegantes y el tocado sobre la frente demostraban el alto cargo que debía de ocupar en la compañía –. Aunque no esperaba que fuera tan pronto.
            – A mí también me alegra verte de nuevo y espero no causarte problemas – replicó Keegan y los dos empezaron a dirigirse hacia la salida, seguidos de Desona y Zarb. Mientras que los tripulantes adarians empezaban a repostar y descargar algunas cajas de la bodega.
            – He reservado tres habitaciones en el hotel del espaciopuerto y alquilado un aerodeslizador. Espero que sea de tu agrado.
            – Sin duda. Y agradezco tu ayuda Yunec.
            – La que necesites – indicó el adarian servilmente. Desona no notó forzada aquella respuesta hacia Keegan, sino una demostración sincera de agradecimiento. Por lo que se preguntó qué era lo que su compañero de adquisiciones habría hecho para merecer tal atención. Sobre todo en una civilización basada en un rígido sistema de castas como los adarianos, y cuyos dirigentes, como debía de ser aquel individuo de cráneo agujereado.


            Como faltaban algunas horas para la caída de la noche, y como el viaje había sido largo, aprovecharon aquel tiempo para ducharse, cambiarse y comer algo en el hotel donde estaban hospedados. Al anochecer los rebeldes se montaron en un Gaba-18 de tres plazas y partieron por uno de los pasillos aéreos hacia el bosque de rascacielos de luz, metal y cristal del distrito de entretenimiento.
            – ¿Nunca habías estado en Coruscant? – le preguntó Desona a Zarb, que parecía apabullado ante el número de vehículos que parecía no tener fin y que jamás descansaban.
            – No. Nací en Commenor, es un planeta grande, pero esto es... es… inmenso...
            No tardaron en llegar al brillante y colorido barrio Uscru, donde se centraban desde hacía siglos los mejores y más refinados locales nocturnos de aquel planeta ciudad. Los carteles luminosos, anunciando las maravillas de los distintos clubes, salpicaban los diferentes niveles mientras el aéreodeslizador descendía hacia uno de los aparcamientos situados por encima de la calle Vos Gesal.
            Allí les esperaría Zarb con el motor encendido y un pequeño dispositivo de escucha preparado por si ocurría algo. Keegan y Desona descendieron hasta el nivel de la calle y se dirigieron al antiguo y renombrado club nocturno Outlander.
            Ya en aquella primera hora de la noche estaba atestado de gente que iba y venía, alienígenas de toda la galaxia, algún droide que parecía fuera de lugar y la pareja de omnipresentes soldados de asalto imperiales con sus armaduras blancas. Porque Coruscant, capital del Imperio Galáctico, aquella donde parecía que la incipiente Guerra Civil que empezaba a aquí y allá en toda la galaxia era algo lejano, también era el lugar más estrechamente vigilado por los soldados de Palpatine. Pero en aquella calle ninguno de los dos desentonaba con el resto de paseantes. Desona se había puesto un chaleco corto y ceñido, con unos pantalones también ajustados y una capa con capucha por encima. La tela del conjunto era de terciopelo de Malastare, muy caro y lujoso. Mientras que Keegan llevaba un traje de cuero, unas botas altas y un abrigo largo de cuello alto. Tan solo Desona iba armada, un pequeño blaster de las tropas exploradoras bien oculto en su capa.
            El interior del local estaba ya muy concurrido, había una mezcla de buscavidas, vividores, jugadores, humanos y alienígenas que bebían al son de la música o viendo en las grandes pantallas eventos deportivos que se celebraban a cientos de años luz de aquel lugar. Las barras y las mesas de juego también estaban animadas, aunque la atención se centraba en una de ellas, donde se transmitía una lucha de dos gladiadores droides: un antiguo magmaguardia IG-100 de las Guerras Clon y un droide cangrejo.
            Keegan le indicó a Desona que subieran por las escaleras hasta el nivel superior, dejando el bullicio de la primera planta a otra menos ruidosa, donde los participantes de una partida sabacc y otros juegos de azar podían estar más tranquilos. Atravesaron la sala y subieron a un tercer piso, mucho más reservado y tranquilo. Justo al final de las escaleras un guardia zabrak, con sus cuernos sobresaliendo del cráneo, uno de los cuales parecía cercenado y le faltaba la punta lo que acentuaba su cara de poco amigos,les interrumpió el paso.
            – Este piso está reservado solo a los socios del club – dijo lacónico.
            – Venimos a ver a miembro – explicó Keegan.
            – ¿Están apuntados en la lista?
            – No. El señor Hill no anuncia a sus visitas.
            Aquel nombre pareció hacer reaccionar al guardia, que vaciló un instante.
            – Su compañera tendrá que dejar su arma – dijo al fin.
            En ese momento fue Desona quien vaciló, pero Keegan asintió y esta le entregó al zabrak su blaster.
            El tercer piso contaba con varias barras y otras tantas mesas de juego, todas ellas igualmente repletas de clientes. Una camarera twi’lek apenas vestida les ofreció traerles bebidas, pero los dos rebeldes negaron con la cabeza y prosiguieron hasta el extremo de la sala, donde otro guardia custodiaba un pasillo. Pero al pasar por su lado pareció ignorarles, quedándose impasible mientras los dos ascendían hacia el cuarto piso. Keegan finalmente se detuvo frente a una puerta que no tardó en abrirse sin que este pareciera haber llamado. La estancia era amplia y estaba tenuemente iluminada, había un sofá que seguía toda la pared, con pequeñas mesas formando reservados y en las paredes colgaban numerosos pinturas y no imágenes holográficas como era lo más habitual, lo que sorprendió a Desona, por el lujo y refinamiento que eso significaba. En el centro había pequeña tarima circular donde varios bailarines danzaran al son que tocaban tres músicos bith. Estirado en uno de los sofás se encontraba un muun, largo cual era, con su alargada cabeza inclinada una montaña de cojines, como si estuviera durmiendo, tardando aun unos instantes antes de abrir los ojos amarillos y sonreír a los recién llegados. A un gesto suyo los músicos dejaron de tocar y junto a los bailarines salieron de la estancia, así como varios camareros que también estaban en la habitación.
            – El parco Keegan de nuevo en Coruscant – dijo el muun cuando estuvieron solos y seguidamente hizo un gesto condescendiente para que los dos rebeldes se sentaron a su lado –. ¿Te han gustado mis zelosianos? Son excelentes en la sincronicidad de sus movimientos.
            » Claro que dudo que el adquisidor rebelde haya venido a hablar de mis bailarines. ¿Qué deseas de mí esta vez? – dicho lo cual keshiano sacó de su abrigo un pequeño datapad con la lista que les había entregado Leddrell y se lo alargó al muun que lo examinó detenidamente y cuando pareció satisfecho se lo devolvió a Keegan.
            » Los computadores Fabriech son fáciles de conseguir, pero los interferentes Bertriak son otra historia. Parece ser que tienen la costumbre de entorpecer en los sistemas de armamento imperiales y eso a nuestro amado Emperador no le gusta mucho – replicó sarcástico –. Pero veré  que puedo hacer. ¿Eso es todo?
            – Y los planos y esquemas de fabricación – respondió Keegan, a lo que el muun rio abriendo mucho su delgada boca, lo que provocó un extraño efecto en su alargada cabeza.
            – Me reiría más si no supiera que lo dice en serio – respondió.
            Keegan se limitó a asentir. Hecho lo cual hizo un gesto a Desona indicándole que ya podía salir.
            – Puedes salir que aquella puerta – indicó el muun señalando la que habían utilizado los bailarines –. Te conducirá a otra calle, menos transitada.
            Keegan asintió y seguido de la twi’lek abandonaron la estancia por los pasillos y escaleras de servicio. Al llegar al segundo piso se encontraron con el mismo guardia zabrak que les había interrumpido el paso poco antes y le entregó su arma a Desona. Instantes después los dos rebeldes volvían a estar en el exterior, en una calle paralela a Vos Gesal.
            – No podemos pagar el precio del mercado negro de ese equipo – indicó Desona saliendo al exterior, pero Keegan no replicó, se limitó a mirarla con calma –. ¿Crees que no me he dado cuenta? Ese muun era del clan BancarioInterGaláctico. Aunque tienen la costumbre de financiar a los dos bandos de una guerra, no creo que esté muy dispuesto a regalarnos equipo valorado en miles de créditos.
            – ¿También se ha fijado que era el hijo de San Hill?
            – ¿Y qué tiene que ver eso? – replicó la twi’lek desconcertada. Recordaba que este había sido el Presidente del Clan Bancario y uno de los líderes militares más influyentes de la Confederación de Sistemas Independientes durante las Guerras Clon. Por tanto uno de los seres que más había intrigado para que la antigua República se desangrara, permitiendo que la tiranía del Imperio se alzara con el clamor de una ovación allí donde antes había habido paz y justicia.
            – Odia tanto a Palpatine como cualquiera – fue la respuesta de Keegan –. Su padre fue asesinado por Lord Darth Vader, servidor del Emperador, el último día de la guerra. El rancio abolengo del clan bancario también da importancia a la venganza, además de a los beneficios.
            Desona quedó asombrada. Era la primera vez que Keegan daba tantas explicaciones, pero también por primera vez parecía que aquel adquisidor frío y metódico dejaba traslucir algún tipo de sentimiento.
            – ¿Cuándo nos entregará el material?
            – Avisarán con un anuncio en la Holonet, luego la entrega será en el lugar acostumbrado.


Dos semanas después

            Para llegar al lugar de entrega utilizaron la nave de Desona, el Luz Azul, un carguero ligero VCX-350 corelliano, que se posó suavemente en el muelle 15 del espaciopuerto de Mos Kaike. La ciudad había sido construida en el interior de un cañón redondeado, en cuyo centro se alzaba el palacio de un poderoso jefe mafioso de los cárteles hutt. Su ubicación podría haber rivalizado con Mos Eisley o Mos Espa, pero había terminado eclipsado por la rivalidad entre los clanes Besadii y Desilijic, la ciudad del cañón se había quedado relegada en importancia en el planeta.
            – ¿Siempre haces negocios en lugares tan inhóspitos? – le preguntó Desona con un gesto de disgusto. Estaba claro que en aquel lugar, bajo la esfera hutt, no solían hacerse preguntas sobre los negocios que allí se hacían, si se les paga bien, claro, y donde la esclavitud aún se practicaba impunemente.
            – ¿Escrupulosa?
            – No es eso. No me gustan los hutts.
            Después de pasar los trámites los corruptos aduaneros de Tatooine, el pequeño grupo de rebeldes empezó a prepararse. En aquella ocasión además de Zarb, les acompañaban otros tres soldados de las fuerzas especiales que servían en Tierfon: un humano, un weequay y un clawdite de nombre Slonda. En aquel planeta era preferible la potencia de fuego, que a la discreción de Coruscant.
            Lo primero que los soldados de Slonda hicieron fue inspeccionar el muelle,  mientras Keegan, Desona y Zarb se dirigían a ver al contacto de este. Debían de bajar hasta el mercado, situado en el interior del sima, no lejos del palacio que se alzaba en el centro. Resguardado de los implacables soles binarios por la sombra de las paredes, las enrevesadas calles de Mos Taike se movían centenares de seres, humanos con ponchos, pequeños jawas obsesionados con piezas tecnológicas, borrachos gamorreanos, enigmáticos niktos, anomids con sus máscaras respiratorias, rodianos con sus antenas cónicas, morseerianos, farguls y decenas de otras especies procedentes de todos los rincones de la galaxia. El mercado estaba repleto de pequeñas tiendas de comida y agua, souvenirs, ropa de todos los estilos y necesidades, de herramientas y materiales electrónicos, extrañas piezas procedentes de desguaces, de droides usados o instrumentos musicales. Mercenarios, contrabandistas, buscavidas o simplemente gente que intentaba sobrevivir en aquel remoto lugar paseaban entre los toldos de los puestos en busca de aquello que necesitaban o simplemente para seguir un día más.
            El contacto era un comerciante local, un gran de tres ojos de nombre Chork, que tenía una pequeña tienda de antigüedades. En realidad este ya era una antigüedad que se sostenía gracias a un bastón y tenía la piel cetrina con una fina barba cana en las mejillas y en la parte inferior del hocico. Los objetos estaban acumulados en estanterías, había pergaminos y libros, esculturas, tapices y otras decoraciones, armas arcaicas junto a armaduras sacadas de algún museo antropológico, herramientas simples o cualquier cachivache imaginable o por imaginar.
            – Pasen, pasen ilustres clientes – dijo Chork levantándose de un vetusto escritorio al verles entrar en la sombra del toldo de su tienda –. Todo está a la venta – prosiguió el gran sonriendo y mostrando su amarillenta dentadura –. ¿Tal vez buscaban algo especial?
            – Una antigua edición de los Cantares de Alderaan – dijo Keegan.
            – Ha tenido suerte, mucha suerte, caballero – replicó Chork haciendo un gesto de paciencia se dirigió al escritorio donde había estado sentado y cogió de la estantería que había detrás un libro encuadernado en tela que parecía que estuviera a punto de deshacerse en las manos del gran –. Es un ejemplar muy raro.
            Keegan lo cogió con delicadeza y empezó a pasar las hojas despacio, como si estuviera examinando el libro. Asintió y se giró hacia sus compañeros.
            – Comprad algo.
            La twi’lek asintió y empezó a mirar por las estanterías, al igual que el joven piloto. Al poco los tres salían con un objeto. Desona con una caja de madera cuidadosamente labrada que al abrirla activaba un proyector holográfico y una canción tradicional de Taris. Zarb escogió un juego de cartas kuari para zinbiddle para habían pasado por muchas manos, pero que estaba completo. Después emprendieron el regreso paseando entre los puestos del mercado.
            – Nos están siguiendo – anunció poco después Desona.
            – Un narquois – contestó Keegan que ya se había dado cuenta de su presencia desde que salieron de la tienda de Chork.
            – ¿Qué hacemos? – preguntó Zarb que distraído con el ajetreo de las calles no se había dado cuenta.
            – Den un par de vueltas por el mercado, después diríjanse hasta la nave y espérenme. Yo me encargaré.
            Dicho lo cual Keegan pareció despedirse de sus compañeros y se alejó por una de las calles que salían de la avenida principal. Desona se le quedó mirando mientras se perdía entre la gente, tenía una expresión de seguridad que no dejaba resquicio a la duda. Y era la segunda vez que se la veía, la anterior había sido cuando las detuvo la patrullera saliendo de Esseless. En aquel momento pensaba que estaban a punto de ser atrapada, pero todo se resolvió con rapidez y sencillez.


            – Hace dos horas que se separaron – recordó Slonda inquieto en el interior del Luz Azul. No sabían nada del adquisidor y el clawdite empezaba a ponerse nervioso. Tatooine era uno de los lugares más inseguros de la galaxia: territorio de los señores del crimen, encuentro de caza recompensas y asesinos –. Propongo ir a buscarle.
            – No, debemos permanecer aquí – replicó Desona. Tenía una intuición extraña, debían de dejar hacer a su compañero adquisidor.
            – Apenas sabemos nada de esta misión – insistió Slonda, aflorando su verdadera preocupación –. Ni nombres de sus contactos, ni si son de fiar. Y esta es importante.
            – Por lo poco que conozco a Keegan, es de fiar y sus contactos también. Pero si no ha regresado al declive de los dos soles, saldremos en su busca.
            – No creo que sea necesario esperar tanto – dijo Zarb señalando la puerta del muelle, por donde acababa de entrar Keegan.
            Tras saludar al weequay rebelde apostado a la sombra de la entrada del carguero ligero, subió la rampa de acceso y se dirigió a la sala común, donde el resto le estaban esperado.
            – ¿Qué ha averiguado? – preguntó el clawdite con impaciencia.
            – El narquois estaba vigilando al anticuario y debía informar a un kubaz llamado Garindan de visitantes extraños – respondió Keegan.
            – ¿Y para quién trabajará ese kubaz? – preguntó Desona.
            – Para el Imperio – afirmó sin ninguna duda en su voz.
            – ¿El Imperio? – repitió Slonda receloso –. ¿Está seguro?
            – Chork suministra armas a los hutt, por lo que estos no se meten en el resto de sus negocios. Si alguien le vigila es que van detrás de los computadores de tiro o los interferentes. No de nosotros.
            – Saben que estamos aquí – afirmó Slonda preocupado.
            – Pero no sabe quiénes somos. Esa es nuestra ventaja.
            – ¿Cuál es tu plan? – le preguntó Desona. Por lo que le conocía ya sabía que su compañero tendría pensado que hacer.
            – Seguiremos con el intercambio, pero adelantándonos a los imperiales – se giró hacia Slonda –. Vigilaremos a Garindan para descubrir cuál es su contacto. Quiero llevarme lo que hemos venido a buscar. El futuro de la Alianza depende de ello.
            – ¿Está seguro que el material que hemos venido a buscar está aquí?
            – Tanto como que hay dos soles en este sistema.
            – ¿Cuándo se hará la entrega? – quiso confirmar Desona.
            – Mañana al anochecer, en el interior del desierto.
            El clawdite asintió sin estar convencido, con sus enemigos en el planeta, su misión se había convertido en mucho más peligrosa que una simple recogida de armamento. Y ahora tenía que prepararse para seguir a aquel kubaz con los datos que le transmitió el adquisidor. Slonda había trabajado para las fuerzas de seguridad de varios sistemas antes de unirse a la Rebelión y debía de admitir que aquel tipo parecía saber lo que se traía entre manos. Cuando le habían asignado aquella misión indagó sobre Keegan, pero la Inteligenciade la Alianza parecía no saber nada de él, salvo que tenía el respaldo de los líderes de la Alianza Organa y Mothma.


            Garindan tenía su base de operaciones en una cantina situada en uno de los bordes del cañón. Era un lugar donde especies de todo tipo se mezclaban y tramaban sus próximos negocios mientras una banda de músicos tocaba una canción pegadiza. Slonda, cuya raza era capaz de cambiar de aspecto, transformó su cuerpo para parecerse a un humano más y se sentó en la barra, desde donde podía ver los movimientos del kubaz. Fuera del local le esperaba el weequay para apoyarle si fuera necesario.
            A la caída del sol el kubaz se levantó, pagó sus consumiciones y salió del local. Slonda hizo lo mismo y le siguió. Pero por si Garindan fuera más listo de lo que parecía al salir de la calle el aspecto del clawdita había cambiado y ahora tenía el rostro verde y las facciones de un falleen. Para completar el disfraz dejó en el suelo la capa que había llevado puesta y se internó por las calles, donde la recogió su compañero de apoyo, que le siguió a gran distancia.
            Su presa le llevó por los callejones casi vacíos hacia uno de los ascensores que llevaban a la parte superior del cañón donde había sido construida la ciudad. En la zona que se extendía alrededor del borde de la depresión en los últimos años habían construido un amplio asentamiento con almacenes, talleres, el espacio puerto y las casas de los que no se podían permitir vivir en la zona más resguardada de los dos soles. Garindan prosiguió despreocupado hacia la parte industrial, entrando en un edificio alargado con un cartel que anunciaba un taller de repulsores. Cautamente Slonda evitó acercarse y cuando la puerta se cerró tras el kubaz apreció una esfera flotante con dos aletas inferiores del droide espía Mark IV. Aquello era la prueba definitiva de que trabajaba para el Imperio.
            El agente rebelde no podía quedarse en aquella esquina, así que buscó un lugar mejor para vigilar el lugar, lo encontró junto a una bóveda de un edificio cercano fuera del perímetro de patrulla del droide. En aquel momento se alegró de haber cogido un pequeño equipo de vigilancia con un electrobinoculares de múltiple espectro y que su ropa fuera opaca a la mayor parte de sensores simples. Tras confirmar la rutina de vigilancia se acercó al edificio para investigar más de cerca. A media noche Slonda se alejó de su posición de observación y se dirigió hacia el espacio puerto. Sabía que para entonces sus compañeros ya estarían listos para proseguir con la vigilancia, y si sus enemigos se movían lo sabrían enseguida.
            – Garindan no tardó en salir del taller – explicó Slonda en el interior del Luz Azul –. No esperaban que les observaran y estaban muy confiados. Identifiqué una docena de individuos, diría que es una unidad de comandos equipados con varios vehículos repulsores que estaban preparando para entrar en acción. Por sus armaduras, diría que eran comandos de asalto.
            – Ya saben que la entrega se realizará mañana – dedujo Keegan, y que probablemente estuvieran actuando bajo las órdenes directas del ubictorado por el tipo de material y la persona que lo suministraba. Pero también sabía que la Alianza necesitaba aquellos equipos como el oxígeno que respiraban para las batallas que iban a librarse en el futuro –. Pero contamos con la ventaja de que ellos no saben dónde estamos y nosotros sí dónde están ellos.
            » Esto es lo que haremos.... – y Keegan explicó su plan.
            Slonda tenía a sus espaldas muchas operaciones encubiertas y el plan de aquel adquisidor no estaba mal, algo arriesgado, sobre todo sin un segundo equipo de apoyo, pero en aquellas circunstancias tampoco podían pedir más. Por lo menos supo que Keegan tenía conocimientos y experiencia en aquel tipo de operaciones.
            Desona advirtió un cambio su compañero adquisidor. Durante su exposición parecía dotado de una confianza y un dinamismo que no había notado antes. Siempre le había visto seguro de sí mismo, pero en aquel momento lo compartía... Algo había cambiado en el adquisidor que había conocido varias semanas antes, algo sutil pero le daba un liderazgo que antes no había desplegado.


            El lugar de la entrega estaba situado en los restos de una nave que se había estrellado en pleno desierto mucho tiempo atrás, en paralelo a una que parecía desafiar a las dunas que se extendían como un océano infinito. Saqueada por los jawas y erosionada por el sol y la arena, apenas sobresalía de la superficie desértica del planeta la popa con sus motores oxidados.
            Los primeros en llegar fueron los hombres de Hill a bordo de un carguero cuando los soles ya estaban declinando. Sabían que debían ser rápidos con la entrega y antes de que llegaran los rebeldes ya estaban preparados los droides equipados con repulsores para trasladar el material. No era la primera vez que el guardaespaldas de Hill se encargaba de hacer alguna entrega con aquel adquisidor, que solía ser muy puntual, por eso al ver que no aparecía empezó a ponerse nervioso. Cuando faltaba poco para anochecer y estaba a punto de ordenar recoger y marcharse, apareció en el horizonte, con los dos soles a su espalda, una nave de ancho fuselaje y tres abultados motores externos en la parte posterior.
            – Chicos, preparaos – dijo el zabrak con el cuerno quebrado a su gente, que desenfundaron sus blasters.
            El Luz Azul se posó junto al carguero y de la rampa descendió Keegan acompañado por un joven humano. En la carlinga de la nave estaba sentada la twi’lek que le había acompañado a Coruscant.
            – Llegáis tarde – le increpó.
            – Empecemos – fue la réplica de Keegan.
            El zabrak se giró hacia su gente e hizo un ademán para que los droides de carga descendieran de la bodega con las cajas que guardaban el preciado equipo.
            Entonces empezó todo.
            Lo primero que se oyeron fueron unos potentes motores, instantes después aparecieron de detrás del carguero media docena de motos repulsoras como si hubieran saltado de la nada y acelerando a toda potencia se acercaron hacia las dos naves. En realidad habían estado enterrados bajo la arena a la espera que llegara la hora de la entrega. Detrás de ellas les seguían un vehículo de escolta que, armado con su potente cañón blaster, empezó a disparar.
            La gente del zabrak que tenían las armas preparadas, empezaron a disparar sobre las motos imperiales, que saltaban y se deslizaban impunes mientras volaban en círculos. El vehículo de asalto disparaba contra el carguero del Clan Bancario inutilizando sus motores, ya que era la única de las dos naves que tenía a tiro.
            – ¡Que los droides no paren! – ordenó Keegan, mientas los disparos blaster zumbaban por todas partes. Sabía que los hombres de Hill trabajaban por dinero y la emboscada les haría vacilar y huir pensando solamente en ellos.
            Las motos se elevaron para empezar a dar vueltas sobre las dos naves, lo que las dejó a la vista del cañón blaster doble de la nave de Desona, que abrió fuego destruyendo las dos primeras. Al convertirse en dos bolas de fuego, obligaron al resto a virar hacia el macizo rocoso que tenían a su espalda, incluyendo el repulsor de escolta, que al virar recibió un impacto en los motores y tras una tremenda explosión se desplomó contra la árida superficie de Tatooine. Al mismo tiempo el resto de comandos empezaron a ser alcanzados por un certero fuego procedente de una duna no muy lejana de su flanco.
            Al completar el giro las motos restantes entraron en el ángulo de tiro de los  hombres de Hill, que resguardados junto a su carguero no dejaban de disparar, derribando a otro de ellos. Al volver a girar hacia las dunas y a campo abierto entraron en el campo de tiro de Slonda, que se encontraba bien oculto en las dunas, armado con un rifle pesado de repetición, que terminó por derribar los últimos los soldados del Emperador.
            Cuando los últimos restos de las motos cayeron al desierto, un silencio sepulcral se apoderó de aquel remoto lugar, roto únicamente por el ulular del viento y el crepitar de las llamas.
            – ¡Lo hemos conseguido! – dijo Zarb apartándose del hueco de la rampa, donde se había refugiado y completaba la entrada del material. Aún tenía su arma humeante y bien aferrada entre las manos.
            – Recoge sus armas, serán útiles a la causa – le dijo la twi’lek bajando desde la cabina, donde había dejado a los mandos a su droide astrométrico.
            El piloto rebelde asintió y se dirigió hacia donde se encontraban los cuerpos de los comandos abatidos.
            Keegan le siguió, deteniéndose junto a los droides que llevaban las cajas con los equipos, que se habían detenido y posado durante el tiroteo, que se elevaran y terminaran de llevarlos al interior de la bodega de la nave corelliana. Estos tímidamente se alzaron y aún asustados se dirigieron hacia la rampa de acceso.
            – ¡Nos estaban esperando! – ladró el zabrak acercándose.
            – Uno de los tuyos le pasó la información al Imperio – le espetó Keegan con una voz gélida y sin atisbo de sentimientos.
            Ante tal respuesta el jefe de los guardaespaldas de Hill no supo que decir.
            – Los planos – le pidió alargando la mano. Este dudó durante unos instantes, luego sacó una tarjeta de datos y se la entregó al adquisidor, que lo observó durante un instante, sabedor que con aquella información la Alianza podría equipar a sus cazas de sistemas electrónicos a medida que empezaran a construirlos.
            En ese momento este se giró con brusquedad hacia donde habían estado esperando sus enemigos. De debajo de la arena surgió de improviso un droide sonda víbora, cuyo color negro contrastaba con el marrón claro de la área que iba cayendo a medida que se elevaba gracias a su sistema repulsor, dejando sus extremidades inferiores libres de la arena y giraba los sensores de su cabeza. Estaba muy cerca de Zarb, en quien centró uno de sus ovalados sensores, como si le mirara directamente, calculando las variables dentro de su programación de búsqueda, caza y destrucción que tenía almacenados en sus circuitos. El muchacho se quedó paralizado mientras que el cuerpo del probot giraba hacia donde se encontraba, sin que su sensor dejara de vigilarle, para permitir que la pequeña arma que tenía su bastidor quedara a tiro del rebelde. A varios metros de distancia el adquisidor observa la escena. Alzó la mano y buscó dentro del droide los controles de lógica, control y procesado de información. Le gustaban las máquinas, eran simples: placas procesadoras, cables, engranajes móviles, mecánica sencilla que sostenía un programa que emulaba la personalidad de los seres vivos de una manera simple, casi infantil. Mientras buscaba el procesador central vio aquel probot lejos de las arenas de Tattoine, operativo y funcional, en un mundo de tinieblas en un día de lluvia, pero este brillaba, como si fuera la luz de una vela en una noche oscura. Keegan encontró lo que buscaba, justo cuando el arma del droide quedaba apuntando a Zarb. Pero de súbito el armazón metálico se convulsionó, como si hubiera recibido una descarga eléctrica, las pinzas inferiores se extendieron, la cabeza dio vueltas y lanzó una especie de grito y caía sobre la arena inerte.
            Zarb se sobresaltó y se cayó al suelo sorprendido por aquel incidente, dándose cuenta que si el probot no hubiera sufrida aquel extraño fallo, en ese momento estaría muerto.
            – Nunca dejes de estar atento hasta que no abandones el lugar del combate – le advirtió Keegan cuando llegó a su lado y le alargó el brazo para ayudar a que el joven piloto se incorporara.
            – Por lo menos tenemos los computadores... ahora podremos vencerles... – dijo a modo de disculpa, avergonzado por no haber mantenido la profesionalidad como el resto de sus compañeros.
            – Ya se han trasladado todas las cajas – informó Desona llegando también a su lado.
            – ¿Podemos recoger ese droide? – le preguntó a la twi’lek, que pensó que podría ser útil a la inteligencia de la Alianza o como piezas de repuesto. Asintió y fue en busca algo para transportar aquel montón de chatarra inerte sobre la arena del desierto.
            Poco después esta apareció con una carretilla repulsora y con ayuda de Zarb subieron el siniestro cuerpo circular del droide sonda.
            Para entonces Falan, el weequay, que había estado disparando desde las rocas, había llegado hasta donde se encontraban los restos de las motos repulsoras y sus pilotos derribados. Se detuvo al lado del primero de los cuerpos, enfundados en armaduras de soldados exploradores, recogió su pistola blaster, el rifle y los paquetes de energía que llevaban, disparándole en la cabeza antes de acercarse al otro comando. Cuando pasó junto a Keegan, llevando las armas hombro, pudo notar con suma facilidad el odio que sentía hacia el Imperio y todos sus soldados, los mismos que habían asesinado a su hermano solo por diversión. No le dijo nada, no era necesario. Aquella era una pequeña tempestad que el Emperador había sembrado con sus vientos de opresión y tiranía.
            – ¡Todo listo! – indicó Desona desde la rampa de su nave.
            Keegan se giró para marcharse.
            – Mi nave ha sido alcanzada... – balbuceó entonces el zabrak esperando ayuda de los rebeldes.
            – Ese no es mi problema – le interrumpió Keegan –. Y dile a tu jefe que para la próxima vez escoja mejor a su gente.
            Dicho lo cual prosiguió hasta el rampa del carguero, subió y se quedó junto a la compuerta mientras los motores radiales Dyne 577 aumentaron de potencia y elevaron la nave , dejando tras de sí una nube de polvo. Se acercó hacia la duna donde había partido el misil que había derribado al repulsor de asalto y recogió a Slonda. Allí había permanecido oculto en la arena desde aquella mañana y había observado la llegada del comando imperial, avisando de su ubicación de su escondite al Luz Azul para que pudiera posarse de tal manera que permaneciera fuera del arco de fuego enemigo. Con todos los rebeldes a bordo el carguero ligero se alejó hacia Mos Taiken para recoger al último miembro del equipo, que se había quedado en el enclave del desierto para avisar de la partida de sus enemigos.
            Mientras se alejaban Keegan observó las arenas del desierto calentadas por los dos soles de aquel remoto planeta, tan importante para el destino de la galaxia y en la lucha entre los jedi y los sith. Allí donde había nacido Anakin Skywalker, que iba a traer el equilibrio a la Fuerza, y estaba creciendo su hijo bajo la protección del antiguo caballero jedi. Pero aquel no era el camino de su destino.
            Cerró la compuerta y la nave se perdió en la oscuridad de la incipiente noche.
            Junto al humeante carguero del clan bancario el zabrak les estuvo observando hasta que se perdieron en el cielo de Tatooine.
            – ¿Qué hacemos ahora? – le preguntó uno de sus hombres.
            Para el zabrak estaba claro: debía eliminar al informante y como no sabía quien era, les mataría a todos.

Fin.
Ll. C. H.


Notas de producción:
Este relato lo empecé a escribir en ‎‎diciembre‎ de ‎2012 con la idea de explorar el universo de Star Wars de una manera narrativa, fuera del Crossover Star Trek - Star Wars que para aquel entonces ya estaba prácticamente terminado. La idea era iniciar una serie de historias sobre mi querida era de la rebelión y las centré en un jedi o como vemos en el flashback inicial, un antiguo pádawan que trabaja para derrotar al Emperador Palpatine junto a la incipiente Rebelión. Con el tiempo utilicé estos relatos para completar el background de alguno de los personajes que aparecerán en el Crossover de Star Trek - Star Wars como el almirante Vantorel y el comandante Zahn, el antiguo agente del ubictorado que lucha junto a los rebeldes. Y aunque se pueden leer por separado, sí creo que un lector del Crossover podrá encontrar un buen complemento en esta serie de relatos del Jedi Perdido. Espero que os gusten.



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1 comentario:

  1. Patxi Galvez, del grupo de Facebook Fans Star Wars España ha comentado:

    Es una de las cosas que me llama la atención del Canon Disney. En Legends, la Alianza tenía astilleros y fábricas para dotarse de material militar. En la continuidad nueva, parece que tiran casi exclusivamente de material robado, comprado al submundo criminal o cedido por afines ideológicos.

    Dicho eso, buena historia ;-)


    Hola Patxi,

    Ante todo me alegro que te gustara la historia. Estos relatos los escribí como aproximación del universo de Star Wars, después de escribir un crossover con Star Trek. Te recomiendo que lo leas, si te gustó el Jedi Perdido, claro. El siguiente relato, que quiero empezar a publicar este mes de julio, justo habla de los astilleros que tiene la Alianza.

    Respondiendo a tu comentario yo siempre creí que era una mezcla de ambas cosas: que la Alianza tenía sus fábricas secretas y astilleros, como se indican en el juego de rol de West & Games. Y que robaba todo lo que se podía.

    Un fuerte saludo.
    Ll. C. H.

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