jueves, 10 de noviembre de 2016

Crossover Star Trek - Star Wars. 30

Capítulo 9
Alianzas
Primera parte.


USS Enterprise-E

            Picard se miró al espejo. Realmente aquel iba a ser uno de los momentos más extraordinarios de su vida y seguramente uno de los más embarazosos. Por una parte estaba completamente aterrado y si fuera por él jamás hubiera aceptado aquella situación. Pero le habían embaucado de tal manera que no pudo negarse. Por otra parte estaba feliz que Will y Deanna por fin se casaran. Lo peor era que la boda se celebraría por el rito betazoide. Y como marcaba la tradición el capitán unió a la pareja en una rápida ceremonia, donde se recordó los deberes del matrimonio y se evocó a los amigos caídos. Debido a las circunstancias, se celebró en la sala de recepción de la tercera cubierta y fue rápida. Para alivio de Picard asistieron pocos invitados: la oficialidad de la Enterprise, así como la madre y el hermano de la novia que habían llegado a bordo de la Pretorian, por lo que también estaban Worf y Wesley, así como como Guinan, que no quiso perderse aquel momento.
            Tras esta se dirigieron, ya todos vestidos y con un grupo más grande de asistentes, a la holocubieta, donde se había recreado la localidad natal de Riker en Alaska en la Tierra. A Picard le alegró poder llevar por primera vez desde la invasión la guerrera blanca abotonada hasta el cuello del uniforme de gala. Así alzó la copa y brindó por los novios.
            – El deber... El deber preside la vida de un capitán de una nave estelar. He dirigido a los hombres en la batalla. He negociado tratados de paz entre especies implacables. He representado a la Federación en un primer contacto con 27 especies alienígenas. Pero nada de esto puede compararse con mi deber solemne como padrino.
            » Pero... ¿a alguno de ustedes se le ha ocurrido pensar en que jamás había tenido que presentarme desnudo?..
            Todos rieron olvidándose por un rato de la guerra. La banda empezó a tocar y la pareja de recién casada se abrió el baile, luego Will cambió de pareja con la madre de la novia y poco a poco los invitados fueron saliendo a la pista de baile. Picard hizo lo propio con Deanna y con Lwaxana, que no se ahorró los comentarios sobre lo hermoso que había sido todo y otras cosas que había descubierto a raíz de aquella boda, comportándose como la excéntrica embajadora, divertida y desinhibida que recordaba. Tras hacer los honores con Beverly, la dejó que bailara con su hijo y se sentó junto a una antigua amiga.
            – Es un día feliz – dijo Guinan que se había puesto un traje marrón y uno de sus carismáticos sombreros de ala ancha –. Quién lo iba decir que se convertiría en un hombre, ¿verdad?
            – ¿Wesley? – confirmó Picard y la el-auriana asintió solemne –. Me dijeron que llegaría lejos... pero conociendo a sus padres era algo que jamás puse en duda. Pero a ti me sorprendió verte en Atgot Prime.
            – Algo me empujó hacia aquí – replicó Guinan sonriendo maliciosamente, como alguien que quiere ocultar algo a un amigo, manteniendo aquel aire de parecer saberlo todo, pero no decir nada –. Siempre me han gustado las bodas.
            – ¿Cuántas veces te has casado?
            – Veintiséis fue mi límite. Pero si te soy sincera no creo que tardemos en que vuelvas a celebrar otra boda de tus tripulantes.
            – ¿Quién? – preguntó Picard sorprendido. Y Guinan señaló hacia una de las mesas, donde LaForge hablaba animadamente con Leah Brahms y muy cerca el uno del otro –. No me había fijado.
            – Han pasado mucho tiempo juntos durante las reparaciones – Guinan miró a Picard y con una voz suave –. Jean-Luc Picard era un gran hombre, pero siempre he creído que descuidas lo más importante – dicho lo cual giró hacia Beverly que aun bailaba con Wesley. Y como guiado por un imán Picard le siguió la mirada. La madre miraba a su hijo, incandescente de orgullo y el capitán de la Enterprise trató de imaginar lo que hubiera sido criar a un hijo y verle vestir el uniforme de la Flota Estelar. Pero había muchos caminos que había elegido no tomar en su vida y la proximidad de Beverly en ocasiones le recordaba algunas oportunidades perdidas.
            En ese momento Picard se giró hacia Guinan.
            – ¿Acabará esto algún día? – dijo con pesar. Era la primera vez que aquel pensamiento lo expresaba en voz alta –. Hace un año que llegaron y me parece un siglo.
            – De una manera u otra sé que sobreviviremos. Lo hizo mi pueblo después de que el borg asimilara nuestro planeta, lo haréis vosotros. La alternativa es demasiado terrible. Por suerte el Imperio no es el colectivo.


            De regreso a su cabina Picard se desabrochó la casaca blanca y de repente regresó a la realidad. Sobre el escritorio tenía amontonados los padds con los reportes de reparación, así como las últimos noticias sobre los movimientos del enemigo, intercepciones de comunicaciones entre guarniciones, las operaciones de resistencia y un sin fin de otros datos sobre la guerra. Habían pasado varios meses desde la negociación con los romulanos, tiempo en que la Enterprise había estado reparando los daños en su casco en las instalaciones de Atgot Prime en un esfuerzo hercúleo para dejarla de nuevo operativa, pero la Flota no podía permitir la pérdida de ninguna nave.
            En aquellos meses se había centralizado el mando de la Flota Estelar en la Base Lirpa con el almirante Paris como comandante supremo, junto a la presidenta Troi y el cada vez mayor Consejo de la Federación como gobierno civil. Reunir a los representes de los más de ciento cincuenta planetas no había sido tarea fácil, pero la Flota Estelar había hecho un gran esfuerzo y según le había dicho Lwaxana ya contaban con más del ochenta por ciento de sus miembros. Entre ellos estaba Spock, como hijo de Sarek y miembro de la familia de T’pau se había convertido en el nuevo líder de Vulcano. Otros como el embajador Vadosia de Bolarus IX, que se había quedado atrapado en Pacifica, había sido rescatado por la Pretorian del capitán Worf, que había realizado diversas misiones como aquella durante los últimos meses. También en la Base Lirpa estaban las delegaciones aliadas: romulana, klingon, el dominion y otros planetas independientes que se les habían unido como bajoranos, arkonianos, enolianos o kressaris.
            De todos los padds cogió el que más le interesaba: su siguiente misión. Por desgracia para Will y Deanna no habría luna de miel en el Mar de Ópalo, por lo menos no antes de expulsar al invasor. Leyó de nuevo las órdenes: el Consejo de la Federación deseaba fortalecer alianzas comerciales, ya lo habían hecho con la
Alianza Ferengi y otros pueblos, ahora le tocaba el turno a los son’a. El encuentro lo había concertado uno de sus antiguo líderes: Gallatin, que había salido de Ba’ku para hablar con sus hermanos.
            Los son’a se distinguían por jugar siempre a dos bandas y para aquella reunión se habían contado con las máximas medidas de seguridad, sobre todo tras lo ocurrido en la Depresión Bassen. Desde la invasión habían ampliado su influencia en el cuadrante: ahora además de tener sometidos a los ellora y a los tarlak, también tenían bajo su control varios sectores de la Federación con dos centenares de colonias, y contaban con importantes contratos comerciales proporcionados por el Imperio. El Consejo esperaba que los estos se avinieran a fortalecer sus vínculos con la resistencia, esperando así que estos se aseguraran sus ganancias cuando la Federación y sus aliados vencieran. Sus instrucciones eran claras: quería que continuarían suministrarlo ketracel blanco para los jem’hadars, alterados genéticamente para depender de aquel compuesto, y que ahora luchaban en la resistencia, así como otros tantos productor de primera necesidad que escaseaban para la resistencia. También querían que estos se comprometieran a garantizar el mantenimiento de la ley y el orden en las colonias de la Federación que ahora controlaban. Lo que no estaba tan claro era que podía pedir a cambio.
            Luego la Enterprise tenía previsto encontrarse con una delegación breen, pero la cita no estaba confirmada y tampoco estaba claro que se realizara.


Sistema Yol, sector R59

            Aliana Breeder estaba sentada en la posición de operaciones de la runabout Lena esperando a su presa. Estaba nerviosa, aunque intentaba mantener la serenidad. La Base Estelar 276, que había dirigido hasta la invasión del Imperio, era una estación logística y de mantenimiento de baja prioridad en órbita a Nueva Fabrina y su dotación no estaba acostumbrada a aquel tipo de operaciones. Aunque durante la guerra contra el Dominion se había librado cerca y se habían entrenado para un ataque del jem’hadar, aun así no eran precisamente fuerzas especiales y el asalto que estaban a punto de emprender la inquietaba. Conocía a su tripulación y confiaba en ella, además llevaban semanas entrenando y sobre todo estaban motivados para golpear al enemigo que les habían atacado e invadido sus hogares. Aun así se enfrentaban a tropas imperiales entrenadas y acostumbradas a la guerra.
            – ¿Está segura que su fuente es fiable? – le preguntó el teniente Weiss que estaba detrás de ella, de pie junto a la consola del transportador.
            – ¿De DaiMon Tarr? – se refirió Breeder –. Tanto como de un sehlat vulcano al que no se le he dado de cenar. Pero la información es correcta y le aseguro que ha hecho su parte del plan. De eso no tengo ninguna duda.
            – Pues espero que ayer le diera de cenar a su hora – replicó Weiss comprobando otra vez el nivel de energía de su rifle compresor. No le gustaba estar en manos de un capitán ferengi, más parecidos a un corsario que en un comerciante que decían ser.
            Un pitido de alarma anunció que los sensores habían detectado una distorsión subespacial.
            – Una nave saliendo del hiperespacio – anunció Valera, su jefe de ingenieros, tras comprobar los datos en la consola de pilotaje –. Es el Roter.
            Cuando por fin pudo contactar con la resistencia de la Flota Estelar a través de la teniente Welder, se alivió al saber que ya no estaban solos. Con la nave que enviaron para trasladar a la representante de Nueva Fabrina al Consejo de la Federación llegó un enlace para coordinarse con el resto de los grupos de la resistencia. Con el teniente Weiss, un oficial de táctico, recibieron los datos técnicos para equipar a sus runabouts y lanzaderas con sistemas de ocultación y multiplicadores de hiperespacio, de manera que ya podían moverse con mayor libertad con ellas dentro y fuera del sistema. Y lo más importante: la capacidad de recibir instrucciones por diversos canales seguros, entre ellos una serie de órdenes en código que aparecerían en el periódico de la resistencia “La Voz de la Libertad”. Una serie de mensajes de texto distribuidos por el subespacio pensado para difundir noticias y comunicados para alentar la esperanza de los diferentes mundos ocupados y que podían llevar mensajes a las diferentes células repartidas por los dos cuadrantes. También pudo transmitir su plan para apoderarse de una de las naves imperiales estacionadas en el sector y que utilizaban su Base Estelar 276 como cuartel general. Semanas después el almirante Bullock se había reunido con ella para estudiar su plan y tras algunos cambios aprobó la acción ya que este permitía debilitar al enemigo sin poner en riesgo su célula en el planeta, que desde ese momento pasó a denominarse 8-21.
            Su objetivo era una de las cinco naves que el Imperio había asignado al sector 54R donde se encontraba el sistema Daran. Todas ellas eran pequeñas: dos corvetas, una de la clase Vigil y otra corelliana CR-90, dos fragatas de la clase Kontos y un crucero clase Broadside. Era una zona tranquila y servían sobre todo para recordar su presencia en aquella parte de la galaxia, por lo que solían escoltar convoyes de suministros a las guarniciones planetarias, patrullar los sistemas habitados y controlar las rutas comerciales, interceptando las naves civiles que encontraban para inspeccionarlas. En los últimos meses varias de ellas habían sido actualizadas con tecnología de la Federación: sensores subespaciales con mayor alcance, torpedos de fotones, transportadores y replicadores, entre otros sistemas. Las modificaciones se habían realizado en la Base Estelar 276 y como el Imperio no tenía suficiente personal con conocimientos sobre el funcionamiento de la tecnología de aquella galaxia, parte de los técnicos de mantenimiento de la estación procedían de Nueva Fabrina, de los cuales ya se había encargado ella de que todos trabajaran para la resistencia. Así se habían apoderado de los planos y las especificaciones de las naves, por lo que ahora conocía perfectamente todos los entresijos de la fragata Roter de la clase Kontos. El otro motivo por el que habían escogido a aquella nave era su comandante, el capitán Roalu, un oficial joven, novato y arrogante, sin ninguna imaginación y obsesionado con cumplir los protocolos a bordo, aunque también dado a los juegos de azar, con los que no solía tener mucha suerte.
            La otra parte de la ecuación era el ferengi DaiMon Tarr. El primer encuentro con este se habían producido hacía unos años, después de que llegada al sistema Daran a bordo de su Morauder dañado tras chocar contra una anomalía subespacial. No le hizo gracia, ya que por aquel entonces eran normales los encuentros poco amistosos con la Alianza Ferengi, como el robo del convertidor de energía en GammaTauri IV o el ataque a la Enterprise-D y al Hattaway en el sistema Braslota. Aun así las reparaciones fueron efectuadas en la nave según las leyes interestelares sin que hubiera incidentes remarcables. Tarr regresaría varias veces al sistema y haría algunos negocios tanto en Daran V y como en Nueva Fabrina y con el tiempo se había acostumbrado a su presencia. Su machismo y actitud prepotente no auguraban una buena relación, pero una vez se acostumbró a su presencia y a sus huecas bravuconadas y la tendencia a intentar inclinar la balanza de sus beneficios en sus negocios. Le toleró mientras vigilaba en todos los tratos que había hecho y aunque los acuerdos podían ser mejorables, no había quebrantado ninguna ley. Por otro lado tenía que admitir que también su actitud se había moderado con el tiempo, en lo que podía hacerlo un ferengi. Breeder dedujo que Tarr se había dado cuenta que con otras formas de comportarse podía conseguir más ganancias, aunque no fueran monetarias. Finalmente cuatro años antes, ya con la presencia de Tarr consolidada en el sistema, el ferengi le había pedido un favor personal que la había dejado más que sorprendida. Y tras ocupación del Imperio este y sus contactos les habían ayudado a sacar a gente del planeta, traído suministros de contrabando y sobre todo le había proporcionado información de lo que ocurría en la galaxia. Breeder hacía tiempo que le conocía y tras la fachada machista y retorcida, se escondía un ser más razonable de lo que parecía creando una extraña alianza entre un grupo de oficiales de la Federación y un ferengi.
            Gracias a Tarr sabían que la Roter estaba patrullando el sistema Yol y su ruta prevista. Además también había estado jugando al tongo con su capitán Roalu la noche antes y el ferengi le había dejado ganar y el capitán imperial lo habían celebrado adecuadamente, así que ese día tendría resaca y estaría menos atento. A cambio Breeder le había prometido equipar su nave con la tecnología de hiperespacio. El plan era atraerle con una llamada de auxilio del carguero Nacar de la clase Antares que había sido requisado para el transporte de sus suministros de las guarniciones imperiales.
            – ¿Alguna sospecha de nuestra presencia?
            – No capitán – respondió Valera –. No detectamos emisiones de tachiones. Se acercan según procedimiento estándar que conocemos: armas activadas, escudos alzados.
            A la nave que fingía ser la Nacar, los cargueros de la clase Antares abundaban en la galaxia y no había sido difícil conseguir uno similar, le habían simulado un impacto en sus motores que había generado un escape del refrigerante de la barquilla de curvatura, de manera que el área en la que estaba entrando la Roter estaba radiación que interferiría sus sensores, impidiendo confirmar que la Nacar en realidad no estaba dañada.
            – Preparados, es la hora – anunció Breeder.
            Valera, su ingeniero jefe, se levantó del asiento del piloto y se colocó en la consola del transportador. Weiss y un miembro de seguridad entraron en el arco del transportador. Detrás de ellos y ocupando el pasillo de la runabout estaba el resto del equipo de abordaje, todos ellos con sus uniformes de la flota y armados con pistolas y rifles phaser. A bordo de la Kerulen, la otra runabout invisible bajo su sistema de ocultación, estaba su jefe de seguridad Oisle con el otro equipo de asalto. En total eran cerca de cuarenta miembros de seguridad e ingenieros, junto a varios guardias fabrini, que tenían que asaltar la nave y luego tripularla.
            En la pequeña pantalla lateral Breeder pudo ver como el alférez Kessler, haciéndose pasar por el capitán del Nacar, se había puesto en contacto con el Roter para completar la farsa del ataque. Se giró hacia Valera y simplemente asintió sin decirle nada. La suerte ya estaba echada. En ese instante Weiss y Harraq se desmaterializaron. La otra pareja del equipo de abordaje se colocó en la plataforma del transportador. Breeder se volvió a la pantalla y vio como la imagen de Roalu se giraba y se apartaba al descubrir que su nave estaba siendo abordada. En pocos segundos de diferencia los ocho primeros atacantes tomaron completamente el puente de mando de la fragata imperial, aturdiendo con sus phasers a sus ocupantes. Breeder pudo respirar aliviada, la primera fase del ataque había saludo bien.
            Con las especificaciones de los escudos Valera había logrado acoplar el haz del transportador de las dos runabouts para que los pudieran atravesarlos. Y como indicaban los protocolos imperiales con los escudos alzados se desactivaban los inhibidores del transporte para ahorrar energía. Ahora, con el puente de la fragata imperial en su poder y conociendo sus sistemas gracias a los planos que tenían de la nave, bajarían los escudos y bloquearían los sistemas de a bordo, incluyendo las puertas hidráulicas romboides y anularían las comunicaciones internas para poco a poco ir transportando a toda la tripulación hasta las bodegas del Nacar. Primero los tripulantes de la sección de ingeniería, después del resto de la nave, cubierta por cubierta, sección por sección. Los prisioneros serían llevados a un lugar seguro, mientras ellos y la Roter se dirigían a un sistema cercano, escondiéndose en unas instalaciones mineras ahora abandonadas, donde lo prepararían para utilizar aquella fragata contra sus antiguos dueños cuando llegara el momento.


USS Traveler

            – Bien R3-C4, es el momento – dijo Barclay a la unidad astrométrica que tenía justo detrás. Esta respondió con una serie de pitidos y zarandeos –. Sí, ya lo sé que es peligroso y que no tenemos autorización. Sui lo prefieres te dejo aquí.
            El droide volvió a responder, esta vez con unos pitidos cortos y rápidos, se acercó a la consola y extendió un brazo de conexión informática, conectándose al ordenador de la nave scout. Si todo aquello le parecía una locura, más le desagradaba que le transportaran, así que inició la secuencia de navegación que tantas veces había simulado en la holocubierta y segundos después la pequeña nave salía despedida hacia el hiperespacio.
            La partida de aquel scout de Atgot Prime no fue detectada hasta varias horas después, cuando en el recuerdo del final de turno alguien anotó su partida, pero no su retorno tal y como estaba previsto en el plan de vuelo.

Romulus

Durante el toque de queda nadie podía circular por las calles de la capital bajo pena de prisión en las minas de dilitio de Remus. Los remanos eran incluso más estrictos en aquel asunto que las tropas imperiales y solían controlar con sus pequeños y rápidos cazas Scorpion, así como los campos cercanos a las grandes ciudades. Durante el día patrullaban igual, pero eran más permisivos con los romulanos, aunque no dudaban en atosigarlos, intimidarlos y si llegara el caso a detenerlos por cualquier nimiedad. Aquella vigilancia hacía que las tropas imperiales destacadas a lo largo del Imperio Romulano fueran muy inferiores a las que habían tenido que desplegar en otros lugares, como en los mundos klingon. De esa tranquilidad estaba muy satisfecho el moff designado en Romulus. Aun así la seguridad alrededor de las instalaciones imperiales era muy estricta y por supuesto custodiada por sus propias tropas.
            Ejemplo de ello era el cuartel general de la II Flota al mando del almirante Lakot. Era un oficial como otros muchos dentro de la Armada Imperial, no destacaba por su inteligencia, ni por su valor, ni por sus amistades en el Centro Imperial. Obedecía las órdenes y las cumplía con la suficiente eficacia para llegar hasta lo más alto que un hombre que no destaca en nada puede llegar con suficiente paciencia. Porque tampoco destacaba físicamente, daba la talla estándar para poder alistarse, con la flacidez que daban sus más de treinta años de servicio y el nulo ejercicio físico. En realidad Lakot deseaba jubilarse con la sustanciosa paga de almirante en el planeta paradisíaco de Risa, donde ya había comprado una pequeña isla no lejos de los complejos turísticos.
            Por tanto en sus unidades se respetaban estrictamente todas las medidas de seguridad impuestas desde la Tierra, lo que había logrado un índice muy bajo en los sabotajes. Otra muestra de la eficacia de Lakot y de su prestigio. Por tanto cuando el Stratus, un veterano destructor de la clase Venator en servicio desde las guerras Clon, estalló mientras permanecía en órbita a Romulus todos la atribuyeron a un fallo en su viejo motor de iones.


La Far Star

            El capitán Moritz observó desde el puente como el torbellino de luz azulada desaceleraba y el espacio negro, salpicado por millares de estrellas aparecía ante sus ojos. La galaxia Vía Láctea se mostraba de nuevo ante él dándole la bienvenida.
            – Todas las naves han salido del hiperespacio – informó el técnico.
            – Ya estamos aquí, de nuevo – indicó su ingeniero corelliano.
            – Sí. Pero no estamos solos – puntualizó Moritz.
            – El almirante Sesfan desde el Osadía – le anunció el oficial de comunicaciones. Su capitán le hizo un ademán con la cabeza y la imagen holográfica del moncalamari apareció en el puente de la fragata.
            – Bien capitán, ya hemos llegado – empezó Sesfan –. Será mejor que se ponga en contacto con el comandante Zahn.
            – Sí almirante.
            – Cuando reciba su respuesta informe enseguida – tras lo cual la imagen del calamariano, con sus grandes ojos y su piel moteada desapareció como por arte de magia.
            – Manden el mensaje acordado – ordenó Moritz y segundos después el oficial de comunicaciones presionó los controles de su consola.
            Una corta señal salió disparada por el hiperespacio desde la fragata de asalto que hondeaba el pabellón de la Nueva República. Y como bien había indicado su capitán ahora la Far Star no estaba sola, varios cazas pasaron a su lado colocándose en formación de escolta de la pequeña flotilla de naves de la Alianza. El grupo estaba liderado con el veterano crucero MC80 mon calamari: el Osadía, al mando del almirante Sesfan y cuatro naves más de guerra: los cruceros Estrella Neutrónica y Ahto, un reconstruido destructor ligero clase Recusant de la época de las Guerras Clon, la fragata Fuego de Hoth y dos corvetas corellianas DP-90. Así como tres cargueros medios Gallofree cargados de suministros y equipos.


El Conqueror

            Eckener se sentó en su despacho, situado en sus aposentos tres cubiertas encima del puente del superdestructor. Había recibido una carta desde DS9 y quería contestarla sin demora. Así que hizo balance de los sucesos de los últimos meses.
            Desde el ataque a la base del grupo de la Endeavor no había conseguido dar con ninguna otra célula importante de la resistencia. Para su decepción Amasov no se había dejado capturar con vida y la información extraída de los prisioneros había sido mínima. Además las tripulaciones apresadas habían tenido tiempo para sabotear sus naves para dañar los sistemas más sensibles, siendo lo más destacado constatar la incorporación de la tecnología de hiperespacio. Aunque tanto Daran como él ya sabían que tarde o temprano aquella tecnología se filtraría a las civilizaciones de los Nuevos Territorios, por lo que ya había pedido la incorporación de varios destructores ligeros capaces de crear campos gravitacionales que obligaban a cualquier nave salir del hiperespacio. Desgraciadamente la Armada Imperial solo les había asignado un puñado de cruceros de las clases Interdictor e Immobilizadores 418 a las fuerzas desplegadas en aquella galaxia. Otra desgraciada consecuencia de acabar con el grupo de Amasov había sido la reducción de los mensajes de la Federación, lo que hacía más difícil interceptar y por tanto descodificar a “Minotauro”. Posiblemente tras desarrollar un nuevo método para transmitir las órdenes de más bajo nivel. Mientras que durante las semanas siguientes los asaltos a convoyes se habían incrementado y cada vez eran más quirúrgicos, y junto al aumentado los sabotajes en muchos planetas indicaban que sus redes de espionaje se habían consolidado.
            Al otro lado de los Nuevos Territorios Shizon de Remus y su lacayo el virrey Vkruk habían perecido en un ataque contra una reunión de máximo nivel entre el senado romulano y la Federación. No había informado del encuentro y ahora sus átomos yacían esparcidos entre las estrellas. Aquello había sido una gran contrariedad por dos motivos: primero dejar escapar unas piezas como aquellas había sido una auténtica oportunidad perdida. Y segundo: ahora los remanos se habían quedado sin líderes y la pugna entre las diferentes facciones para controlar su “Imperio” amenazaba en desembocar un conflicto mayor, obligando a destacar más tropas en Romulus y en las colonias más importantes.
            Mientras tanto no se había dejado de trabajar para detectar las células de resistencia. Según los informes de inteligencia habían detectado de 12 a 14 grupos de la Flota Estelar. Por lo menos 8, posiblemente 11 romulanos. Y más de 16 klingons, aunque la anarquía de aquellos guerreros y las numerosas naves aisladas bien podían enmascarar un número mayor. Por otro lado el legado Damar cada vez tenía más aliados entre las fuerzas cardassianas y habían informado de la deserción de numerosas naves de combate. Por ahora estas se limitaban a hostigar al legado Broca que se encontraba cada día a día más débil, de manera que no tardarían en permitir que gul Madred le sustituyera, aunque este era más inteligente y sería mucho más difícil de controlar. Por suerte no temía nada de los cardassianos teniendo cerca de Vantorel. Por último estaba el Dominion. Parecía que tras el ataque a Deep Space Nine para enviar una nave al cuadrante Gamma no habían vuelto a actuar. Y era aquel silencio lo más preocupante. ¿Qué hacían los supervivientes del jem’hadar tan callados? ¿A qué esperaban? ¿Se habían unido realmente con la Federación y el resto de resistentes? ¿Se habrían quedado sin ketrazel blanco y habían muerto? Esa sería la mejor posibilidad para ellos, pero dudaba que la diosa del Destino les hubiera ayudado contra aquellos temibles guerreros. Eran preguntas que asolaban a Eckener, ya que tras la Federación, era al Dominion a quien más temía. Por suerte las criaturas del agujero de gusano impedirían que más refuerzos llegaran del cuadrante Gamma como había asegurado Lepira… Pero con Sisko vivo y entre los líderes de la resistencia ¿alguien podía garantizarle que no convencería a aquellas criaturas para volver a aparecer las naves del Dominion que se habían tragado unos años antes? Ante tal eventualidad le había pedido a Vantorel que activara de nuevo el protocolo de destrucción del agujero de gusano de Bajor.
            Por otro lado estaba el plan de Lepira de convertirse en agente doble y así engañar a la Flota Estelar era una operación muy delicada. La idea era proporcionar a la resistencia informes fidedignos para convencer a la Federación que su traición era cierta, por lo que algunos de estos informes habían sido utilizados para atacarles. Pero ese era un mal menor a la espera de que creyeran ciegamente a Lepira, momento en el que les llevarían directamente a una trampa.
            El único logro que había podido sumar en aquel tiempo era terminar con una pequeña célula de resistencia klingon encabezada por el gobernador Torak en el cúmulo Lembatta. Era un grupo pequeño, aunque había hecho bastante daño a las guarniciones de los sectores cercanos. Todo ello acrecentaba su frustración.
            Una frustración aumentada por la estupidez que desplegaba Gorden. Además de ser un inculto en la guerra de guerrillas que ahora estaban librando: sus sugerencias iban desde aplastar una insurrección en un planeta con un bombardeo orbital o ejecuciones masivas contra la población civil para evitar sabotajes. Intentaba matar una mosca con un turboláser. Además se había rodeado de una pequeña corte de aduladores y presuntuosos. El único que se salvaba era el capitán Crol, un oficial callado y eficiente, claro que falto de toda imaginación.
            Una señal en su comlink se disipó de aquellos pensamientos.
            – Aquí Eckener.
            – El Brecha de Kathol ha llegado, señor – le informó la voz Crol.
            – Bien. Que su capitán se presente ante mí de inmediato.
            Ya había decidido cuál sería su siguiente movimiento, era delicado, pero estaba resuelto a llevarlo a cabo.
  

La Far Star


            El Resplendent respondió con más rapidez de lo que Moritz había esperado, indicando las coordenadas donde encontrarse. El lugar estaba en medio de la nada, tan solo polvo estelar, con el sistema planetario más cercano a tres años luz. Al llegar tan solo encontraron la oscuridad del cosmos y una solitaria nave.
            A la hora prevista el crucero Consular, con sus antenas de comunicaciones extendidas, surgió al espacio real.
            – Nos saludan – indicó el técnico de comunicaciones.
            – Devuelva el saludo – respondió Mortiz –. Y realicen todos los protocolos de comprobación de identidad.
            Poco después el veterano crucero diplomático se colocó sobre el cuello de la fragata, como tantas veces lo había hecho en el pasado.


            – Te felicito por tu nombramiento como capitán – le dijo Zahn cuando estuvieron solos en el despacho, que no había cambiado desde la partida de la nave –. Te lo mereces.
            – Hubo una reestructuración antes de partir – empezó a explicar Moritz –. Pedí ser yo quien te informara. Me ascendieron a capitán y ahora la Far Star está bajo la jurisdicción de la marina y del almirante Sesfan. El Resplendent y tú pasáis definitivamente bajo el mando del general Airen Cracken y de la Inteligencia de la Nueva República. Mientras que Drahk y sus hombres están bajo el control del mayor Bren Derlin y del Ejército.
            – Es más lógico así. Dime, ¿cómo andan las cosas por casa?
            – Todo sigue más o menos igual. Salvo que ya no existe el Emperador. Muchos mundos se han unido a la Alianza, que pronto se transformará en la Nueva República. Las fuerzas imperiales se están retirado de algunos sistemas mientras se reagrupan, pero de manera caótica, por lo que cada día que pasa ellos son más débiles y nosotros más fuertes.
            – Me alegro. Me alegro mucho – repitió Zahn con sinceridad –. Tal vez pronto habrá paz para todos nosotros.
            Moritz le observó con detenimiento. Jamás le había oído hablar de aquella manera. Era más, en las pocas veces que habían hablado de forma privada sobre lo que esperaba cada uno de aquella guerra, Zahn siempre era bastante pesimista con la situación. Claro que Moritz sabía que en su interior, este continuaba, de alguna manera, siendo leal al ideal del Nuevo Orden y que servir en la Alianza Rebelde era solo porque no tenía otro remedio. Por eso siempre había querido conocer aquella mujer de la que su antiguo superior se había enamorado y por la que había traicionado sus más profundas creencias. Ella le había hecho ver una luz, que tras su muerte Zahn no había vuelto a vislumbrar. Tal vez hasta aquel momento.
            – ¿Y por aquí?
            – La Federación y sus aliados tienen muchos recursos. Aunque por ahora no han hecho mucho, limitándose a organizarse, lo que no es poco teniendo en cuenta su situación y han empezado a hostigar al Imperio con escaramuzas y ataques limitados. Pero supongo que pronto cambiarán las cosas. Corre el rumor de que se está preparando un ataque a gran escala.
            – ¿Y Ajaan, Jonua y el resto?
            – Trabajando y mucho. Drahk y Nierval han estado enseñando todo lo que saben de nuestro enemigo: tácticas y sobre todo su forma de pensar. Como quedamos no han entrado en acción y eso se nota en Nierval y sus Rancors. No creo que hayan pasado tanto tiempo sin pelear desde… bueno nunca.
            » Pero hay algo más que quería contarte – dijo entonces con un notable cambio en su tono de su voz –. Eres el único ser al que puedo considerar plenamente como un amigo. Un buen amigo.
            Moritz asintió sin decir nada, aunque en su interior se sintió honrado. Luego Zahn le explicó todo lo referente a Theron Lepira.
            – Interesante – fue lo único que dijo Moritz.
            – ¿Interesante? – repitió Zahn.
            – ¿Qué quieres que diga? No conozco muy bien el concepto de esos Profetas, aunque le leído algo de ellos. Aunque he aprendido algo de los pueblos de la Vía Láctea ya que durante el viaje a través del hiperespacio entre las dos galaxias se tiene mucho tiempo. Eso ya lo sabes – explicó Mortiz –. Durante el cual y a iniciativa de la delegación de la Federación lo dedicamos casi exclusivamente a conocernos. En todas nuestras facetas. Cada miembro originario de un planeta o raza diferente explicó de donde procedía, sus creencias, sus motivaciones para unirse a la Alianza. Mientras que los nuestros invitados hicieron lo mismo. Desde la embajadora, hasta el ingeniero auxiliar. Aprendimos mucho los unos de los otros. Realmente fue muy instructivo.
            » Estas estrellas son… extraordinarias. Nuevas, jóvenes, fascinantes, llenas de misterios que resolver. La embajadora Odan es un exponente ello. Los trill en su simbiosis son criaturas asombrosas. Uno de los seres conserva el conocimiento de los anteriores huéspedes, pero con cada uno, cambia y es otra persona completamente diferente. Los vulcanos y su lógica para reprimir sus emociones y que estas no les dominen. Y así podría hablarte durante horas. Tan solo puedo decirte que… De esta galaxia, no me sorprendería nada.
            » Y no olvides que una vez, tú mismo cambiaste por amor.


USS Cronos

            La pequeña nave de la clase Nova se colocó junto al gran radio telescopio subespacial Argus. Aquella plataforma de exploración a larga distancia oteaba el firmamento cartografiando las regiones remotas de la galaxia, estudiando sus fenómenos con sus poderosos sensores. Y aunque durante años había servido a los científicos para explorar el universo, también había sido acusado de espiar a territorio cardassiano, situado muy cerca. Por lo que durante la guerra del Dominion había sido atacado en varias ocasiones, quedando seriamente dañado, por eso tras la llegada del Imperio este no había prestado mucha atención a aquella instalación perdida en el espacio.
            Las órdenes de la capitana Venora eran estudiar el estado del telescopio e intentar activar sus sistemas.
            Nada más llegar el equipo de ingenieros se transportaron a bordo de la instalación automatizada e hicieron empezaron a revisar los sistemas. El último ataque del jem’hadar había dañado seriamente los reactores, así como muchas plataformas de sensores. Aun así las pérdidas no eran graves y se empezaron las reparaciones para suministrar la energía a los equipos que aun servían. El trabajo se debía hacer con cautela, para que el Imperio no detectara que el telescopio había vuelto a funcionar.
            Al cabo de poco tiempo el Argus realizó las primeras pruebas que resultaron satisfactorias. La cuestión era como recoger la información de forma segura. Colocar un emisor Minotauro era inviable, ya que este podía caer en manos enemigas y eso no podía permitirse. Así que se había decidido que en todo momento una nave estelar permanecería cerca de aquella posición, acercándose a recoger la información acumulada y a modificar las zonas que los sensores debían observar, el primer turno la haría la Cronos.


El Osadía 

            Moritz y Zahn se trasladaron a bordo del crucero mon calamari en un pequeño esquife espacial, dirigiéndose rápidamente hasta una pequeña sala de reuniones. Allí le esperaba el almirante Sesfan y la enviada especial de la Nueva República: la princesa Leia Organa de Alderaan. También le acompañaba varios oficiales más: un comandante que había visto por primera vez en Yavin, llamado Luke Skywalker y el general Han Solo. Seguramente los hombres más buscados por el difunto Palpatine, pensó Zahn. Y al verlos no parecían tan peligrosos como había supuesto el Emperador, claro que este había sucumbido ante ellos, por lo que algo tenían que tener aquel dispar trío de personajes: una princesa diplomática, un contrabandista y un bisoño caballero jedi.
            – Comandante, siéntese por favor – le indicó Sesfan con sus manos de aleta. El antiguo agente del ubictorado no conocía gran cosa del responsable militar de la expedición militar de la rebelión. Había sido un oficial regular de la fuerza defensiva de Dac y aunque discípulo del almirante Ackbar, Zahn dudaba que tuviera el genio de su mentor.
            – Gracias, señor.
            – Es un placer conocerle – dijo Leia Organa, sin recordar que ya se habían presentado tras la destrucción de la primera Estrella de la Muerte en Yavin 4.
            – El placer el mutuo, princesa.
            – Lo primero que quisiera decirle – prosiguió Organa – en nombre del gobierno de la Nueva República, que aunque extralimitándose en sus funciones iniciales, ha hecho un buen trabajo al contactar con la Federación.
            – Creí que era lo mejor, para todos.
            – Vayamos directamente al asunto – interrumpió Sesfan, como mon calamari era un ser práctico que no le agradaba irse por las ramas –. ¿Qué es lo que ha estado haciendo en esta galaxia en estos últimos meses?
            – Lo detallé todo en mi informe – respondió Zahn cortante.
            – Sí. Pero queremos oírlo de sus labios, comandante – replicó el mon cal.
            – En su mayor parte compartir toda la información que teníamos sobre el Imperio: sus métodos, tácticas y tecnología con la Federación y al resto de la resistencia. Personalmente les he estado asesorando sobre la forma de trabajar del ubictorado. El resto de los hombres hizo tareas similares dentro de sus campos. Ningún oficial de la rebelión ha entrado en combate, nos hemos limitado a ayudar a nuestros aliados. ¿Se pueden llamar así?
            – Sí, comandante, se pueden llamar así – le confirmó Organa –. La Nueva República ha firmado una tratado con la embajadora Odan de cooperación. La presidenta Mon Mothma me ha enviado para ratificar este tratado con la presidenta Lwaxana Troi y el resto de potencias que han sido atacadas por el Imperio. ¿Cree que también firmará una alianza con nosotros?
            – No creo habrá ningún problema. El Imperio Klingon está formado por guerreros que respetan sobre todo el honor y las tradiciones familiares, pero su líder es un hombre sensato, muy amigo de la Federación. El Imperio Romulano es más "político" y conservador, si usted me entiende – Leia asintió –. Pero ahora su gobierno lo ostenta un grupo más tolerante. El resto de potencias como el Dominion, o la resistencia de la Unión Cardassiana, tampoco tendrá problemas para firmar. Realmente todos están muy mermados, tanto por la invasión, como por los años de guerra entre ellos que precedieron al ataque imperial. ¿Me podrían explicar cuál será la aportación de la rebelión al tratado? ¿Y qué esperan a cambio?
            – Por ahora esta fuerza militar para luchar contra el Imperio – respondió Sesfan con orgullo –. Mientras que esperamos por parte de la Federación el mismo apoyo en un futuro cercano. Aunque sobre todo nos interesa su tecnología de teletransportación y sus replicadores. Ahora sabemos por qué el emperador tardó casi treinta años en construir la primera Estrella de la Muerte y mucho menos en dejar lista la segunda en Endor al usar replicadores industriales originarios de la Vía Láctea. Usted ha convivido con ellos, ¿estarán dispuestos a prestárnosla?
            – Supongo que sí – respondió Zahn, aunque sabía que el calamariano le estaba poniendo a prueba. Estaba claro que la embajadora Odan ya había hablado sobre aquel asunto muchos antes que la fuerza de la rebelión partiera hacia la Vía Láctea.
            – En su informe habla de un oficial que se ha ofrecido para trabajar contra el Imperio – preguntó Organa.
            – Se ha denominado Fuente Pi. Aún estamos trabajando en la información que nos ha facilitado el general Lepira sobre el propio ubictorado.
            – El mayor Wyron Serper es el enlace de Inteligencia de la Nueva República en nuestra fuerza, póngale al día de todo ello – indicó la princesa Organa que cambió de tema rápidamente –. ¿Cuándo podremos encontrarnos con las fuerzas de la Federación?
            – Convenimos que les llevaría a un punto de encuentro, donde les esperará la presidenta Troi y algunos altos cargos de la Flota Estelar y de las otras potencias.
            – Eso es magnífico.


USS Traveler

            La señal acústica interrumpió la partida de ajedrez tridimensional que estaba jugando en aquel momento con la unidad R3-C4. Segundos después el torbellino hiperespacial se convirtió en un espacio salpicado de estrellas.
            – Según esto hemos salido donde teníamos previsto – indicó Barclay dando un vistazo a los controles –. Asegúrate de nuestra posición.
            El androide silbó una cancioncilla malhumorada, aun así se conectó al ordenador de navegación y calculó su posición. Habían salido sin contratiempos en el sector 41751 de la parrilla 9 del cuadrante Delta, a treinta mil doscientos cincuenta años luz de la Tierra, tan solo una nave estelar había estado más lejos de la Federación. Y precisamente en su búsqueda se encontraban. Si no localizaba allí a la Voyager se trasladaría al sector 64238 de la parrilla 11 y así seguirían internándose en el cuadrante.
            Lo había estado planeando desde hacía meses. Había hecho los cálculos basados en las sondas de largo alcance que se habían internado en el cuadrante Beta y Delta desde hacía siglos, así como en las observaciones de los gigantescos telescopios, como el Argus o el Orion situado en el cuadrante Beta. Y gracias a los detectores de gravedad había conseguido reducir los riesgos de aquel salto. Aun así le habían negado la posibilidad de ir en busca de la Voyager. Por tanto había tenido que hacerlo por su cuenta. Asumiendo el riesgo de la misión se había apoderado del Traveler y ayudado por la unidad R3-C4, que desde el principio había estado interesada en el problema que le traía obsesionado, se habían embarcado hacia el cuadrante Delta en busca de la nave perdida.
            Por supuesto había realizado diversos saltos para comprobar su posición relativa al centro de la galaxia y si estaba siguiendo la ruta correcta hacia su objetivo. Y no se había equivocado en ninguna de ellas, siguiendo fielmente sus simulaciones. Ahora se encontraba en el primer cuadrante donde intentaría comunicarse con la capitana Janeway.
            – Computadora, abra un canal de emergencia de la Flota y transmita el siguiente mensaje y repítalo hasta recibir contestación. Bueno y ¿qué digo? ¡Ah!:
            » Mando de la Flota Estelar a la USS Voyager. Adelante Voyager. ¿Me está recibiendo Voyager? Aquí el teniente Reginal Barclay.
            Entonces R3-C4 volvió a silbar nerviosamente.
            – Sí, ahora tenemos que esperar a una respuesta – replicó Barclay –. Y si no responden, nos adentraremos unos años luz más en el cuadrante. ¡Ya lo sabías, no sé porque te quejas!


El Conqueror

            El grupo de batalla estaba estacionado en Qo’noS tras perseguir varios piratas por los sectores de la frontera klingon/romulana. Las naves necesitaban una revisión y sobre todo abastecer de combustible y suministros para sus tripulaciones.
            La guarnición de la antigua capital klingon era el centro administrativo y militar de aquellos sectores, donde tenía la sede el gobernador el almirante Vrad Corran, que a su vez mandaba la III Flota. Así como el cuartel general del 20º Grupo de Ejército bajo el mando del general mayor Neal Songol. Tan solo en aquel planeta estaba destacado el grueso del 48º Ejercito con cerca de trescientos mil hombres. La seguridad en el planeta era precaria, como en muchas otras partes del territorio klingon y los ataques y sabotajes incluso sobrepasaban la Línea Verde que se había establecido en el centro de la Primera Ciudad. El sector klingon se había revelado como el más peligroso de los Nuevos Territorios.
            Aquella noche Corran había invitado al gran almirante Gorden a una cena en su palacio, la antigua Cámara del Alto Consejo Klingon, junto a los oficiales más allegados. Eckener se había escusado de la cena alegando que tenía que estudiar varios informes de inteligencia. También había hecho que el capitán Crol permaneciera a bordo de la nave para discutir asuntos rutinarios del servicio.
            Tras la copiosa cena y la animada velada junto a las bailarinas de piel verde de Orion, Gorden tomó su lanzadera personal y se dirigió escoltado por cuatro cazas TIE Interdictor hacia su nave insignia. Se sentó en el interior de la lanzadera Lambda y se quedó dormido saciado por el alcohol que había ingerido. Se había podido quedar a dormir en el planeta, pero era un viejo lobo de las estrellas y solo se encontraba a gusto entre los mamparos de una nave espacial, el lugar donde había vivido y luchado la mayor parte de su vida. De golpe se despertó tras una violenta sacudida. Se levantó y se dirigió a la cabina. A su alrededor uno de los cazas TIE estalló tras recibir un disparo directo de un disruptor de color verde. Miró hacia donde había venido la ráfaga y vio un pájaro de presa klingon que se acercaba a gran velocidad. Lo último que vio fue la brillante luz saliendo por la proa.
            Después de disparar un torpedo que vaporizó la lanzadera el pájaro de presa giró y a máxima velocidad se alejó de la órbita del planeta. Era una nave ágil y rápida que empezó a esquivar los disparos que el resto de naves imperiales que estaban abriendo fuego sobre él. De golpe una nave triangular se colocó delante de su trayectoria. Intentó esquivarla, pero un haz de tracción la atrapó, inmovilizándolo en el espacio. En ese momento los cañones láser cuádruples de la Brecha de Kathol dispararon contra el pájaro de presa convirtiéndolo en una bola de fuego.
            Desde la ventana de su despacho Eckener había contemplado toda la escena. Segundos después Crol entraba alterado en la estancia y le relataba la escena.
            – ¿Qué nave estaba en la cuadrícula por donde penetró la nave klingon? – preguntó tras escuchar el relato sin alterarse lo más mínimo.
            – La fragata Koro, señor.
            – Que ejecuten inmediatamente a su comandante bajo los cargos de alta traición.
            – Sí, señor – respondió Crol tragando saliva. Se giró y salió del despacho.
            – Los bajoranos lo llamarían justicia poética.



Continuará…

domingo, 6 de noviembre de 2016

Crossover Star Trek - Star Wars. 29

Capítulo 8
Juego romulano
Cuarta parte.


Jupiter Station

            La estancia no tenía nada de especial: paredes grises y lisas, el techo gris, con varios focos. Una mesa cuadrada en el centro y dos sillas. ¿Qué había sido aquella habitación antes de convertirse en una sala de interrogatorios?, se preguntó Lepira sentado en una de las sillas.
            Al poco la puerta se abrió y entró el capitán Claus Gabar. Su mirada era fría y metódica tras sus ojos azul claro, casi transparentes. Sus facciones finas y agradables, eran las de un hombre atractivo, un completo seductor entre las mujeres, según le habían dicho. Lo que sí sabía Lepira era que tras aquella apariencia de no haber roto un plato se escondía un investigador metódico del departamento de asuntos internos. Tomó asiento y sonrió amablemente.
            – Bien general, hemos de continuar – dijo tranquilo, como si lo sintiera –. Explíqueme que les contó a los oficiales de la Flota Estelar.
            – Se lo he repetido un millón de veces. Aun así se lo volveré a decir. Mi idea original era hacerles creer que Zepelin trabajaría para ellos y localizar su base. Pero cuando fui descubierto por el comandante Zahn, decidí que la única manera de escapar era decir que quería desertar, por lo que les indiqué que era mayor del ubictorado y que trabajaba como agente encubierto en el sector de Bajor bajo el mando del general Elgrin. Que operaba bajo la tapadera de un terrícola llamado Thomas Zepelin y que utilizo mi compañía de transporte para recabar información....
            En otra sala Daran observaba la imagen holográfica junto al jefe del Contraespionaje Interno el coronel Nass.
            – ¿Le han sondeado?
            – Sí, tanto con telépatas, como con nuestros equipos, todos indican que no miente y por ahora nunca se ha contrariado. Pero fue entrenado para soportar sondeos telepáticos – respondió Nass.
            – Tiene memoria eidética... por eso le reclutó Zahn. Y es muy inteligente.
            – Es casi imposible que nos pueda engañar, señor.
            – Pero no completamente imposible – reflexionó Daran en voz alta.
            Miraba la holoimagen de Lepira, al que conocía desde hacía años, y sabía que el corelliano mentía. La primera lección de contrainteligencia que este había aprendido había sido que la mayor mentira ha de estar envuelta en una gran verdad. Y su profesor había sido Zahn. Por eso sabía que todo lo que decía era una fábula. Él mismo había supervisado las torturas de Zahn cuando se enteraron de su traición al Emperador, mientras que había sido Lepira quien las ejecutaba, con un sadismo y una entrega que jamás había visto y no creía que volviera a ver. Recordaba que en sus ojos podía ver el odio y el placer que sentía al aplastar los huesos de la mano de su antiguo mentor con drogas potenciadoras del dolor. Conocía muy bien a Zahn, quien una vez había sido su mejor amigo y confidente, por lo que este nunca perdonaría al corelliano, a quien habría disparado a la cabeza nada más verle. No era de los que olvidaban un juramento, y había prometido matar a Theron muchas veces mientras este le torturaba.
            Lo que le recordaba la presencia de Zahn en los Nuevos Territorios. Si es que eso también era cierto. Lo cierto era que la rebelión les siguiera hasta allí era algo que tenía que ocurrir con el tiempo. Que fuera Zahn y no otro quien estuviera allí era incluso lógico. Sabía que desde su posición en la inteligencia rebelde su viejo amigo le había seguido los pasos, incluso habían descubierto a varios de los agentes que este había querido infiltrar entre sus fuerzas. También conocía lo bueno que era, incluso mejor que él en el trabajo de campo, eso debía de reconocérselo. Daran era el político, el ambicioso, Zahn siempre fue hombre de acción. Y Eckener el analista. ¿El más inteligente de los tres? Tenía que reconocer que los tres eran iguales en ese aspecto.
            Sabía que Lepira mentía, pero por lo menos serviría para un propósito: cazar a Zahn.
            Daran entró en la estancia cuando el corelliano indicaba las naves que había visto en órbita de Laredo.
            El interrogador se interrumpió, se levantó y salió de la estancia. Solos Lepira y Daran se miraron a los ojos durante unos segundos.
            – Señor, es un honor estar en su presencia – dijo Lepira servicial.
            – Ahórrate las formalidades. Hace mucho que nos conocemos – replicó Daran afablemente tomando asiento –. ¿Por qué te dejó ir?
            – Zahn... Él no quería. Pero la Flota Estelar le convenció o le obligó, no lo sé. Desde el momento en que me descubrió me tuvieron aislado. Cuando acordamos la forma de comunicarnos en el futuro me transportaron directamente a la nave que me llevó a Bajor.
            – Una gran jugada – indicó Daran más relajado, incluso se recostó en la silla –. Y arriesgada.
            –Les hice creer que ya no era leal al Nuevo Orden. Conozco bien Bajor, así que inventé una razón plausible para ello. Era la única manera de poder salir de allí. Aunque a estas alturas ya habrán evacuado su base.
            – La estamos buscando con los datos que nos indicaste. Una lluvia de probots está cayendo por todos los sistemas cercanos a cualquier nebulosa roja del espacio conocido. No tardaremos en identificar el planeta y mandar una escuadra para descubrir el lugar.
            » Trabajarás bajo vigilancia – anunció entonces Daran levantándose –. No estoy totalmente convencido de tu historia, un tanto literaria…
            – Amo al Imperio señor. Jamás traicionaría al Nuevo Orden. Jamás – le interrumpió Lepira con tal convección que incluso se asustó. Había trabajado codo con codo con Daran desde hacía mucho tiempo y este conocía su ciega lealtad al Imperio, probada y ratificada durante las jornadas que tuvo que torturar a su mentor, a la persona que era un padre para él. Sabía que amaba el Nuevo Orden y así seguiría si no hubiera sido por los Profetas. Eso era lo que convencería a Daran y dejaría continuar su misión.
            – Estas en un lugar del que no puedo apartarte, por ahora eres irremplazable. Y eso es decir mucho. Pero ya no trabajaras solo. El coronel Nass supervisará tu libertad y tu trabajo. Mientras yo mismo encabezaré la comisión que te facilitará los mensajes que envíes a tus nuevos amigos.
            – Sí señor – respondió el corelliano entusiasmado.
            – Hace tiempo que no me dedico a esto y creo que lo echaba de menos.


FGN-34748

            La pequeña Peterson se colocó junto a la estación orbital y los ingenieros empezaron a trabajar en su reparación. Acababa de regresar de una incursión sobre un convoy que se dirigía a Berengaria junto a la Hauch y la Ti’Shur. Donde el Imperio había instalado en aquel planeta de la Federación una de sus bases navales más importantes de aquellos sectores y lo habían estado reforzando en las últimos semanas. La misión de las tres naves era interceptar los cargueros que trasladaban las defensas planetarias que llevaban, así como sus escoltas. Pero el convoy estaba fuertemente defendido, y aunque habían logrado dar caza a la mayor parte de sus escoltas y a varios transportes, las pérdidas habían sido elevadas ya que la Ti’Shur no había regresado y la Peterson había sufrido serios daños.
            Mientras Amasov observaba los daños de la pequeña nave de la clase Saber, pensaba en la orden del almirante Paris que acababa de recibir para lanzar un ataque contra la defensas de Berengaria. Se estaba forzando demasiado a su grupo y eso no le gustaba. Había perdido cuatro naves desde que había iniciado las operaciones de guerrilla y aunque le habían enviado nuevos reemplazos sabía que sus recursos eran más que limitados tanto en hombres, como en naves. Y por si fuera poco los imperiales no eran fáciles de reducir. Luchaban con fiereza: sabían que estaban solos, que allí nadie les quería y que en realidad no tenían escapatoria: luchar o morir. Era como si estuvieran desesperados y en cierta forma lo estaban. Según Skar, el responsable de inteligencia de su célula de inteligencia, la moral de los prisioneros había descendido, sobre todo tras la muerte del Emperador. Incluso la Endeavour, su propia nave, había encontrado a un pequeño grupo de desertores a bordo de una lanzadera, quienes les habían proporcionado interesantes informaciones sobre la guarnición de Berengaria y su base logística. Ahora tenía que probar esas defensas y destruirlas.
            El plan era sencillo: atacar el próximo convoy junto al sistema, obligando a las naves de protección a salir y atacarles. Pero aquella incursión iba a ser un señuelo, al mismo tiempo se lanzaría contra las instalaciones orbitales, reforzadas hacía poco para neutralizarlas. Por lo menos las órdenes de Paris eran concisas en un detalle: si la resistencia era demasiado fuerte podían retirarse a su discreción. Y como el mando operacional era suyo había preparado una pequeña incursión de comando en el planeta para ayudar en el ataque espacial. Si todo salía bien reduciría con la presencia enemiga en Berengaria durante un tiempo.
            Tras estas reflexiones Amasov regresó a su escritorio y prosiguió con los preparativos. No le gustaba la idea y aunque era muy escrupuloso con la seguridad, decidió aumentar el número de naves que siempre estaban fuera de la base, de una tercera parte a la mitad. Varias cubiertas por debajo de su despacho los comandos simulaban el asalto a los depósitos imperiales una y otra vez en la holocubierta.


USS Enterprise-E

            El Devoras viró frente a lo que había sido la pantalla principal del puente, arrancada durante la batalla contra los remanos y se ocultó entre las estrellas. Se había pedido a la una nave de reparaciones de espacio profundo, llegando la USS Annie y la Hemingway para remolcarles hasta Atgot Prime. A pesar de las bajas la misión había sido coronada con éxito y se había firmado un acuerdo incluso más amplio de lo que se pretendía en un principio.
            El Tratado de Bassen anulaba el de Algeron, reconociendo las dos potencias en un marco de igualdad: Federación e Imperio Romulano. Eso hacía que la Zona Neutral pasara definitivamente a la historia. La única cláusula que se mantendría sería la prohibición por parte de la Flota Estelar de los sistemas de ocultación una vez expulsado al mutuo enemigo, concesión a los Romulanos a los que aún les costaba olvidar trescientos años de hostilidad. La cooperación militar y de inteligencia, incluyendo el desarrollo de nuevo armamento, sería total durante la lucha contra el Imperio y se establecía una embajada de enlace tanto romulana, como de la Federación. El senador Letant y un pequeño grupo de colaboradores ya estaban a bordo de la Enterprise para unirse al Alto Mando Aliado que se estaba formando alrededor del almirante Paris y la presidenta Troi. A su vez el embajador Engon viajaba a bordo del Valdore junto al gobierno de Romulus en el exilio.
            Aquellos eran los puntos hasta que el Imperio Galáctico fuera expulsado de la VíaLáctea. Tras la victoria se potenciarían los contactos e intercambios científicos, culturales y comerciales y se llevarían políticas extra-galácticas y de carácter defensivo de forma conjunta.
            Ahora el procónsul Hiren era el máximo dirigente del Imperio Romulano tras la drástica eliminación el Comité Continuo, que además de ser barrido de la faz de la galaxia con el rayo talaron de Shinzon había quedado anulado de la constitución romulana. A su vez el viceproconsul M’Ret había sido restituido en su cargo, como vicepresidente del Senado. La política de unificación con los vulcanos sería llevada por este y aunque tan solo se centraría a niveles culturales, era un principio largamente esperado, porque ahora era la política oficial del Senado de Romulus sin usar la agresión. Spock regresaría con ellos y ocuparía su lugar en el Consejo de la Federación, siendo además el valedor de los romulanos frente a la Federación.
            – Al final, todo ha ido mejor de lo que esperaba – comentó Spock. Estaban en el despacho de Picard, que había abierto una botella de vino de la centenaria bodega de su familia.
            » Pero creo que el resultado será duradero, lástima que haya tenido que morir muchos – se lamentó mirando la copa de vino tinto –. Y los daños de su propia nave.
            – Las naves se reparan – replicó Picard.
            – Y se fabrican nuevas – prosiguió Spock, quien ya había servido en dos naves que habían llegado el nombre de Enterprise y su legendaria matrícula –. Aun así que con su acción salvaran a lo que quedaba del senado, le garantizo que no ha pasado inadvertido ante Hiren. Se hablaba de conceder la Medalla del Honor a Riker por su acción. Nunca se ha concedido a un no romulano. Es su máxima condecoración.
            – Mi Número Uno estará encantando, sería el broche para lo que ya se conoce como la Segunda Maniobra Riker – contestó con una sonrisa, que pronto se tornó en una expresión más sombría –. De todo lo que ha ocurrido lo que menos me ha gustado ha sido entregar al virrey Vkrok a Koval.
            Sabía que sería torturado y ejecutado, posiblemente de manera pública y cruel.
            – ¿A pesar de querer capturarlo para obtener el ADN que necesitaba Shinzon para vivir, matándole en el proceso? – le preguntó Spock.
            Eso le recordó a Picard que el líder de los remanos había sido un clon suyo. Aquello le había perturbado sobremanera, por las implicaciones morales que aquello suponía.
            – Le hemos ofrecido inmunidad para no ser entregado a los romulanos, pero se ha negado – explicó Picard.
            – Los remanos son un pueblo orgulloso, han sufrido mucho, y ahora lo están haciéndoselo pagar a los romulanos – reflexionó Spock, que a pesar de todo no dudaba del sufrimiento que padecerían cuando la guerra finalizara. Los romulanos no habían controlado las emociones con la lógica como los vulcanos y sabía que entre sus primos hervía el ansia de vengarse de los remanos. Sería una espiral de violencia que tardaría en sofocarse.
            » Bueno capitán, ahora solo hemos de conservar esta confianza que tan duramente hemos conseguido – dijo cambiando de tema.
            – Y lo haremos embajador. Nos costará, pero lo haremos.
            – Y ante esta nueva colaboración, Koval me ha entregado los planos de un dispositivo, una nueva arma en realidad, en el que están trabajando, pero que no han logrado estabilizar. Me gustaría que los ingenieros de su nave ayudaran en su estudio, podría sernos muy útil en el futuro cercano.
            – Así se lo diré a Geordi y a Dara. Mientras tanto me gustaría que me ayudara en cumplir una promesa que le hice hace ya tiempo a un hombre.
            – Si está en mi mano.
            – Usted tiene contactos entre los romulanos y solo es entregar una carta a la familia del almirante Alidar Jarok. Me pidió que cuando llegara el día se la haría llegar a su hija. Y creo que ha llegado el momento.
            – Por supuesto, se la entregaré al M’Ret, él encontrará la familia Jarok. Y sabe una cosa capitán, yo también creo que ha llegado ese momento.


Deneva

            El capitán Seek Banzar de la Lokonor descendió hasta las instalaciones en su lanzadera TIE para asistir a una reunión de situación. Había pasado los últimos meses persiguiendo fantasmas por todo el cuadrante junto al Temible. Y lo único que habían conseguido era cazar unos cuantos piratas y renegados de poca importancia. Nada de esa resistencia que se decía que la Flota Estelar había conseguido formar. Ahora les habían dado nuevas órdenes y esperaba que su trabajo sirviera para algo.
            En la reunión, presidida por un oficial de estado mayor, habían asistido los comandantes de las diferentes naves que iban a forma la 8ª Ala de Ataque. Su próximo objetivo sería reducir a escombros a los ligoniaos que se había resistido tenazmente a la ocupación durante los últimos meses y el Alto Mando quería acabar con aquella inútil actitud para siempre. Según los informes los ligosianos se habían extendido en los últimos décadas a lo largo de numerosos sistemas estelares, fundado colonias y ampliando su territorio. En el 2368 su expansión se había topado con los corvallen y había estallado un conflicto que había durado hasta el 2373, cuando la Federación intervino para acabar con la guerra. Según había leído la única razón para ello había sido reducir tensiones ante el inminente conflicto que esta iba a librar contra el Dominion ya que su flota necesitaba todas las naves, incluidas las que habían sido destacadas en el sector para proteger sus propios intereses económicos. Por tanto cuando el Imperio había atacado los ligosianos poseían aun un importante contingente de combate, hombres adiestrados y bastante experiencia acumulada. Tras la ocupación de algunos de sus planetas estos habían respondido con mucha fiereza. Ahora iba a recibir su merecido.
            Tras la reunión, que se alargó varias horas, Banzar le preguntó a un oficial de la base como estaba la situación para visitar la colonia. Quería que su tripulación pudiera tomarse un descansado en la superficie tras los meses de acción constante y como iban a estar varios días antes de partir, creía que eso podría ser bueno para la moral de sus hombres. Este le recomendó que no saliera de la ciudad, pero en esta la seguridad estaba completamente garantizada.
            Para ello la 8ª Ala de Ataque de la II Flota Imperial se estaba concentrando en órbita a Deneva. Aquella colonia de la Federación se había resistido a la ocupación inicial, aunque su importante población humana y su estratégica ubicación habían evitado que la atmósfera fuera vaporizada como otros mundos ante la invasión. La resistencia estaba formada por los colonos armados a toda prisa por los miembros de la Flota Estelar y aunque los combates se había apoyado en las cuevas del planeta, finalmente había sido aplastada tras la irrupción de un Corps en las ciudades más pobladas. Ahora los únicos restos de resistencia se veían en los edificios destruidos y en la baja moral de la población esquilmada tras las purgas que siguieron a su conquista. Para mantener vivo el recuerdo del poder del Imperio este había instalado en las colinas que dominaban la capital una de sus guarniciones grises y amenazadoras, allí donde se había alzado las amplias instalaciones de la antigua base de suministros que la Flota y que ahora usaba la Armada. Mientras las patrullas de stormtroopers a bordo de sus motos deslizadoras 74-Z y blindados repulsores no dejaban lugar al olvido de su presencia.
            El centro de la capital tenía doscientos años con edificios de acero y cristal, grandes jardines y transportes sobre raíles elevados que atravesaban la urbe de un extremo a otro. Paseó por las calles, donde su presencia siempre estaba acompañada de la murmuración de los habitantes, que agachaban la cabeza o se cambiaban de acera. La mayoría eran humanos, descendientes de los primeros colonos de la Tierra, pero la población había crecido mucho y con mucha variedad tras el ataque el siglo anterior de unos parásitos neurales, de maneta que por las avenidas y plazas vio también a vulcanos, hekaranos, napeans o megaritas. Por otro lado la presencia imperial también era considerable, cada dos por tres se encontraba con patrullas de stormtroopers o aparecía una de aquellas macizas fortalezas flotantes VAPr A9.
            Escogió una terraza para sentarse y tomarse algo junto a una plaza en cuyo centro había un estanque donde se alzaban varias esculturas decorativas. No había ninguna nube en el azulado cielo y estar al sol caliente era agradable para descansar después de la larga y aburrida conferencia, que había tratado de la descripción de la tecnología y las tácticas ligosiana. Una hermosa hembra ellora le preguntó que quería tomar y no tardó en traerle la bebida que había pedido, todo ello con una expresión de desagrado que no podía ocultar. Aun así Banzar permaneció en aquel bar y por unos minutos se sintió tranquilo, como no se había sentido en muchos años.
            Aquel planeta le recordaba mucho a su mundo natal de Bakura, se encontraba en el BordeExterior, pero estaba lo suficientemente lejos de cualquier parte como para no haber sufrido mucho los azotes de las GuerrasClon. Por lo que había sido un lugar tranquilo donde muchas especies convivían en paz, por lo menos así ocurría en su juventud, antes de que llegara el Imperio. Era una colonia bastante avanzada y por lo tanto la moderna arquitectura de Deneva era muy parecida y tampoco tenía la aglomeración de habitantes que había visto en la Tierra. En la ciudad donde había nacido también había un transporte elevado, aunque repulsor y no de raíles, como allí. Aquello quedaba muy lejos y no tanto en la distancia, como en el tiempo. Mientras se tomaba despacio su raktajino, otra delicia que había probado en la Tierra y que ya se había aficionado, pensó en la gente que había conocido allí. ¿Qué carreras había estudiado los amigos de su pandilla juvenil? ¿Se habrían casado y tenido hijos? ¿Qué habría sido de aquella chica tan hermosa de la que había estado enamorado? Toryn Farr se llamaba. No había vuelto a su planeta ni pensar en todo aquello desde que le alistaron. Era un tiempo muy lejano.
            Se sacudió la cabeza para alejar aquellos pensamientos, apuró el raktajino y tras pagar regresó a la base para subir a su nave. La Lokonor y el resto de la 8ª Ala de Ataque partieron varios días después, en los que Banzar no tuvo ni un momento de respiro mientras se preparaba para la nueva campaña.


FGN-34748

            La operación contra la base logística de Berengaria, en la que iban a participar trece naves estelares, estaba lista para iniciarse y Amasov se encontraba a bordo del Endeavour a punto de salir. La recién asignada Trial y la Kumari de tripulación andoriana ya habían partido y tomado posiciones, el resto estaba concentrada. Lo esencial de la operación era la sincronización por tanto el primer grupo de comandos estaría en aquel momento infiltrándose en el planeta a bordo de un carguero ferengi. Y un segundo equipo estaría a punto de hacerlo en otra nave civil procedente de Peliar Zel.
            Fue en ese momento cuando surgieron del hiperespacio un grupo de combate imperial. Aparecieron rodeando el sistema y desplegados ya en formación de ataque, con la gigantesca eslora del superdestructor como punta de lanza. La alerta roja y las estaciones de batalla sonaron abordo de todas las naves estelares.
            La línea de destructores empezó a avanzar mientras una maraña de cazas y lanzaderas armadas salían de sus hangares. Por su parte las naves estelares se concentraron en una línea alrededor de la estación orbital. Tenían al enemigo muy cerca y cerrándoles el paso ante una huida rápida, aunque a ninguno de los capitanes se le ocurrió aquella alternativa.
            – Aquí el capitán Amasov: Peterson y Aurora preparen una acción ofensiva patrón Delta 8 dispersión máxima sobre el destructor de babor. Ti’Shur, Jenolen y John Kelly hagan lo propio con el destructor de la derecha. Hauch, WhiteWolf, Archer, Boeing y Endeavor prepárense para un ataque frontal al superdestructor en despliegue patrón Delta 4 con fuego concentrado. Solo un ataque, después rompan la formación y salgan del sistema. Hispaniola evacue la estación. En cuanto ejecuten las maniobras de ataque, dispérsense. Buena suerte.
            – Las naves están respondiendo afirmativamente, señor – informó su primera oficial.
            – ¡Vamos allá! – ordenó Amasov sentándose en la silla de capitán.
            Las naves estelares saltaron de sus posiciones y con los motores de impulso a máxima potencia aceleraron hacia sus enemigos. Quienes, sorprendido ante la rapidez del contraataque fueron sorprendidos por las primeras de torpedos y disparos de phaser, que alcanzaron sus escudos. Aun así se recobraron con rapidez y una cortina de fuego de turboláser cayó sobre el grupo Botany Bay. Las primeras en ser alcanzadas fueron el White Wolf y la Boeing que cayeron presas de las baterías principales del gigantesco Conqueror. Con rápidas maniobras y sin dejar de disparar el resto atacaron a sus respectivas presas, hasta que en un ataque suicida la Hauch se lanzó contra la torre del mando del superdestructor, siendo vaporizada por el fuego concentrado de las defensas pesadas de la nave.
            Mientras tanto la Hispaniola transportaba a todos los ocupantes de la estación y tras lanzar dos torpedos de fotones contra esta se alejó del planeta esquivando, no con cierta dificultad, a las naves de piquete que bloqueaban la huida del sistema.


USS Peterson

            Las luces rojas de la alerta y la sirena de alarma resonaban por todas las estancias de la nave. El capitán Dankhal salió de su despacho.
            – ¿Situación? – pregunto mientras se sentaba en su silla.
            – Detectamos 48 naves enemigas – informó con voz nerviosa la joven alférez napean de seguridad que estaba de guardia –. Un superdestructor, once destructores de diversas clases y el resto naves menores.
            – ¿Situación de las reparaciones?
            – Reactor en línea, escudos al 80%, armamento operativo – respondió el oficial de operaciones.
            – Recibimos comunicación del Endeavour – indicó el oficial táctico, que acababa de llegar al puente.
            – En pantalla – dijo Dankhal, apareciendo el veterano capitán Amasov, que someramente dio las órdenes que debían seguir las naves estelares.
            » Ya han oído – se limitó a decir Dankhal cuando en la pantalla principal volvió a aparecer la formación imperial aproximándose, con sus cazas de piquete ya acercándose a ellos. El capitán de la Peterson no entendía porque el enemigo se empeñaba en utilizar aquellos pequeños vehículos que eran tan fáciles de destruir, era un derroche inútil de vidas y recursos –. Aumenten escudos frontales, armamento máxima potencia, carguen torpedos.
            » Alférez Sarat – indicó a su piloto –, marque rumbo de evasión y un cálculo astrométrico al sector 25712.
            » A toda la tripulación, estamos rodeados, así que intentaremos romper el cerco y saltar al hiperespacio. No tenemos la intención de entablar batalla más allá de lo imprescindible, así que será corta y violenta. Dankhal fuera.
            La nave se colocó en posición junto a la Aurora para atacar el ala de babor enemiga. Su objetivo era un destructor de la clase Imperial, con sus 1600 metros de largo y 135 puntos de fuego, era un objetivo muy protegido a batir. La nave que le apoyaría era una modificación de la clase Nova, que se encontraba al mando de la respetada capitana Shelby que acaba de llegar desde otra base de la resistencia. Se comunicó con esta para trazar el rumbo y coordinar el ataque.


El Conqueror

            Observando la destrucción de las naves estelares el gran almirante Gorder se jactaba de la inutilidad de sus oficiales. A su lado Eckener no podía ocultar su mirada de desprecio. Había llegado a la conclusión que era un táctico mediocre y no soportaba el desdén que tenía hacia los valientes oficiales de la flota que no habían dudado en enfrentarse contra el Conqueror y sus cientos de cañones turbolásers y de iones. A lo largo de los aquellos años que había estado estudiando y analizando la galaxia había acabado por admirar a la Flota Estelar. Había vivido muchos años en la Tierra y les conocía bien y ya le había advertido en varias ocasiones a Daran: que el verdadero gran enemigo del Imperio sería la Federación. Y aquel último sacrificio de sus hombres lo demostraba con creces. Si no acababan con aquella resistencia con rapidez, esta tarde o temprano acabaría por vencerles a ellos. Eran tenaces, audaces y mucho más temibles en batalla de lo que podía parecer. Ahora tenía que exterminarlos uno a uno. Y no era una tarea nada sencilla. Aquel era el primer ataque sobre un grupo importante de resistencia desde que había recibido la orden de Daran y le había costado mucho localizar su base logística.
            – Ahora esos bastardos tienen capacidad de hiperespacio – ladró Gorder después de que las naves que habían sobrepasado la línea imperial hubiera desaparecido acelerando más allá de la velocidad de la luz –. Seguro que ahora creerán que podrán vencernos.
            Que adaptaran aquella tecnología estaba en los informes iniciales de la planificación de la invasión y se habían repetido en todas las previsiones de inteligencia que él había elaborado. Pensó Eckener, pero no se lo recordó al gran almirante. No creía que se hubiera leído ninguno de los memorándums preparados para los oficiales superiores y recordarse ahora tampoco serviría de nada. Así que el jefe del ubictorado se limitó a preguntar por los datos de las naves que habían logrado huir.
            – En total han sido seis, señor – le informó el comandante del superdestructor el capitán Crol –. La Hispaniola, el Archer, la Jenolen, la JohnKelly, la Peterson y una nave no identificada, modificación de la clase Nova.
            Por un instante Eckener se centró en el holograma táctico de aquel nuevo tipo de nave. No tenía constancia de ninguna modificación de las pequeñas naves científicas, pero con aquellas cuatro barquillas de curvatura su velocidad se habría incrementado considerablemente, pero que no tuviera número de serie le sorprendió. ¿Habría la Flota empezado a construir nuevas naves? Si eso era así había subestimado la reorganización de su resistencia y era un dato muy preocupante. Por otro la Hispaniola era una nave de la clase Mediterranean, un transporte que estaba listo para trasladar el personal de la estación de mantenimiento y con ellos la valiosa información que necesitaba. Que la hubieran dejado escapar era un error imperdonable. Las naves de la Flota Estelar se habían limitado a eludir la batalla, y el sacrificio de una de ellas había permitido escapar al resto. Habían reaccionado más rápido de lo que imaginaba, demostrando que el despliegue de Gorden no había sido para nada efectivo. Y ese era un error que no volvería a ocurrir.
            – Como ordenó la Endeavor está siendo asaltada por nuestros soldados de asalto Cero-G, señor – prosiguió con su informe Crol.
            – Recuérdeles que quiero al capitán Amasov vivo. Y capturen a todos los supervivientes de la Flota Estelar que puedan. Quiero que sean interrogados.
            Amasov iba a ser el primero de los capitanes que había identificado como líderes de la resistencia, y pronto le seguiría Picard, DeSoto, Sheridan y el resto.
            – Sí señor.
            – Por cierto, ¿quién dejó escapar a la Hispaniola?
            – El cuadrante por donde logró huir estaba a cargo de la fragata Koro.
            – Que arresten a su comandante bajo los cargos de alta traición.
            – ¿Cómo dice? – espetó Gorden detrás de ellos.
            – Lo que ha oído – respondió tranquilo Eckener –. Ese capitán dejó escapar a una nave estelar con información vital.
            – Este no es el Executor – “ni usted es Darth Vader” le faltó decir a Gorden desafiante. Como oficial profesional odiaba que otros hombres se entrometieran en los asuntos de la marina, como había hecho el vasallo del Emperador en Hoth –. ¿Cómo sucedió?
            – La Hispaniola lanzó una hondonada de torpedos de fotones, dañando gravemente a la Koro. Señor – explicó Crol tratando de justificar la actuación del compañero de la Armada.
            – Ve, no pudo hacer nada – indicó Gorden satisfecho.
            – Aun así me gustaría que se investigara.
            – Como quiera. Yo mismo me ocuparé del tema. Gracias Crol ya puede retirarse.
            Eckener observó al gran almirante y asintió, como si estuviera convencido. Si quería jugar, pensó el jefe de espías, jugarían.


El Annihilator

            Si había algo que Vantorel odiara más que nada en aquel universo era el papeleo que debía de hacer ahora que su cargo era el equivalente al de un gran moff. En aquellos momentos estaba leyendo el informe enviado por el general Premlal, gobernador del planeta Trill. Este había sido uno de los primeros planetas en ser ocupado y donde se había construido la primera Base Imperial permanente. En realidad se habían alzado cuatro guarniciones en todo el planeta y los efectivos equivalían a todo un Grupo de Batalla: una división en tiempos de la Antigua República. Con 14.890 hombres, 676 repulsores y 212 tanques pesados, además de cazas TIE y un sin fin de técnicos que sumaban veinte mil efectivos. El grueso de aquella fuerza estaba compuesto por los stormtroopers de elite, cosa que no se podía decir de todos las fuerzas que habían participado en la invasión. Muchas de los soldados de ejército y tripulantes de naves procedían del reclutamiento forzoso, que eran de poca confianza.
            Trill era una de las razones por las que conquistar aquellos territorios. Y curiosamente gracias a lo que más asqueroso que tenía aquel planeta. Sentía auténtica repugnancia a la unión de los humanoides trill con sus simbiontes. Tan solo el pensar en que voluntariamente los humanoides se introducían una babosa en su interior le daban nauseas. Según su holoinforme la unión era simbiótica, pero a Vantorel le parecía que eran auténticos parásitos, capaces de matar al huésped si se los extraían. Pero todo lo malo del universo siempre tenía algo positivo y en este caso era el hábitat de aquellas babosas tenían en su mundo: las cuevas de Mak’ala o más exactamente el líquido lechoso donde residían. Este era rico en nutrientes con propiedades muy parecidas al preciado bacta. En su galaxia el bacta tan solo se encontraba en el planeta Thyferra, y consistía en un líquido químico sintético conocido como kavan, que tenía propiedades curativas para la mayoría de las especies al sanar la mayoría de las heridas y enfermedades. Esa cualidad le convertía en un material estratégico de primer orden en su galaxia que todo el mundo ansiaba y necesitaba controlar. Pero con aquellas cuevas en poder del Imperio, este tendría a su alcance todo el bacta que quisiera y con un coste infinitamente menor. No solo porque ya no tendrían que comprarlo a una de las dos compañías de Thyferra que lo producían y distribuían, si no por que el producto de trill era de origen natural y simplificaba el proceso de producción. Además según el informe de los técnicos allí destinados, también tenía una capacidad aun mayor de curación que el bacta original.
            El informe de Premlal también indicaba el despliegue de las fuerzas imperiales y las dificultades que habían tenido, aunque casi todas ellas eran de origen logístico, algo demasiado típico en aquella ingente invasión. Trill tenía una población pacífica y muy poco armada aunque se habían producido manifestaciones y protestas ante el futuro de los simbiontes, que habían sido disueltas simplemente con la presencia de un grupo de los amenazantes andadores AT-AT y el despliegue de una legión de soldados de asalto, sin que fuera necesario el uso de la fuerza bruta. Al mismo tiempo se había permitido a los representantes de los guardianes, los responsables de cuidar a los simbiontes, regresaran parcialmente a las cuevas para continuar su labor. Ahora el planeta era un lugar tranquilo y los técnicos imperiales trabajaban en las cuevas Mak’ala con seguridad. Además había escogido a Premlal porque era un oficial inteligente y sabía que una presión excesiva podría ser contraproducente, así que autorizó las acciones que este había iniciado para apaciguar el planeta.
            Vantorel dejó el cuaderno de datos sobre la mesa cuando acabó de leerlo. Estaba cansado y aún tenía por delante otros informes: como el de las escaramuzas entre cardassianos y breens. Una petición del inepto gobernador de Klaestron que tenía serios problemas para controlar a la población civil. Y otra con los asaltos a varios convoyes de suministros a lo largo del cuadrante. También una carta personal procedente del Conqueror, que siempre leía con atención, pero que aquel día había dejado para más tarde.
            Además estaba el asunto de Lepira, que desde su estrambótica aventura, trabajaba bajo la supervisión de otro miembro del ubictorado. Lo que le había privado de los sabios e informales consejos personales que tanto apreciaba.
            El almirante se levantó asqueado de todo aquel trabajo administrativo de leer, justificar, censurar o confirmar las acciones de otros, mientras él se limitaba a no hacer nada. Sin olvidar que después tenía que informar a Daran y escribir sus propios informes con la situación global y sus valoraciones personales. Sin contar que tenía que dar respuesta los pedidos de material, hombres y más órdenes de las fuerzas que tenía bajo su mando. Obviamente había ampliado su estado mayor para absorber aquel trabajo, aun así tenía la responsabilidad de supervisar los asuntos más importantes.
            ¡Yo soy un guerrero, no un administrativo! Se dijo.
            En aquel momento entró su ayudante que le traía el almuerzo.
            – Déjalo encima de la mesa, Adel.
            – Sí señor. Por cierto, ha llegado un mensaje del gobernador de Klaestron.
            – ¿Qué quiere ahora? ¿Más hombres, más andadores?
            – Así es señor. Dice que una de las provincias se ha sublevado.
            – ¿En qué categoría está Klaestron?
            – Creo que es del nivel B, señor. Bastante industrializada. Pero controlamos muchos otros planetas como ese.
            – Asegúrate y si es así, ordene la evacuación a nuestras tropas – indicó Vantorel que se había colocado de espaldas a su ayudante y observaba el universo a través del ventanal de su despacho –. Y que el Annihilator se prepare para marchar sobre Klaestron. Devolveremos a esas criaturas a la edad de piedra. Si es que alguna vez salieron de ella.
            – Sí señor. Impartiré las órdenes inmediatamente.
            – No hay prisa. Después de comer – indicó Vantorel dándose la vuelta y contemplando su plato. Hasperat: un tentempié bajorano a la que se había aficionado el día del Festival de la Gratitud –. ¿Por qué no almuerza conmigo?
            – Como quiera, señor – respondió Adel sorprendido, era raro que su superior compartiera la hora de la comida.
            Pidieron otro plato y durante todo el rato ninguno de los dos oficiales medio palabra. Adel no se atrevía a decir nada, mientras que el almirante parecía sumido en sus pensamientos. Para su joven ayudante Vantorel era el mejor oficial que servía bajo el poder del Imperio. Tras salir de la Academia Naval Imperial, la más prestigiosa de la galaxia, le habían asignado a la nave de Vantorel y lo que al principio había sido cierto desdén por su media naturaleza no humana, se había convertido en respeto y admiración total por su personalidad y profesionalidad. Aquel almirante de orejas endemoniadas era muy distinto al resto de grandes comandante imperiales que conocía. Solía preocuparse por sus hombres: se encargaba de que los suministros para tripulantes y soldados tuvieran la calidad requerida, lo que había provocado la caída de más de un responsable de logística. Y tras cada batalla siempre se repartían raciones extra y tenía la norma de recoger todas las cápsulas de escape, sin importar que aquello retrasara la salida del sistema. Por supuesto todo ello bajo la misma férrea disciplina imperial del resto de la Armada.
            – Unas criaturas extraordinarias… – murmuró Vantorel.
            – ¿Cómo dice? Señor – le preguntó Adel en un reflejo instintivo, que en su interior deseo no haber hecho al interrumpir así a su almirante.
            – Los alienígenas del agujero de gusano de Bajor – explicó este –. En nuestra galaxia no existe nada semejante. ¿Qué poder deben de tener para crear algo así? ¿No cree?
            – No lo sé, señor. Nunca me lo he planteado.
            – Yo sí. Desde que leí sobre ellos. Me parecieron fascinantes. Esta galaxia tiene cosas muy curiosas: como esos trill unidos. Asqueroso. Pero luego te sorprende con criaturas extraordinarias. ¿Ha leído el informe sobre esa tal entidad Q?
            – Sí. Y creo que todo es una exageración. La inmortalidad, la omnipotencia, el poder absoluto… Ridículo.
            » Cuando estudiaba los planes de batalla me atrajo la poderosa Flota Estelar. Pero lo de esa criatura me pareció tan grotesco, que perdieron todo mi respeto.
            – Regresemos a la realidad – le interrumpió –. Klaestron. ¿Cómo sugiere que debemos impartir su modélico castigo?
            – Un bombardeo orbital para empezar, así reduciremos sus ciudades a escombros. Luego podríamos inocular en la atmósfera algún tipo de virus. La Unidad 731 de nuestro departamento científico desarrolló algunas toxinas realmente ingeniosas.
            – Búsqueme información sobre ellas y escogeremos la más adecuada.
            – Sí, señor. Me pondré inmediatamente.



Continuará…