miércoles, 31 de mayo de 2017

USS Spirit 4

Diosa Lunar

            Era la primera vez que de Lattre subía a bordo del Diosa Lunar y le sorprendió lo espacia que era. Tenía dos cubiertas y estaba divida en seis compartimientos, que Tycho había convertido para usar la cubierta inferior en la zona de carga, con la superior acondicionada en una zona habitable. Acompañó a Nit hasta la cabina de pilotaje, que tenía tres asientos: el piloto y copiloto frente a un cristal rectangular y detrás de estos el del navegante. El gungan se sentó en los controles de mando y desenganchó el cordón umbilical con el Spirit, alejándose lentamente. Poco después saltaban al hiperespacio.
            Durante el corto trayecto hasta Naboo, el doctor Bishop le explicó que la xenopolycythemia espesaba la sangre, aumentando de volumen y dificultando la circulación por el sistema sanguíneo y los órganos internos. Además el corazón y los vasos sanguíneos no podían compensar la cantidad adicional de plasma, por lo que a medida que los glóbulos rojos comienzan a destruirse se producía la bilirrubina, que se deposita en el sistema nervioso, provocando convulsiones al paciente. También provocaba dolores de cabeza por la congestión de los vasos, así como roturas de los mismos, trombosis y quistes o tumores renales.
            – Normalmente es un trastorno congénito, pero a mediados del siglo XXII también se había desarrollado un peligroso patógeno, almacenado en la Estación Fría 12, conocido como el síndrome de la quemadura de la sangre – le explicó Bishop.
            – ¿La que atacaron los humanos aumentados por ingeniería genética del doctor Arik Soong? Recuerdo haberlo estudiado en la Academia – le interrumpió de Lattre.
            – Eso no sé. Solo que la enfermedad era incurable, hasta el primer contacto con los fabrini en el 2268. En los bancos de su nave asteroide se encontraba su cura.
            – ¿Cuándo viste a Panaka reconociste algunos de los síntomas?
            – Su piel estaba algo amarillenta, eso ocurre cuando los bebés nacen con la enfermedad congénita. Podría ser un indicio que su estado es grave. Y las muestras de sangre que me facilitaron, lo corrobora. Se está muriendo.
            – Comprendo. Como también que lo que te pido va en contra de tu Juramento Hipocrático al ordenarte que no le cures.
            – ¿Serías capaz de quebrantar usted la Primera Directriz? – le preguntó tras una pausa.
            – Eso es algo que siempre me pregunto – respondió de Lattre pensativo –. En muchas ocasiones se ha quebrantado para preservar la vida, cambiar una situación injusta o incluso criminal y corregir un error. Pero romperla también ha provocado sufrimiento, la desaparición de culturas y formas de vida, civilizaciones enteras. Supongo que cada caso se ha de estudiar de manera específica y valorar todas las implicaciones y circunstancias.
            – Ya has respondido a la pregunta – replicó Bishop –. Respetaré la vida y no usaré mis conocimientos en contra de ella, como bien me recordó Eloy.


Naboo

            Cuando el Diosa Lunar aterrizó en el espacio puerto de Theed ya había anochecido en la capital del planeta. De Lattre y el doctor Bishop, escoltados por Kinapk descendieron por la rampa del carguero ligero hasta quedarse en frente de la comitiva enviada por Panaka, formada por una escuadra de soldados de asalto al mando del mayor Lorgat. Estos les condujeron a bordo de un deslizador a través de la ciudad a oscuras hasta el Paseo del Palacio, dejándoles en las escaleras principales. Se internaron en los solemnes pasillos de altos techos, decorados con columnas de mármol rojo y a pesar de la poca iluminación entre las sombras podía apreciarse la grandeza del lugar, hasta llegar a una gran estancia presidida por un trono. En penumbra estaba sentado un hombre de cabellos encanecidos y mirada perdida. Con un gesto hizo que los soldados se apartaran, dejando de los tres extranjeros se acercaran al trono.
            – Soy el capitán Jaques de Lattre de Tassigny de la nave estelar Spirit – se presentó este quedándose un paso por delante de Bishop y Kinapk. Llevaba el uniforme rojo, con la insignia dorado en el pecho y su porte era altivo, seguro de sí mismo.
            – Nunca antes habían venido con uniforme – dijo el moff con voz serena y firme, pero con curiosidad. Ahora sabía que tenía delante de él a alguien con autoridad, procedente de una sociedad bien estructurada, posiblemente un guerrero y no una pandilla de contrabandistas como pretendían aparentar y eso le agradaba y tranquilizaba –. ¿Tienen la cura?
            – Mi oficial médico me ha dicho que tenemos un remedio que podrá mantener su enfermedad a raya, durante un tiempo indefinido.
            – No tienen la cura – dijo resignado Panaka –. La doctora Ilno me suele someter a baños de bacta cada cierto tiempo. Pero solo remiten los síntomas. Y ya he llegado a odiar ese maldito líquido, su simple olor me da nauseas.
            – El medicamento que tenemos podrá eliminar esos baños. No tenemos inconveniente de proporcionárselo. Pero necesito garantías de que liberará a mi gente.
            – ¿Garantías? – repitió este levantándose del trono. Era un hombre fuerte, con el cuerpo imponente del soldado de antaño, pero aun así visiblemente débil por la enfermedad –. ¿Y yo tendré garantías de ustedes?
            – Mi nave ha sufrido muchos daños. Estamos intentando llegar hasta Naboo o a una de sus lunas para poder completar las reparaciones. No tenemos ningún otro sitio donde ir. Esa es su garantía.
            – ¿Y cuándo reparen su nave?
            – Somos descendientes de la tripulación que se estrelló en un remoto planeta del Borde Exterior. No había manera de pedir auxilio, pero por suerte el planeta tenía suficiente recursos, mucha vegetación y pocos depredadores, así que nuestros progenitores encontraron la manera de sobrevivir. Hace poco una nave llegó y nos proporcionó la tecnología para construir una por nuestros medios y poder salir. No tenemos patria, ni lugar a donde ir.
            Aquella explicación hizo que Panaka soltara una carcajada que resonó por las paredes de mármol de la alta estancia.
            – ¡El destino no es bueno con ustedes! – dijo jactancioso. Se acercó a de Lattre con una sonrisa en sus labios –. Si ese medicamento me mantiene vivo y sin necesidad de usar el bacta, les permitiré quedarse en Naboo. Como mis invitados.
            Aquella última frase pareció una sentencia funesta, pero De Lanttre no podía hacer nada por ahora. Se giró hacia Bishop, el cual sacó un hipospray de su kit médico. Pero su anfitrión alzó el brazo.
            – Antes lo examinará la doctora Ilno – dijo el gobernador imperial al mayor Lorgat, que se adelantó y cogió el hipospray dejando la estancia –. Creo que su tripulación está compuesta por cuatrocientos de tripulantes. Cincuenta, además de los ocho que tengo, serán mis invitados personales aquí en Theed. De esa manera fomentaremos nuestra amistad.
            – Una vez haya llegado mi gente, desearía que liberara a Tycho, de esa manera podrá usarlo de enlace – sugirió entonces de Lattre, que pensaba en poder contar con la ayuda de este si ocurría lo peor. Panaka le miró y sin decir nada asintió.


            De allí fueron conducidos a otra estancia del palacio, donde se encontraban Shimura con los siete hombres apresados el día antes. Su jefe de seguridad le recriminó a su capitán la temeraria decisión que había tomado al dirigirse él al planeta, pero este le restó importancia. Varias horas después, cuando el sol empezaba a elevarse sobre la ciudad de Theed, el mayor Lorgat entró en la estancia.
            – La doctora Ilno ha confirmado la validez del medicamento. El moff me ha ordenado llevar a dos de usted hasta su nave para recoger al resto de sus invitados – dijo con sequedad y no menos ironía.
            – Iré yo y el doctor – respondió de Lattre mirando a Shimura –. Quédese aquí y cuide del resto.
            – Sí señor.
            Dicho lo cual Bishop y él siguieron a Lorgat hasta un aerodeslizador, que les condujo hasta el espacio puerto militar de la ciudad. Allí subieron a una nave triangular, que debía de tener algo más de trescientos metros de largo, con tres poderosos motores en la popa. Les llevaron hasta el puesto de mando, situado en lo alto de la torre de control, y que estaba dominado por un gran ventanal frontal, con la posición de pilotaje en la parte central. Cuando llegaron la tripulación activó los propulsores y despegó rumbó a las coordenadas que les había entregado Tycho.
            Poco después la nave imperial salió del hiperespacio.
            – He de ponerme en contacto con mi gente – le dijo de Lattre a Lorgat –. Para que sepan que ha ocurrido y que se prepararen.
            – Muy bien – contestó el oficial admirando el Spirit, pero incapaz de decir lo que pensaba de esta.
            En el puente Crespo estaba esperando la llegada de la nave imperial, advertido desde la Seleya, que había monitorizado al capitán desde la llegada a Naboo. Como había sido imposible hacer desistir a su superior de ir él personalmente, su primer oficial le había pedido que fuera con un comunicador subcutáneo que le había permitido escuchar todo lo que ocurría.
            – Soy el capitán de Lattre, desactiven las defensas y prepárense para acoplarnos. Necesito que 41 voluntarios para permanecer como huéspedes del moff Panaka – dijo tras conectar con su nave.
            – No entiendo… lo que está ocurriendo – contestó Crespo como si no supiera nada para ganar tiempo y mantener el secreto de los dispositivos –. Pero nos prepararemos para el acople, señor.
            Tras completar la transmisión, hizo un gesto a T’Lara y esta coordinó la maniobra entre las dos naves mientras abandonaba el puente. Cuando la puerta de acceso de abrió, de Lattre y Logat entraron en el Spirit escoltados por dos soldados de asalto equipados con armaduras y empuñando armas. Nada más cruzar el umbral una estridente alarma resonó por los pasillos y cubiertas de la nave estelar.
            – Hemos vuelto a tener problemas con el reactor secundario y continuamos con los altos niveles de radioactividad thalaron – explicó Crespo con visible preocupación en su voz. Su capitán pensó en lo buen actor que era.
            Esta vez en el rostro de Logat sí se reflejó cierta aprensión y se giró hacia su escolta, la cual bajo su armadura no tenían que temer a la radiación, pero él sí.
            – Necesito que el doctor Bishop regrese a bordo para tratar a los heridos – dijo entonces de Lattre. Logat asintió nervioso y regresó al interior de la su nave, de donde salió poco después Bishop.
            – ¿Qué está ocurriendo, por que suena la alarma? – preguntó extrañado.
            – Vengan – dijo Crespo y se internó por los pasillos del Spirit –. Imaginé que no les dejarían solos, de manera voluntaria por lo menos. Así que les hemos hecho creer que la nave está aún irradiada.
            – Bien hecho – le indicó de Lattre entrando en el turboascensor, sabedor que aunque inofensiva el casco tenía restos de radiación electromagnética –. No podemos perder tiempo, ¿ha seleccionado a los voluntarios?
            – Así es señor. Yo los encabezaré y usted permanecerá a bordo, al igual que el doctor Bishop. Tras esta farsa ese oficial comprenderá que ha de dejar al doctor aquí. Por otro lado, supongo que ha de trabajar en esa no-cura.
            – Así es. He de alterar la química original del medicamento fabrini – explicó este llegando al puente.
            – Solo he dejado que se presenten aquellos que no son imprescindibles para las reparaciones y los que no tienen hijos. Y he ordenado a la Seleya que permanezca en órbita a Naboo para sacarnos a la más mínima situación de peligro.
            – ¿Cuándo estarán preparados para partir? – preguntó el capitán.
            – En cuanto lo ordene, señor.


Un mes después…

            Las reparaciones prosiguieron a buen ritmo, centrándose los trabajos para reforzar el casco, reforzando las partes más dañadas y vulnerables con campos defuerza gungans adicionales, suministrados por Nit, el ingeniero de Tycho. Al mismo tiempo habían estado diseñando un generador de hiperespacio para poder desplazarse a Naboo.
            – ¿Todos los sistemas listos? – preguntó el capitán.
            – Todos, listos. Señor – respondió Hisrak desde el puesto de trabajo de ingeniería con toda la autoconfianza que pudo reunir. En ninguna de las numerosas simulaciones se había producido ningún fallo, y las pruebas realizadas a bordo de la Seleya y varias de las lanzaderas habían sido un éxito. Aun así el capitán había creído oportuno que fueran trasladadas a bordo del Diosa Lunar la mayoría de la tripulación, incluyendo a los niños de abordo, al mando de Crespo. Entre ellos el doctor doctor Bishop y la cura de la xenopolycythemia para poder negocios con Panaka y liberar a los que retenía el Theed.
            – Entonces, adelante – ordenó de Lattre. Las estrellas que salpicaban la pantalla empezaron a acelerar y se convirtieron en un millar de líneas de luz que se transformó en un remolino infinito.
            – Integridad estructural disminuyendo en un 21% – infirmó T’Lar.
            – Redirijan energía auxiliar.
            – Pérdida dentro de los parámetros previstos – indicó T’Lar, aunque su capitán sabía que aquella era la peor de las estimaciones.
            – Si aumenta al 25% aborten salto. Al salir al espacio real redirijan toda la energía, incluyendo soporte vital, al campo de integridad.
            – Sí, señor.
            De Lattre observó el cronómetro que tenía en la pantalla del reposabrazos de su silla de mando. Estaban cerca de su destino y el salto iba a ser corto, pero lo que más le preocupaba era que la nave se desintegrara al desacelerar.
            El pequeño contador fue acercándose a su final.
            – Energía dirigida al sistema de integridad estructural – informó T’Lar.
            0:00 y en la pantalla la espiral de hiperespacio se detuvo en una infinidad de estrellas y a estribor de la pantalla el planeta de Naboo, con dos de sus lunas justo enfrente suyo. Habían calculado la hora para que cuando llegaran estuvieran en la trayectoria de la Ohma-D’un, donde Tycho tenía su mina y podían mantenerse ocultos.
            – Hagan un diagnóstico de nivel 1 a todos los sistemas – ordenó de Lattre tras respirar aliviado, estaban vivos –. ¿Podemos continuar hasta nuestro destino?
            – Pérdida mínima de potencia en los motores de impulso – indicó Hisrak.
            – Llévenos hasta allí.
            El resto del viaje se realizó sin complicaciones y gracias a la ruta que les había facilitado Panaka llegaron, sin ser vistos por nadie, hasta Ohma-D’un, también llamada Luna de Agua, la más grande que orbitaba sobre el planeta. Años antes había sido creado un ecosistema estable usando plantas y animales originales de Naboo, siendo colonizada por humanos y gungans, que habían fundado la colonia de Nueva Otoh Gunga. Durante las Guerras Clon la luna había sido parte del sistema defensivo del sistema, pero ahora parecía relegada, cubierta en su mayor parte por pantanos.
            – Es un planetoide de clase L – informó T’Lar –. Su atmósfera es muy tenue, reforzada durante su terraformación, por lo que retiene más calor de lo habitual gracias al fenómeno invernadero. Está compuesta de oxígeno, dióxido de carbono y nitrógeno, en cantidades reducidas. Hay abundante de agua y poca variedad en su flora y fauna. Los vientos en la zona de aterrizaje no superan la fuerza 1.
            – Alférez Meets ponga rumbo a las coordenadas.
            Poco a poco el Spirit fue internándose en la ligera estratosfera, lo que provocó que la gran nave diera varios bandazos al no haber sido diseñada para aquella maniobra. Finalmente pudo atravesar la capa de nubes y enderezarse para dirigirse hacia un pequeño valle rodeado de onduladas montañas. En uno de los recodos estaba la pequeña mina, con barias barracas militares que habían visto mejores tiempos. Había varios edificios que formaban un pequeño círculo con los metálicos prefabricados que servían de almacenes y un generador. Junto a estos, es una gran explanada, estaban los soportes que los ingenieros de la flota habían construido en los últimos días y que tenían que aguantar el peso de la nave estelar una vez posada en la superficie. Iban a estar colocados debajo de la estructura del plato y las barquillas, y estaban distribuidos para permitir que los tres millones de toneladas de su desplazamiento de la Spirit se distribuyeran de manera homogénea y evitar que las fuerzas de torsión dañaran el casco.
            Meets había estado ensayado en la holocubierta la delicada maniobra que si no se hacía con precisión condenaría a la nave estelar a no poder volver a despegar y salir de aquella luna. Supervisado todo el tiempo por T’Lar, la joven piloto usó los impulsores de maniobra para acercarse a los soportes y colocarse justo encima de estos, guiada por las señales de localización situadas en estos, aun así parecía que el Spirit caía como una piedra hacia la superficie pantanosa. A quinientos metros activaron un motor de repulsión que les había proporcionado Tycho y que colocado en lo que había sido el deflector principal pareció que frenaba la caída. Una vibración empezó a notarse en todas las cubiertas provocada por la tensión de las fuerzas gravitacionales que les empujaban hacia la superficie y la nave, que se resistía a ser arrastrada. La consola de ingeniería estalló por la sobrecarga, obligando al alférez Golwat a conseguir un extintor de mando y apagar el pequeño fuego eléctrico, mientras los mamparos chirriaban como si estuvieran a punto de quebrarse. De Lattre vio en la pantalla de su silla de mando como la integridad estructural estaba debilitándose por momentos, pero también podía ver como la superficie de Ohma-D’un se acercaba cada vez más lentamente. Los campos de fuerza de la sección frontal se colapsaron, la integridad del casco se redujo con rapidez. De golpe sintió un fuerte estruendo, las luces del puente parpadearon y el capitán apenas pudo mantenerse en su puesto. Alzó la vista a la pantalla principal, estaban parados y podía ver las colinas de la Luna de Agua detenidas y frente a su nave.
            Se acercó al piloto, que estaba lívida, respirando con rapidez sin retirar las manos de los controles de vuelo. Durante las simulaciones había sido la mejor y era conocida por mantener la calma en todas las situaciones, aunque posar en la superficie de un planeta una nave que no había sido diseñada para ello, era una hazaña digna de los mejores.
            – Bien hecho alférez – dijo de Lattre apagando él mismo los impulsores de maniobra de la nave y el generador de repulsión. Se giró para ver el resto del puente, el alférez Golwat había redirigido las funciones de la consola a otro puesto de trabajo, T’Lar le miraba imperturbable.
            – Nos hemos desviado 21 centímetros hacia proa. Casi bloqueamos los accesos a las bodegas de carga de la cubierta once – dijo alzando una ceja.
            – Con eso me doy por satisfecho – replicó de Lattre que presionó su comunicador –. A todas las secciones, hemos alunizado. Reporten sus daños a ingeniería para una evaluación. Todos han hecho un gran trabajo, les felicito. Capitán fuera.


            La clase Akira había sido diseñada entre otras funciones para llevar cazas hasta las zonas de conflicto, como durante las Guerras de la Frontera contra los cardassianos. Pero el Spirit había sido modificado eliminando el hangar frontal para ampliar su equipamiento científico y albergar las familias de los tripulantes, pero el de popa aun podía albergar una veintena de lanzaderas. Desde las pequeñas del Tipo 15, a las de mayor autonomía como los Tipo 6 y 7 o de carga Tipo 9A, así como las pequeñas unidades de manipulación de carga, llamadas coloquialmente abejas trabajadoras. Las cuales habían estado transportando los paneles replicados del casco en las zonas exteriores para ensamblarlos antes del viaje hasta Ohma-D’un. Tradicionalmente los nombres de sus lanzaderas se habían referido a lunas y muchas de habían sido bautizadas por los hijos de los tripulantes en la escuela. Por ejemplo Jeraddo, que era una luna de Bajor y había sido propuesta por el hijo mayor  del capitán. O Praxis, luna de Qo’noS bautizada así tras dar la historia del Imperio Klingon. También estaba la Luna o la Tanisse, el satélite de Holberg 917G, planeta originario de otro tripulante. Para aquel viaje habían preparado especialmente la T’Rukhemai u Ojo del que Vigila en vulcano, la luna de T’Rukh, el Vigilante, el mundo hermano de Vulcano. De Tipo 7 le habían quitado el número de serie del Spirit y las marcas de la Flota Estelar, además de desmontar aquel equipo electrónico sensible como el transportador y sus sensores más sofisticados. Iba a ir hasta Naboo y no quería que si la lanzadera fuera a ser examinada por el Imperio, estos no pudieran encontrar ninguna información relevante. Para aumentar el engaño y hacer que resultara poco susceptible de ser investigada, la habían abollado el casco y simulado corrosión en varias zonas.
            – Creo que han hecho un buen trabajo, señor. El jefe Reinhardt usó ácido orientine para corroer el casco y lo lijaron todo  – explicó Meets, que iba a acompañarle como piloto en su segundo viaje desde su encuentro con Panaka para suministrarle el medicamento para la xenopolycythemia. Tenía la intención de poder ir recuperando a los cincuenta rehenes a medida que estrechaba su relación con el moff. Este era un soldado, por lo que esperaba que aquella situación, digna de un criminal, al final le cansara y les dejara en libertad. Mientras tanto tenía que acudir para cenar con él.
            Descendió hasta el espacio puerto de Theed y fue conducido hasta el Palacio Real. En las estancias personales del gobernador, este le esperaba para cenar. Era la primera vez que ambos se encontraban a solas. Su anfitrión había recuperado el color en la piel y no se le veía débil por su enfermedad, confirmando que los dos primeros tratamientos habían resultado eficaces.
            – La doctora Ilno me ha dicho que no puede reproducir su medicamento – dijo durante la cena –. Aunque sí ha confirmado que remite la proliferación de los glóbulos rojos en mi sangre. Muy efectivo, por lo menos durante un tiempo.
            » Por otro lado me fijé en su nave, el Spirit, creo recordar que así se llamaba, en el momento de su llegada a Ohma-D’un. Una nave interesante. Hicieron un bien trabajo en construirla, por lo que deduzco que son buenos ingenieros.
            – Hicimos lo que pudimos – replicó de Lattre, que había esperado mayor discreción en su llegada.
            – Eso me ha dado una idea, para su futuro. Este planeta posee una pequeña compañía, el Cuerpo de Ingeniería de Cazas Espaciales del Palacio de Theed. Es un nombre más largo que la importancia de la empresa, por eso se le llama simplemente Hangar de Theed. Es la responsable del diseño y construcción de nuestras naves espaciales. Pero está dirigido por un hombre poco imaginativo. Estoy seguro que su pericia técnica haría florecer el negocio, que lleva tiempo decaído.
            – No sé si podríamos hacer lo que nos pide – dijo de Lattre cauto –. Ya sabe que estuvimos tiempo en un remoto lugar, desconocemos gran parte de la tecnología.
            – Soy un soldado y he estado en batalla, capitán. Durante las Guerras Clon pude ver muchas naves dañadas y pocos podrían haber sobrevivido a unos daños tan extensos como los que sufrió su nave, que además construyeron ustedes mismos. Su pericia técnica creo que está a la altura del reto que les propongo. Además, estoy seguro que con mi ayuda podría proporcionar nuevos contratos para otros planetas de este sector e incluso del resto del Imperio. De esa manera también podría trasladarse aquí a Naboo y dejar esa insalubre Ohma-D’un.
            » Además, su medicina solo atenúa mí enfermedad. ¿Si se fueran, quién me mantendría con vida? ¿Y quién les podría proteger mejor que yo?
            Panaka cogió la copa de vino que tenía la alzó e hizo un sutil gesto, acompañado de una leve sonrisa y bebió de la copa. De Lattre supo que el juego acababa de terminar en aquel momento y nunca saldrían de aquel planeta.


USS Spirit

            – Es una trampa – sugirió Bishop cuando de Lattre regresó a la nave. Estaba reunido con Crespo, T’Lar, Hisrak, Nara y a través del comunicador subespacial con Shimura que permanecían en Naboo.
            – No lo creo – respondió Nara, que como consejera había hecho un perfil psicológico de Panaka –. Es un soldado inteligente, bastante pesimista que suele prepararse para lo peor, pero parece que la nueva perspectiva de seguir viviendo le habrá cambiado su perspectiva vital. No es un bruto, pero tampoco refinado. Le gusta la caza y tiene buena puntería. Lo que quiere es tenernos controlados.
            – Yo también creo lo mismo – dijo la voz de Shimura desde el planeta –. El alférez Jenowa ha visitado el hospital y le han hecho las pruebas para implantarle un brazo cibernético. En unos días lo tendrán listo para operarle. Tenemos comida, acceso a la HoloNet y aunque los guardias rodean la casa donde estamos, pero podemos salir al jardín. No es un delincuente, estoy seguro que retenernos aquí no es de su agrado.
            – Recordemos que tampoco es un angelito – replicó Bishop.
            – Puede ser racista, pero por lo que sabemos no le veo como un hombre sin escrúpulos como otros representantes imperiales – insistió Crespo.
            – Si dividimos nuestra tripulación, tardaremos más tiempo en poder reparar el Spirit – recordó T’Lar aplicando la lógica a su argumento.
            – En un astillero tardaríamos varios meses en dejar la nave de nuevo plenamente operativa – intervino entonces Hisrak –. Pero no hay ninguno cerca. Les recuerdo que hemos de sustituir gran parte de las barquillas de curvatura. Todo el deflector principal de navegación con todo su equipo y sellar las múltiples grietas del casco. No tenemos antimateria y apenas nos queda deuterio. También hemos de sumar los circuitos isolineales y las conexiones ODN que están fundidos por todas las cubiertas, incluyendo los paneles de LCARS además de otros cientos de pequeños daños. Y aún no he examinado a fondo el corazón del reactor. Sé que el cristal de dilithio está en buen estado, pero no he abierto ni los inyectores para estudiarlos y me temo lo peor. Esta nave permanecerá en esta luna de Ohma-D’un mucho, mucho tiempo, estemos toda la tripulación o parte de ella.
            – Panaka sabe que mantenernos con vida, significa su supervivencia – dijo Crespo tras la contundente intervención de Hisrak –. Si cree que nos controla, podría darnos el tiempo para reparar la nave. Y podríamos aprender mucho más de este lugar, del cual creo que tardaremos en irnos.
            Aquella noche de Lattre le expuso a su esposa lo que había ocurrido y decido con la oficialidad de la nave.
            – Tengo la sensación de estar abriendo una Caja de Pandora – le dijo con pesimismo.
            – No creo que en este momento tengamos otra alternativa – dijo esta –. Y podía haber enviado sus naves para capturarnos y retenernos en el planeta. Y si no lo ha hecho, no creo que lo haga más adelante. Y como ha dicho Crespo, esto nos dará tiempo para adaptarnos a este lugar. Ahora que las cosas están más tranquilas y hemos llegado a Ohma-D’un, la gente ha empezado a darse cuenta que estaremos mucho tiempo en esta galaxia. Posiblemente el resto de nuestras vidas. El teniente Reklat ha estado estudiando la cultura de Naboo, no es un mal lugar y parece menos peligroso que el resto del Imperio Galáctico.
            » ¿Sabes por qué crees que me enamoré de ti?
            – ¿Por qué era guapo y apuesto?
            – Porque eras un buen hombre. Saldremos de esta Jaques y sabrás guiarnos y buscarás la mejor manera de sobrevivir. De eso no tengo ninguna duda.


Naboo / Ohma-D’un

            La ciudad de Theed se extendía por una planicie surcada de ríos y canales, cubierta de exuberante vegetación que se confundía con sus edificios que se perdían entre los lagos, hasta acabar abruptamente en un precipicio, por donde caían brillantes cascadas. Panaka les había acomodado en unas casas situadas en un barrio residencial, a las afueras de la capital, el mismo donde habían estado Shimura y la media docena más de rehenes. No podía decirse que el moff era tacaño, las casas eran nuevas y todas tenían pequeños jardines, estaban amuebladas y tenían electrodomésticos y droides, por lo que podían vivir cómodamente el centenar de tripulantes y oficiales que el gobernador había sugerido tener en el planea. Aunque por lo menos ya no se encontraban vigilados y poseían deslizadores para poder desplazarse. Su intención era que de momento la mayor parte de la tripulación, incluidas las familias, permaneciera a bordo del Spirit continuando con las reparaciones, mientras intentaba ganarse el afecto de los ingenieros de Theed. Ya que no había tardado en conseguir que la reina Kylantha cesara al anterior responsable, un humano procedente de una respetada familia naboosiana, argumentando una supuesta experiencia de la gente de de Lattre en el Borde Exterior. Ahora él era el nuevo director del Cuerpo de Ingenieros del Palacio Real, por lo que para hacerse una idea de lo que tenía entre manos, este había llevado a Hisrak y Nara, así como algunos ingenieros como el jefe Reinhardt y a la alférez Petrova que deberían asesorarle a las instalaciones de diseño y fabricación. El recibimiento fue frio por parte de los trabajadores, que les enseñaron la factoría donde se ensamblaban los cazas estelares N-1, casi de manera artesanal y los yates de lujo usados tradicionalmente por la casa real.
            Al mismo tiempo el teniente Shimura se encargaría de cumplir el trato que habían hecho con Tycho. A bordo de la Seleya y acompañado de Ilreck del departamento científico, despegaron del Spirit y empezaron a escáner la superficie de Ohma-D’un en busca de la especia kassoti, que también se encontraba en Rori, la otra luna de Naboo.
            – He introducido en el ordenador los elementos atómicos de la muestra que nos entregó – dijo Ilreck –. Cuando los sensores los detecten, nos dará la posición de los posibles yacimientos.
            – Hemos divido la luna en varias secciones – explicó Shimura mientras la runabout despega y dejaba el hangar –. Tardaremos algunas horas en completar un escáner básico de esta luna. Si no hay nada concluyente, lo revisaremos con los ordenadores de a bordo para buscar datos que nos hayamos saltado.
            Una hora después Ilreck sacaba un termo y se servía un poco en una taza. Se había tenido mucho cuidado en que Tycho o Nit vieran algunas tecnologías más delicadas como los replicadores.
            – Es una infusión – explicó –. He traído varias tazas. Por si quieren.
            – Gracias – indicó Tycho con agrado. La misión era tediosa y ni Shimura, ni Ilreck, un alienígena que le recordaba por sus antenas a los balosar aunque este tenía la piel azul, eran poco habladores.
            En ese momento un pitido de alarma resonó en la cabina.
            – Parece que los sensores han detectado el kassoti – dijo Ilreck –. Cuadrante 23-457, también hay otra nave. Parece que alguien se le han adelantado.
            – No sabía que hubiera alguien más – dijo Tycho con un tono de preocupación –. ¿Puede descender sin que nos vean?
            Shimura asintió e hizo virar la Seleya mientras descendía a una distancia prudencial de la nave que habían detectado. Dejó a Ilreck a bordo y junto a Tycho se acercaron hasta el borde de una pequeña hondonada donde podían observar el lugar de alunizaje. La nave tenía unos cuarenta metros de longitud, era robusta y la parte superior sobresalía hacia la proa como si de un ariete se tratara en un ángulo de 30 grados. Cerca de ésta varios reptiles de escamas verdes, muy parecidos a los gorn, custodiando a una docena de alienígenas altos y de gran pelaje. Los primeros estaban fuertemente armados y provistos de armaduras corporales, mientras que los segundos permanecían encadenados y con picos estaban golpeando en la roca.
            – ¡Trandoshanos! – exclamó Tycho alterado –. No hace mucho que están aquí, aún no han montado un campamento.
            – ¿Quiénes son? – preguntó Shimura.
            – Esclavistas, suelen utilizar a los wookiees – explicó con rapidez, ansioso de alejarse de allí –. Pero no sabía que estuvieran en el sistema de Naboo… Debemos marcharnos antes de que nos encuentren.
            – ¿Y dejarlos así?
            – No podemos hacer nada… – en ese momento un gruñido les hizo girarse, para encontrarse con dos trandoshanos. Uno de ellos alzó su rifle y con la culata golpeó la cabeza de Shimura, que perdió el conocimiento.


            Lo primero que notó fue el fuerte olor a putrefacción que le rodeaba. Estaba aturdido y un fuerte dolor de cabeza embotaba sus sentidos, pero podía oír una especie de gruñidos, silbidos y otros sonidos a su alrededor. Y aunque no pudiera enfocar bien, podía distinguir que se encontraba en el interior de la nave que había visto. Los trandoshanos parecían estar enfrascados en una animada conversación, uno de ellos examinaba con interés su tricorder, los binoculares tácticos, la pistola phaser y el resto de su equipo. Mientras, situado en el otro extremo de la estancia parecía estar desollando algún tipo de animal que no alcanza a ver. Él se encontraba maniatado, aunque por suerte le habían puesto las esposas con los brazos por delante, por lo que aún tenía cierta movilidad. Poco a poco pudo recuperar sus sentidos y reparó que a su lado estaba Tycho, que le daba la espalda y aún permanecía inconsciente. Uno de los reptiles se dio cuenta que su prisionero estaba despierto y se dirigió hacia él.
            – No nos gustan los mirones – dijo en básico, que entendía gracias a su traductor universal, mientras le observaba con sus enormes ojos rojos, humedeciéndose las escamas de los labios con su gruesa lengua –. Conocíamos a ese, pero a ti no. Ni tampoco a tu amigo, el de la nave que os trajo.
            – Ilreck… – farfulló el oficial de seguridad.
            – El balosar azul… Mi amigo Ssboruk ha obtenido muchos puntos jagganath por su piel. Nuestra diosa Scorekeeper estará orgullosa de él. Tú no vales muchos puntos.
            Dicho lo cual cogió su rifle y volvió a golpearle, aunque esta vez logró cubrirse la cabeza con los brazos. Y creyendo haberle dejado de nuevo inconsciente, los dos trandoshanos salieron de la nave ante un alboroto en el exterior. Shimura permaneció inmóvil hasta que se sintió a solas. Dolorido se incorporó y miró por la rampa de acceso, donde los reptiles parecían enfrascados en azotar a los pobres wookiees. Podía esperar refuerzos del Spirit, pero no creía que sobreviviera tanto, por lo que había dicho, no creía que Ilreck lo hubiera hecho. Tenía que buscar la manera de liberarse de los grilletes que llevaba, sorprendiéndose vio que todo su equipo aún estaba sobre el estante donde habían estado examinando, probablemente se creían seguros por su mayor fuerza física y no creían tener miedo de aquel humano. Se levantó y cogió su tricorder, activándolo para que buscara la frecuencia de las esposas magnéticas, tardando apenas unos segundos en conseguir desactivarlas. Cogió el phaser que también habían dejado y se acercó a Tycho, descubriendo que estaba muerto. Los gruñidos le advirtieron que estaban de regreso, así que se apartó de la vista que ofrecía la rampa del interior de la nave. Eran criaturas altas y fuertes, además de crueles, por lo que no dudó en poner su pistola para matar.
            Cuando el primer réptil aún estaba subiendo por la rampa de acceso, Shimura se asomó por la puerta y disparó una descarga que le hizo derrumbarse sobre el compañero que le seguía inmediatamente. Se colocó en medio de la puerta para tener una mayor visión y buscó al resto de los esclavistas. Los otros tres estaban junto a los wookiess, mirando sorprendidos en su dirección. El oficial de seguridad no dudó y disparó contra uno de ellos, que cayó fulminado. En ese momento notó como el segundo trandoshano de la rampa se incorporaba, bajó el brazo para dispararle, pero este le agarró la pierna y arrastró hacia delante, cayendo hacia el suelo y perdiendo el phaser en la caída.
            Este saltó a su lado y desenvainó un gigantesco cuchillo que llevaba, alzándolo para coger inercia y clavárselo. Pero cuando lo tenía por encima de su cabeza el gigantesco reptil se detuvo de golpe. Intentó balbucear algo con la lengua rosada entre sus labios escamosos, sus ojos se salieron de sus órbitas, y permaneció durante unos segundos inmóvil antes de caer como un peso muerto al lado de Shimura, con un pico clavado en su espalda, justo en la base del cuello.
            Y allí donde se había alzado su atacante ahora estaba un wookiee de pelaje marrón, con una barba oscura trenzada en tres tirabuzones, que le observaba con unos penetrantes ojos verdes con curiosidad y ninguna agresividad en su mirada.
            El wookiee emitió varios gruñidos y extendió su brazo para ayudar a Shimura a incorporarse. Una vez en pie pudo ver que el resto de prisioneros también estaban libres. Uno de ellos había cogido el rifle del guardia que él había abatido, acabado con otro de sus compañeros. Mientras que el último reptil había muerto a manos de sus antiguos prisioneros y de los picos que les obligaban a usar.
            – ¿Hay más de ellos? – preguntó Shimura.
            Su salvador volvió a emitir un sonido ininteligible para el oficial de la flota, aunque era claramente una negación. La criatura volvió a gruñir, esta vez con un tono de satisfacción, sus peludas facciones mostraban una sonrisa y le golpeó el hombro para demostrar su camaradería. En ese momento notó una punzada de dolor, dándose cuenta que en la caída se había dislocado el brazo.


USS Spirit

            La enfermera apagó el regenerador dermal que había estado sanando la herida que tenía en la frente.
            – Le dolerá la cabeza, tómeselo con calma – dijo con una sonrisa –. Si el hombro le molesta, venga y le daremos un calmante. Pero si no se excede, eso no ha de suceder.
            – ¿Y nuestros peludos invitados? – preguntó el jefe de seguridad, tras aceptar el consejo de la enfermera mientras manipulaba su brazo, ya curado.
            – El doctor Bishop los ha examinado, aunque antes ha tenido que bajar los datos médicos de la HoloNet – explicó esta –. Aparte de magulladuras, heridas mal curadas y desnutrición. Están bien.
            Y como si estuviera preparado en ese momento entró el gigantesco alienígena de oscura barba y el jefe médico.
            – Aquí está su salvador – dijo el doctor –. Ya hemos cargado el shyriiwook, la lengua de los wookiees, en nuestros traductores universales.
            – Mi nombre es Chuket – se presentó este, aunque sus gruñidos ya eran inteligibles –. Entre mi pueblo cuando alguien nos salva la vida, estamos obligados a hacer lo mismo, protegerlo y dar la nuestra si fuera necesario a nuestro salvador de por vida. Sin ti, no hubiéramos podido escaparnos de los trandoshanos. Te debemos la vida.
            – Y yo a ti, la mía – le recordó Shimura respetuoso. A lo que la gigantesca criatura peluda respondió con una sonora carcajada que resonó por la enfermería.



Continuará…


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